"La persistencia de la memoria" de Salvador Dalí (1931).
Un trabajo que lentamente te mata Contusiones que no sanarán Luces tan cansado y triste Derroca el gobierno Ellos, ellos no son nuestra voz Yo aceptaré una vida tranquila Un saludo de monóxido de carbono
Dada la omnipresencia del capital, quizá el fenómeno característico de nuestra época es la intensificación del trabajo. Esta no necesariamente cobra la forma de más tiempo dedicado a trabajar, aunque, o por lo menos así me lo parece, esto también es cierto para la mayoría de los casos. En realidad, el sello distintivo de la intensificación laboral es el de la multiplicación de actividades de diversa naturaleza que deben realizarse simultáneamente.
Antes, los trabajos eran más simples: el trabajador tenía que cumplir menos funciones y estas, a su vez, estaban bien delimitadas. Ahora, mientras tanto —y la pregunta que cabe hacerse es si esta es una tendencia irreversible—, hay que cumplir con toda suerte de funciones, incluso en el trabajo más «simple» o, como suele decirse, menos calificado. Ya no basta con que el trabajador haga bien lo que se le encomienda, tiene que haber un registro que dé cuenta de esto. Y este registro, las más de las veces, queda en cabeza del empleado. Y así, con un recurso tan simple, se duplica la tarea. Si, por algún caso, el trabajador no realiza adecuadamente el registro de lo que ha hecho, se entiende por ello que ha hecho mal su trabajo, aunque esto puede no ser cierto.
Tampoco basta con que el trabajador cumpla con sus tareas in situ, sino que también tiene que ser diestro en el uso de herramientas digitales. Hoy por hoy es prácticamente impensable un empleo en el que no se tenga que contestar el correo. Pasamos más tiempo contestando mensajes, asistiendo a teleconferencias y subiendo contenidos a ecosistemas digitales que haciendo la función principal para la que, supuestamente, se nos contrató. Lo peor de todo es que, si no hacemos bien alguna de estas operaciones accesorias, nuevamente se asume que somos incompetentes.
Uno esperaría que esta intensificación del trabajo viniese de la mano de una mejor remuneración, pero esto no es así. Nominalmente, se paga lo que se pagaba antes. Es decir, se paga menos. De este modo, la intensificación se alía con la precarización. No se trata solo de que menos trabajadores estén cobijados por un contrato laboral: la dimensión más profunda de la precarización es la que tiene que ver con el empobrecimiento de nuestra experiencia y de nuestra calidad de vida.
Trabajamos más y se nos paga menos; trabajamos más y vivimos menos. Así, nos parecemos más de lo que creemos a Bóxer, el desgraciado caballo de Rebelión en la granja. Trabajamos para nuestra emancipación y nos convencemos de eso, pero la cruda verdad es que el trabajo, este trabajo, esta forma de ser del trabajo, nos esclaviza. La única emancipación posible, tal y como sucede con Bóxer, señala hacia el matadero. Anteponemos el anhelo de una pensión —un feliz letargo después de una vida consumida por el trabajo— a la posibilidad misma de modificar radicalmente las condiciones en las que trabajamos. Sabemos que esto último es lo más importante, pero damos por descontado que es una quimera. Algo que el mundo, tal y como es hoy, ya no permite.
Un corolario de que trabajemos más y se nos pague menos es, por supuesto, que un solo trabajo no alcanza. Además de nuestro empleo principal, llevamos a cabo otros encargos, la mayoría de las veces como independientes o freelancers. Podría con esto hacer una mala reversión de los dos primeros versos de Aullido, el famoso poema de Allen Ginsberg, sin cambiar absolutamente nada del segundo verso. Esta reversión rezaría así:
Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por su trabajo,
hambrientas histéricas desnudas.
La intensificación del trabajo nos ha destruido y, no contenta con esto, amenaza ahora con hacernos trizas. El mandato de este fenómeno para la vida consciente es ser solo para la productividad. Se acaba, con esto, el tiempo de descanso o, lo que es aún peor, queda subsumido como una fase de la productividad. No hay imagen más dramática de esto que aquella que se da en los deportes. Ya no hay tal cosa como un tiempo muerto para el deportista. El «descanso» ya no es una pausa para la recuperación, sino para revisar los errores propios e intentar explotar las debilidades del contrario. Y esto, aunque es más evidente en el mundo del fútbol —la revelación más importante de todos los realities-documentales de este deporte es precisamente esta—, también es cierto para todos los otros deportes. La vida laboral del trabajador en nada difiere, hoy por hoy, de la actividad del deportista2.
