Fuente: Creador de Imágenes Inteligencia Artificial Bing.
Fuente: Creador de Imágenes Inteligencia Artificial Bing.

Por: Luciana Avendaño.

He crecido escuchando que mi transición nunca tendrá fin, que moriré con ella, incluso con el temor de no llegar a los 35 años, estándar promedio de una travesti latinoamericana. De ahí mi afán de querer comerme el mundo, no vaya y la muerte me sorprenda antes de los 30, en un andén o en mi propia casa. 

En realidad, todos los seres transicionamos más de una vez en nuestras vidas, estamos en constante cambio y somos conscientes de eso. Pero hacerlo sin morir en el intento cuando el cuerpo es el protagonista, se convierte en un lujo que muy poca gente se puede permitir. En ese sentido, auto-geografiarme ha sido una gran tarea porque ha implicado definir mis fronteras, algunas aún desconocidas y sin explorar, expectantes al momento en que el instinto de supervivencia me obligue a cruzarlas.

Cada vez que menciono que las travestis hemos estado bajo las sombras por siglos, me asaltan los recuerdos de lo que he tenido que soportar para ser visible, al menos en el espacio público. Viene a mi cabeza aquella pregunta que una vez me hizo un conductor de transporte público, y que me dejó fría, mientras me agarraba las piernas: “¿Se dejaría violar de mí? Sé que le gustaría”; también, aquella vez en que casi me abusan a la salida de la universidad; al igual que cuando me escupieron en la calle y la cantidad de insultos que se le escapan a la gente que se deja ganar por los prejuicios. Cualquiera podría decir que me victimizo y que esto le sucede a un montón de mujeres, sin importar si son trans o no. Pero si lidiar con la misoginia agota, hacerlo junto a la transfobia, mata. 

He muerto un montón de veces. Algunas, alimentadas por la disforia que me recuerda que nunca seré lo suficientemente mujer, ¿para quién si se supone que no existe una definición de lo que es serlo? Tal vez sean ideas alentadas por mis ‘pares’ que invalidan mi experiencia y discurso político como mujer trans por asumirme ‘hegemónica’, porque el ser ‘estilizada’ disfraza una realidad que según ellas no hay, y que me imponen desde sus referentes de lo que sí es válido y de los que tengo que verme obligada a aprender porque ellas sí se cuestionan todo desde un feminismo que violenta y dicta a partir de la figura de la mujer cis-género cómo ser una verdadera mujer feminista. Al final se supone que lo que proyecto es performativo. Que basta con desmaquillarme o con que la luz del sol penetre en mi piel reseca y manchada por la cuchilla para volver a las sombras de donde las travestis nunca debimos salir. 

Lo peor es que lo aceptamos. En algunos momentos, el ser invisible no ha respondido únicamente a un factor de exclusión, también ha sido una decisión propia, consciente incluso de lo violenta que puede llegar a ser, porque es ejercida por necesidad, por seguridad, por supervivencia o simplemente por salud mental. Tal vez un falso autocuidado que nos violenta pasivamente. Sobrevivir a esa danza entre el bien y el mal nos obliga a cruzar nuestras fronteras, a transformar por segundos nuestra identidad. 

Tampoco es fácil asistir a la creación de un relato histórico, encargado de oficializar en los espacios que habitamos, una narrativa negacionista de nuestros cuerpos, que describe el ser travesti como algo peyorativo y carente de significado e importancia literaria. Es acá donde subvertir la geografía se convierte en un reto necesario. La geografía va mucho más allá de lo que vemos, de lo material, también se trata de las relaciones de poder que se inscriben en el espacio donde tiene lugar nuestra presencia, cómo nos vemos y hablamos; lo que los demás interpretan de nosotros.

Es la nación heterosexual, de la que tanto habla Ochy Curiel, a la que nos enfrentamos cada vez que disputamos la estructura organizativa de la sociedad donde el rol que jugamos es fundamental a la hora de construir y concebir el espacio público. ¿Para qué y quiénes está diseñado? Si no es más que para el disfrute del hombre blanco, cisgénero, heterosexual y de clase media alta que define las pautas y los lugares permitidos para las mujeres, las disidencias sexuales y de género. 

Basta ver buena parte de los Planes de Ordenamiento Territorial en Colombia y saber que su construcción se sustenta en una lectura moralizante sobre el cuerpo que lo obliga a auto-vigilarse en el espacio público para encajar en el engranaje del poder disciplinario. 

