
Finalizando el siglo XIX el mundo occidental había logrado consolidar una idea de civilización alrededor de ciertos valores considerados como propios del pensamiento liberal: el rechazo a dictaduras o regímenes autoritarios en beneficio de la democracia, el respeto por los sistemas constitucionales, el imperio de la Ley, el respeto de los derechos y libertades individuales y sociales como la libertad de expresión, de opinión y de reunión (Hobsbawm, 1994).
Después de la primera guerra mundial, ocurrida entre 1914 y 1918, ese mundo occidental y civilizado experimentó la primera depresión económica del siglo, y aunque permanecía firme la esperanza en la profundización de la democracia, los años siguientes al conflicto trajeron consigo también la profundización de la inequidad, la pobreza, y la precarización laboral en las fábricas. Esto terminó en movilizaciones sociales, principalmente la obrera, con duras críticas al modelo económico capitalista. Hacia 1922 las ideas revolucionarias del movimiento obrero fomentaron el temor entre quienes eran partidarios de los llamados valores tradicionales y líderes de la derecha europea.
Así fue como entre 1918 y 1939 Europa entró en el retroceso del liberalismo y el auge paulatino de movimientos nacionalistas de corte ultraconservador y totalitario, contrarios a los gobiernos democráticos que habían logrado permanecer hasta ese momento. Estos movimientos se convirtieron rápidamente en una amenaza ideológica para la civilización liberal, instaurando en el poder a líderes de naturaleza caudillista, enemigos de las libertades y las revoluciones sociales, con inclinación al uso excesivo de la fuerza estatal. De este modo, se gestó el ascenso del fascismo.
Para octubre de 1922, Benito Mussolini protagonizaría la llamada “Marcha sobre Roma” tras advertir al monarca Víctor Manuel III que él y sus seguidores (miembros del Partido Nacional Fascista – PNF), a pesar de ser un movimiento política marginal, se tomarían el poder por la fuerza. Recientemente, en el 2022 se cumplieron 100 años de este acontecimiento, en sincronía con el auge de movimientos neofascistas en Europa.
Ahora, en septiembre de 2025 se cumplirán 86 años de la invasión de Polonia por parte de la Alemania nazi de Adolfo Hitler, heredero de las ideas fascistas de Mussolini en Italia. En palabras de Hobsbawm (1994), los fascistas eran “los revolucionarios de la contrarrevolución”, quienes no dudaron en adoptar la retórica y símbolos propios de los movimientos socialistas. En el caso alemán, Hitler llamó a su partido “Partido Obrero Nacionalsocialista”, incluyendo el símbolo de la bandera roja y adoptando el 1° de mayo del movimiento obrero como fiesta oficial en 1933. La fuerza del fascismo se fundamentaba entonces, como ahora, en el apoyo de las masas ávidas de un rompimiento total con el orden establecido de origen liberal, y los valores que este representa.
Mientras tanto, este enero observamos la posesión como presidente número 47 de los Estados Unidos del republicano y líder de ultraderecha Donald Trump, tras los eventos ocurridos en Washington en 2021 conocidos como el Asalto al Capitolio. Cuatro de los hombres más ricos del mundo, dueños de medios de comunicación masiva, se sentaron a su lado. Hombres blancos que están moldeando nuestra manera de ver y entender el mundo, a través de la manipulación de lo que consumimos y compartimos en sus plataformas digitales. Estrenando reglas de juego que facilitan la difusión sin control de discursos de odio, favoreciendo así sus particulares intereses económicos y políticos. Estamos ante la nueva ultraderecha, una que se vale de las redes sociales y nos hace creer en una peligrosa idea de libertad de expresión por internet.
El mensaje es claro: los valores democráticos, recuperados y consolidados en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, han sido desplazados de nuevo por el auge de regímenes autoritarios en América y Europa. Lo hacen apoyados en la propaganda de un nuevo discurso de ultraderecha de naturaleza racista, misógina y enemiga de la diversidad, diseñado para proteger la avaricia de unos pocos en perjuicio del resto de la humanidad. Y a pesar del panorama, al igual que Víctor Manuel III en 1922, quien dimitió anticipadamente al ver la avanzada de Mussolini, pocos están dispuestos a enfrentar el fascismo. O si quiera a reconocerlo.
Finalmente, Trump marcha sobre Roma.
Referencias
Hobsbawn, Erick (1994). Historia del Siglo XX. Editorial Crítica.
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Sobre la imagen: Es autoría de Ana Sofía Polanía Montealegre. Estudiante de pregrado en Goldsmiths University of London, cursando el programa Historia del Arte. Huilense. Feminista.