Habría que buscar, entonces, una forma de romper con este mandato. Esto sería más fácil de no ser porque su consecuencia paradójica es que ahora estamos conscientemente alienados. La multiplicidad de tareas que deben hacerse para cumplir con el trabajo trae consigo que nos sea casi imposible hacer nuestra labor desprovistos de consciencia. La complejidad a la que nos enfrentamos a la hora de producir ya no nos permite operar a la manera de una tuerca del engranaje. Somos, más bien, el fantasma en la máquina que está a cargo de todo su funcionamiento. Nos sabemos, con ello, explotados, pero al mismo tiempo no podemos mirar más allá de la máquina que tenemos enfrente y que, de hecho, captamos muy claramente3.
La alienación consciente que supone esta nueva forma de trabajar —manifiesta en ese mantra tan necesario, «mi trabajo no es mi vida»4—, anida en el corazón y en los orígenes del capitalismo. Tiene sentido, entonces, que nuestro tiempo de descanso busque la alienación «de antes», aquella de la que hablaba Marx. El descanso, hoy en día, ya no es tiempo para uno mismo. Si descansamos, es para olvidarnos de nosotros, saturarnos. Esto explica por qué destinamos casi todo nuestro tiempo libre a actividades alienantes. Ver una serie, jugar un videojuego, pasar tiempo en redes sociales expuestos a toda clase de contenidos, son todas actividades en las que nos inmiscuimos para olvidarnos. El trabajo nos exige demasiada conciencia; con esto, es apenas comprensible que en nuestro tiempo libre no queramos saber más de nosotros mismos. El problema de esto, sin embargo, es que entregamos todo nuestro ser al trabajo. Es en esta actividad en la que «podemos ser nosotros mismos». Se rompe, con esto, la complementariedad entre la vida activa y la vida contemplativa. El tiempo libre ya no es el espacio propicio para la introspección o para la interiorización de lo que nos es externo. En cuanto se configura como un olvido de sí, pierde también lo que le era más propio: su condición de gratuidad o de expresión pura del individuo. Vuelto alienante, el tiempo libre deja de pertenecernos.
Por este motivo, quizá la primera vía para la emancipación de la intensificación laboral es la reapropiación del tiempo libre. El «tiempo muerto», con toda su pasividad, debe reintegrarse a nuestra vida consciente. Sin embargo, debido a la consciente alienación en la que se consume nuestro trabajo y a la inconsciente alienación en la que se consume nuestro tiempo libre, esta tarea se antoja demasiado difícil. Es, en cualquier caso, necesaria: el cambio en las condiciones de nuestro trabajo, las condiciones de una nueva forma de ser del trabajo no podrán ser descubiertas en el tiempo de trabajo o, lo que es decir lo mismo, mientras se trabaja. La experiencia del trabajo solo nos es útil para reconocer cuáles son sus condiciones: la teorización sobre cómo puede transformarse ha de hacerse fuera de este. Sin embargo, si el tiempo libre lo destinamos a olvidarnos de nosotros mismos porque mientras trabajamos somos demasiado conscientes de nuestra explotación, nada se podrá hacer para resolver este problema. Necesitamos restituirle su gratuidad al tiempo libre, necesitamos instaurar el ocio revolucionario. El trabajo tal y como es dada la intensificación laboral se nos ha revelado opresivo. En el ocio revolucionario, con la expresión gratuita del individuo que este supone, se habrá de encontrar la nueva forma del trabajo. El trabajo emancipado tendría que ser como el ocio revolucionario: expresión gratuita del individuo, realización de la transformación del mundo que en su conciencia proyecta. El juego imaginado que se instaura a través del ocio —el pensamiento que se desboca hacia otras formas de ser posibles— habría de señalarnos la insuficiencia de nuestros medios actuales y, por tanto, la necesidad de transformarlos a través de un nuevo trabajo.
Sobre el autor…
Mateo Meridiano es abogado por resignación y profesional en filosofía por convicción. Fue profesor en una universidad y ahora enseña en un colegio del lugar en el que reside. Ha vivido siempre en la misma ciudad, a la que llama, por cariño y solo cuando escribe, «ciudad de lo mismo». Como habrán podido deducir, Mateo Meridiano es su pseudónimo.