Por ejemplo, tratar de lucir lo más heterosexual posible, lo más neutro, sin ir a demostrar una sola intención de subversión. Pues subvertir implica justamente lo contrario, el hacerse visible; el ser disruptiva con la presencia, con lo escénico. Consiste a su vez en demostrarle a la gente que también tenemos una vida, que también trabajamos, estudiamos y esperamos el bus como cualquier otra persona. Que nos movemos en sus zonas, incluso en horarios del día en los que nunca se nos permitía transitar porque la lentejuela, el color y la plumería son para la noche, para lo clandestino y no para los ojos sacros de la moral cristiana. Se trata de entender que la geografía, desde lo arquitectónico, permite vigilar el espacio exterior al tiempo en que permite el control interno de una sociedad mediada por los conflictos.

Se responde a una vigilancia casi que orwelliana sobre el cuerpo. Lo he vivido. En diferentes momentos de mi transición he tenido que optar por usar prendas masculinas o neutras porque un pecho plano en contraste con un brazo velludo, con músculo y un pantalón donde se marque el pene no es de mujeres; mucho menos de una trans obligada a verse como una reina de belleza todo el tiempo. 

También he tenido que fingir mi nombre por uno masculino porque es mucho más rápido que dar una clase magistral de asuntos de género a alguien que solo busca saciar su morbo conmigo: saber cómo era mi nombre de pila, cómo me veía, el porqué de mi decisión y de mi nuevo nombre si físicamente sigo sin verme como una mujer. Ni qué decir del uso de las gafas de sol, que ayudan a ocultar la predominancia del arco superciliar de la frente, ese que nos delata a simple vista porque la condición ósea de una travesti es símbolo de pena ajena. Además, cómo olvidar las bufandas o los famosos choquer que ocultan la manzana de adán. 

En otras ocasiones, el usar tapabocas ha sido mi aliado en espacios donde no me quiero sentir agredida. Tuve que vivir una pandemia junto a su tecnología de gobierno del género, que reforzó la bicategorización del mismo a través del famoso ‘pico y género’, para saber que las travestis no podíamos salir el día en que salían las mujeres, porque el Estado no nos reconocía como tales, ni el día de los hombres porque los hombres no usan falda. Muchas aguantaron hambre. Ejemplos como estos hay muchos y dependen de quien decide transicionar, y aunque violentos, pueden llegar a ser un respiro así sea por un día de las miradas lascivas de la gente o del Estado.

Esta situación pareciera ser una herencia generacional entre travestis. Basta recordar cómo en las décadas de los setenta y ochenta, muchas tenían que cortarse el cabello, dejarse crecer la barba, usar prendas masculinas, engrosar la voz y enunciarse desde sus nombres de pila para poder pasar con éxito los controles migratorios y no ser deportadas a sus países de origen de donde salían buscando mejores oportunidades. 

En Colombia, muchas migraron a Roma, Italia, en parte gracias a las mujeres trans brasileñas que en los sesenta abrieron la posibilidad de migrar a Europa, donde podían vivir mejor que en Latinoamérica e invertir en sus procedimientos corporales sin el temor a que los estados de sitio y las dictaduras las mataran. Lo curioso es que más de tres décadas después seguimos migrando. Lo hacemos porque todavía transitamos el territorio, enfrentándonos a los paramilitares y guerrilleros que imponen una jerarquía moral, racial y sexual que nos mata; porque caminamos las calles que el microtráfico domina y al que nos somete; porque hacemos frente a los discursos fundamentalistas que nos tildan de violadores. Nos mutilamos emocional e identitariamente para sobrevivir al día a día, en los cuartos, en las esquinas y hasta en los asilos, porque no hay peor pecado que ser marica, pobre, sola y vieja. 

Por eso me gusta la idea de poder concebirme como una terrorista de género. Que se noten las barbas, los vellos, las espaldas anchas, las manzanas de adán; que se pronuncien las frentes y mandíbulas; así como las voces gruesas, las piernas delgadas, el pecho plano y el pene en los pantalones. Que se noten a plena luz del día; que incomoden. Que por primera vez llenemos el espacio físico sin tener que ocultarnos, darnos esa representatividad a través de lo que nos hace sentir cómodas. 

Sin embargo, nada de eso tendría sentido si no somos capaces de reconocer lo importante que es construir redes de afecto, lugares seguros y de parcería donde se fomente el autocuidado entre noso-trans, así como la recuperación de una memoria histórica. ¿Cuántas han muerto en la esquina donde usted espera el bus? ¿A cuántas han violado en el taxi en el que se mueve? ¿A cuántas la historia las olvidó pero hicieron posible que yo estuviera acá sentada en mi escritorio escribiendo esta columna? A lo mejor fueron muchas, pero si de algo estoy segura es que, cada vez somos más las que seguimos aprendiendo a delimitarnos corporalmente para hacer de nuestros cuerpos un territorio libre de violencias.   

21/10/2024

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