Por: Tomás Molina.

Uno de los argumentos más usados en la ciencia ficción es el de la mente colmena. Consiste en lo siguiente: un grupo (los Borg, en Star Trek, o el hongo cordyceps en The Last of Us) conecta la conciencia de todos sus miembros, de manera que los pensamientos, ideas, memorias, etc., de uno son también los de los demás. Con esto se abandona la individualidad propia. Uno llega a pensar y sentir como lo hacen todos los demás. Se borra la línea que separa al sujeto del Otro.

Recuerdo que cuando era niño me resultaba aterrador imaginar que eso pudiese pasarme a mí. Y sin embargo, ¿no nos sucede eso con las ideologías? Nicolás Gómez Dávila decía en uno de sus escolios que las ideologías se inventaron para que los tontos pudieran opinar sin tener que pensar. Tal vez sería más exacto decir que las ideologías funcionan como las mentes colmena: conectan las mentes de los individuos que invaden no para que no piensen sino para que piensen y sientan como los Otros.

Veamos el siguiente ejemplo. A usted le dicen que hay un problema en la economía. La ideología ya ha pensado por usted la opinión que dará. Si libertario, se debe a una intervención del Estado. Si comunista, a una contradicción del capitalismo. Si fascista, a una maquinación de los judíos o los inmigrantes. 

La ideología tiene una respuesta automática que hace que usted piense como los demás miembros de la colmena ideológica. De hecho, sus sentimientos también son los sentimientos de los otros: si libertario, usted siente cólera frente al Estado; si fascista, odio contra los judíos o inmigrantes; si comunista, rabia contra el sistema.

Antes de desarrollar nuestras creencias individuales aparecen nuestras creencias colmena. Lo colectivo viene antes de lo individual. 

Gómez Dávila decía también que no hay mejor sustituto al pensamiento que una buena biblioteca. Implícita en el apunte de don Nicolás está la idea de que uno puede pensar por uno mismo, pero deja que otro lo haga por uno. Schopenhauer, en el capítulo 22 de Parerga y Paralipómena, escribe algo parecido: “la lectura es un simple sucedáneo del pensamiento propio. En ella dejamos que nuestros pensamientos sean dirigidos por otro”. Luego añade, en línea con lo que yo decía arriba, que quien parte de las obras de otros se vuelve como “un autómata compuesto de materiales extraños”.

Arthur Schopenhauer, filósofo alemán (1788-1860).
Arthur Schopenhauer, filósofo alemán (1788-1860).

Quizá, sin embargo, no hay escape. El sueño de pensar solo por nosotros mismos es solo un sueño. Todos partimos, incluso cuando pretendemos ser más originales, de nuestra conexión con la colmena, de lo compartido, de lo colectivo.

Hay siempre un gran Otro que de algún modo piensa, siente y cree por nosotros (como el coro en las tragedias griegas, o las risas pregrabadas en las sitcoms estadounidenses), a pesar de no ser más que “un autómata compuesto de materiales extraños”. Y todos estamos conectados a él en tanto seres que hacen parte de una comunidad. El individuo, sin embargo, no puede sustraerse completamente de esta dimensión sin que la realidad misma desaparezca. Solo puede ser individuo haciendo parte del gran Otro.

Si Schopenhauer decía que “leer significa pensar con una mente ajena en lugar de la propia”, yo afirmo, en cambio, que pensar por uno mismo significa siempre pensar con (o en) una mente ajena, así sea puramente virtual, como la del gran Otro. En el caso de la política, esa mente es la ideología.

No es solo que el pensamiento auténtico e individual surja contra la mente colmena sino que solo es posible en ella, por medio de ella.

Como diría alguien conectado a la colmena derechista: “si no le gusta, ¡váyase para Venezuela, resentido!”.

Sobre el autor…

Tomás Molina es doctor en filosofía, divulgador, profesor universitario y consultor.

X: @Platom___

Deja un comentario