La canción original está en inglés. Los versos son los siguientes: A job that slowly kills you/ Bruises that won’t heal/ You look so tired, unhappy/ Bring down the government/ They don’t, they don’t speak for us/ I’ll take a quiet life/ A handshake of carbon monoxide.↩︎
Puede parecer que exagero al hacer esta comparación. Permítaseme señalar por qué creo que es provechosa. Empecemos, en todo caso, por establecer algunas diferencias: en cierto sentido, la vida del deportista consagrado únicamente a su deporte difiere de la del asalariado regular en cuanto la intensificación del trabajo no va de la mano, por lo menos aparentemente, con una diversificación de las funciones a desarrollar. El deportista ha de enfocarse en llevar a cabo del mejor modo posible su deporte y obtener los mejores resultados cuando compite; lo demás —atender a medios, asistir a eventos de la beneficencia, actividad esta última especialmente frecuente en la vida de los jugadores que juegan en las grandes ligas europeas, grabar pautas publicitarias para casas de apuestas o marcas deportivas de las que es embajador, etc.— es, por el contrario, un hecho disruptivo en un día regular de trabajo. Tanto es así que, de hecho, algunas de las actividades mencionadas —aquellas por las que el deportista recibe una remuneración— no tienen reconocimiento alguno en el salario que percibe al pertenecer a la organización a la que le ha cedido sus derechos deportivos económicos, sino que, más bien, son un ingreso adicional que el deportista percibe por su prestigio y cuyo pago, por supuesto, queda en cabeza de aquel que saca provecho económico de este —la casa de apuestas, la marca deportiva, etc., pues hoy por hoy el deportista prestigioso es también una celebridad—. Al mencionar todo esto, notamos que la afirmación de que el deportista es diferente del asalariado regular solo es falsa superficialmente: de hecho, es «un asalariado más». Su hacer, incluso, puede corresponderse al arquetipo del asalariado de nuestros días: un ser humano asediado por una «deuda infinita», es decir, alguien que en todo momento ha de hacer las cosas cada vez mejor, sin techo diferente al cese de operaciones (la muerte, la jubilación o, más generalmente, el descanso, que sin embargo es cada vez más escaso). Esto, quizá, es lo que autores tan disímiles como Deleuze o Han, este último a través de la sociedad del rendimiento, pretenden denunciar.↩︎
Hay que destacar que esta alienación consciente en nada se opone a la caracterización que Marx hace de este fenómeno en la parte final del Primer Manuscrito de los Manuscritos de París, «El trabajo enajenado». Para Marx, la alienación es el extrañamiento del ser humano ante su propia actividad, el trabajo. Este extrañamiento se da cuando la obra, el producto del trabajo, deja de pertenecerle a aquel que la crea, el obrero, para pertenecerle a aquel que tiene los medios necesarios —el capital— para transformar la materia prima en producto, el burgués. Pero la alienación no solo se manifiesta en la producción en cuanto producto, sino también en la producción en cuanto proceso. Es en esta dimensión, dado que la realización del trabajo ya no es fruto de la voluntad del obrero, sino del burgués, que la alienación adquiere su faceta más intensa, pues invierte la relación entre humanidad y animalidad en el obrero: su actividad ya no se desarrolla como fin por medio de las fuerzas vitales producto de la satisfacción de las necesidades fisiológicas-animales, sino que se hace el medio que garantiza la satisfacción de las necesidades fisiológicas-animales, es decir, su subsistencia. En este punto sería legítimo presuponer que, dada la alienación, el obrero desarrollaría la tarea encomendada por su patrón como un animal: irreflexivamente. Como el trabajo que realiza no se corresponde con su voluntad y, en ese sentido, no es su actividad, es posible asumir que el obrero no pondrá cuerpo y alma en su trabajo, sino solo su cuerpo. El trabajo, desgastante y tedioso, es más llevadero para el obrero si este no piensa mucho en lo que está haciendo, sino que simplemente hace. El trabajo alienante se lleva a cabo mejor cuando uno mismo está alienado. Ahora, si bien todo esto puede ser cierto, no se puede obviar la caracterización que Marx hace de lo humano. Esta puede esclarecernos cómo una alienación consciente es posible. En relación con lo humano, Marx señala que tal cosa tiene que ver con la transformación del mundo, con la capacidad de, a través de la voluntad, convertir el mundo en una extensión inorgánica del cuerpo que se ajusta a lo que el humano proyecta. Lo humano en el ser humano es, entonces, primariamente, aunque no únicamente, su consciencia. Es a través de esta que el individuo puede proyectar su ser en el mundo y, con esto, transformarlo. Ya con esta descripción, es fácil advertir cómo el trabajo tiene un rol preponderante en lo humano: es en esta actividad que se materializa lo que en un principio es solo una determinación en la conciencia. El trabajo realiza aquello que inicialmente es solo mental. Lo humano, entonces, está constituido por dos instancias: la primera atañe a la voluntad en diálogo consigo misma gracias a la conciencia; la segunda, a la voluntad manifestándose en el mundo transformándolo. El obrero, aunque transforme —o, más bien, replique— el mundo para otro, sigue interviniendo en el mundo a través del trabajo. Que el producto de su trabajo no le pertenezca, o que este no se lleve a cabo según sus términos, no le quita su función activa. Este hecho es el que puede explicar su alienación consciente: el trabajador sabe que su trabajo ni le pertenece ni se hace tal y como él quisiera. Sin embargo, en cuanto medio para su subsistencia, reconoce la necesidad de seguir haciéndolo. A raíz de esto, aún a sabiendas de la injusticia de su condición, persiste en ella.↩︎
«pero es lo que hago la mayoría del tiempo» (jeje).↩︎