Cementerio Central de Neiva. Imagen del archivo personal de la autora.
Cementerio Central de Neiva. Imagen del archivo personal de la autora.

Por: Eloísa Lamilla Guerrero.

Margarita lleva más de dos décadas buscando a su hijo desaparecido en Neiva. A kilómetros de distancia, Janeth no se detiene; ha recorrido el país tras la pista de su hermano, de quien lo último que supo fue una llamada desde esta ciudad. No son las únicas. A ellas se suman las voces de Neftalí, Cecilia, María Luz, Dora, Ruth, Yolanda, Mauricio, Paola, Esteban y Andrea. Estos son solo algunos de los tantos nombres de quienes buscan a sus familiares ausentes. Cada una de estas personas carga una historia única, una herida que no cicatriza y la inquebrantable esperanza de encontrar a sus seres queridos.

Durante años, se ha repetido la idea de que el Huila fue solo un «corredor de paso» del conflicto armado, un cruce estratégico entre el centro y el sur del país, pero la realidad es muy distinta. El departamento ha sido y sigue siendo un escenario de constantes enfrentamientos y disputas, donde la violencia ha dejado una profunda huella de masacres, secuestros, reclutamientos y desapariciones forzadas.

Según la Unidad para las Víctimas, el Huila registra a más de 200.000 víctimas reconocidas por el Estado, sin contar los subregistros. El mapa de la violencia muestra que la mayoría de los hechos victimizantes han ocurrido en zonas rurales, afectando principalmente a la población campesina. Quizás por esta razón, la magnitud del conflicto tiende a minimizarse. Sin embargo, investigadores y organizaciones de derechos humanos insisten en la necesidad de visibilizar y denunciar estos casos, a pesar de la negación constante que enfrentan las víctimas.

El Cementerio Central de Neiva: un lugar de memoria y búsqueda

El Cementerio Central de Neiva es un ejemplo palpable de esta realidad oculta. Luz Janeth Forero Martínez, directora de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), ha afirmado que al menos 648 cuerpos no identificados ni reclamados ingresaron a este lugar desde 1985.

La historia de los cuerpos inhumados antes del año 2000 fue intencionalmente borrada, lo que confirma el trato deshumanizante y violento que recibieron. Como describe María Victoria Uribe en su libro Cuerpos sin nombre, nombres sin cuerpo (2023), estas prácticas de despersonalización eran estrategias propias de la guerra.

A pesar de que la Iglesia y la mayoría de las autoridades locales subestimaron su importancia, desde 2009 el cementerio ha sido foco de investigaciones sociales y activaciones ciudadanas que buscan llamar la atención sobre su valor histórico, social y patrimonial. Pero un ejemplo de la falta de reconocimiento ocurrió en 2018, cuando el principal jerarca de la iglesia católica en Neiva declaró públicamente su intención de vender el terreno, argumentando que no era sagrado y que la parroquia podía usarlo con fines económicos.

Esta declaración, además de ser desconcertante e irrespetuosa, ignoró el origen del cementerio como bien de interés público y lugar de memoria, así como el dolor de las familias que buscan a sus seres queridos. Ante esta amenaza de traslado de los cuerpos, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) actuó. En diciembre de 2019, emitió el Auto AT-094 para iniciar medidas cautelares y asegurarla protección de los restos no identificados.

Esperanza y resistencia

A comienzos de 2020, en alianza con la organización Arquitectura Expandida (AxP), Vigías del Patrimonio, activistas y la ciudadanía, se desarrolló el proyecto «No me olvides». Su objetivo fue posicionar el cementerio como un lugar clave para reconstruir la verdad sobre el conflicto y para la búsqueda de personas desaparecidas, entre otros temas.

Gracias a la insistencia colectiva, se han logrado avances significativos. La JEP, la UBPD y Medicina Legal han reconocido el cementerio como un escenario crucial para desenterrar el pasado. Se han impulsado audiencias para que instituciones como la Alcaldía de Neiva, la Gobernación del Huila y la parroquia de la Inmaculada Concepción asuman su responsabilidad. Hasta el momento, la UBPD ha recuperado un total de 96 cuerpos en el Cementerio Central. Este resultado alentador revive la esperanza de miles de personas buscadoras.

Sin embargo, persisten grandes retos, como la actitud evasiva y poco colaboradora de la Iglesia de Neiva. El párroco ha hecho caso omiso de las órdenes judiciales y se ha abstenido de asistir a las audiencias de la JEP. Un lector suspicaz podría preguntarse qué se esconde tras el desinterés. Actualmente, aunque la Iglesia insiste en su propiedad, la JEP ha encontrado indicios que sugieren que el predio es, en realidad, propiedad del municipio.

El futuro: más allá de la búsqueda forense

Aunque los hallazgos forenses son fundamentales, es crucial reconocer que no todas las familias encontrarán los restos de sus seres queridos. Por ello, el Cementerio Central de Neiva debe convertirse en un lugar de memoria donde las familias puedan intervenir simbólica y espacialmente para anclar el recuerdo de los ausentes. Se necesitan acciones colectivas, rituales y gestos simbólicos, como siembras o marcas en el espacio, que les permitan procesar el duelo y dar un lugar al dolor.

El cementerio, como territorio sagrado de catarsis y ritualidad, ofrece una oportunidad única para restablecer el vínculo entre los vivos y los desaparecidos. Todos los muertos que reposan en sus tumbas y conviven envían un mensaje claro: aquí no se guardan rencores, el cementerio no es un lugar violento. Es fundamental que la sociedad neivana y huilense se involucre en estos ejercicios de dignificación, memoria y reparación, garantizando que todas las personas buscadoras tengan derecho a un espacio para recordar. Y donde reconozcamos que cada desaparecido es una herida abierta que nos debería conmover y doler a todos.

Sobre la autora…

Eloísa Lamilla Guerrero es antropóloga. Magíster en Antropología Social. Magíster Internacional en Conocimiento, Práctica y Patrimonio de la Danza; Magíster en Escritura Creativa. Investigadora, escritora, bailarina, feminista y viajera. Con más de 15 años de experiencia en investigación histórica, patrimonio cultural, curaduría comunitaria y trabajo con metodologías participativas.

Visitante y caminante asidua de cementerios, plazas de mercado, fiestas y de espacios dedicados a los oficios pues encuentra en todo este repertorio cultural esferas inspiradoras y detonantes de experiencias, historias, sonidos y escrituras latentes. Ha liderado y participado de investigaciones en diferentes cementerios del país, como su principal foco para reflexionar y debatir las dinámicas marcadas por categorías de identidad, clase, raza, género y diversidad sexual, que jerarquizan a las poblaciones y repercuten tanto en sus vidas como en sus muertes.

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