Collage elaborada por la autora.
Collage elaborada por la autora.

Otra vez 25N y ya se escuchan las quejas: “otra vez el alboroto”, “van a rayar las paredes”, “esas mujeres se ponen todas histéricas”. ¿Nos sorprende? No. ¿Que esos comentarios sean en su mayoría de hombres? Mucho menos (tranquilos, no todos; no hay que generalizar…). Lo “interesante” es que ese discurso de “ciudadanos ejemplares” se les deshace en la boca cuando los ves orinando en las esquinas y escupiendo en el piso como forma de mostrar su hombría “marcando territorio”. Pero que no falte el drama por una pared pintada. A muchos les duele más un grafiti o una pared pintada que la violencia diaria que vivimos. Una violencia que, muchas veces, lamentablemente termina en muerte. Ellos se cansan de escucharlo y nosotras de vivirlo.

El 25 de noviembre no nació de la nada. Es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, declarado en memoria de las hermanas Mirabal, tres mujeres dominicanas asesinadas en 1960 por enfrentarse a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Desde entonces, esta fecha es un grito global contra la violencia patriarcal que atraviesa todos nuestros territorios, nuestras cuerpas y vidas enteras. Por eso salimos a marchar. Porque no es un desfile, ni un paseo o un capricho colectivo. Salimos porque nuestras cuerpas siguen siendo territorio de guerra, porque cada año contamos más feminicidios, porque hay niñas creciendo con el miedo puesto como si fuera parte del uniforme; porque hay madres marchando con fotos en el pecho, buscando justicia que nunca llega a tiempo. Marchamos porque, si no lo hacemos nosotras, nadie lo hará. Porque el espacio público también nos pertenece, aunque les incomode vernos juntas, ruidosas y valientes. Porque cuando ellos hablan de “orden”, casi siempre lo que quieren es silencio. Pero este día estamos todas juntas para recordarles que no nacimos para callar.

La violencia contra las mujeres no es un accidente. No es un “ella lo provocó” o un “caso aislado”. Es sistemática. Un pacto silencioso y cotidiano que sostiene al patriarcado con la misma naturalidad con la que otros respiran. La violencia estructural no empieza cuando un hombre golpea; empieza cuando la sociedad lo justifica, cuando una niña aprende que su cuerpo es peligroso, que su voz incómoda, cuando nos enseñan a cuidarnos, mientras a ellos nadie les enseña a no agredir. Y sí, hablamos de un pacto patriarcal. Un acuerdo no escrito pero vigente que opera en todas partes. Un pacto que protege al agresor, que culpa a la víctima, que normaliza la violencia en los hogares, en las aulas, en las calles, en los hospitales, en los juzgados. Un pacto que se activa cuando un hombre dice “eso es pura exageración”, cuando un policía desestima una denuncia o cuando un juez pregunta “¿y por qué no se defendió?”. Un pacto que se sostiene porque muchos prefieren preservar su comodidad antes que cuestionar su poder.

Es ese pacto el que hace que la violencia no sea una suma de tragedias individuales, sino parte de una estructura entera diseñada para disciplinarnos. Para que tengamos miedo, para que dudemos y nos callemos. Pero nosotras ya no somos las mismas. Cada día buscamos las formas de organizarnos y encontrarnos, aprendimos que la sororidad es una forma de poder político; porque mientras el pacto patriarcal protege a los suyos, nosotras estamos construyendo uno de cuidado, memoria, verdad y resistencia. La violencia es estructural, sí. Pero también lo es nuestra lucha. Mientras nosotras avanzamos en conciencia y lucha colectiva, hay algo que también avanza, con sigilo y descaro: la ultraderecha, un movimiento que se disfraza de “sentido común”, “defensa de la familia” y “libertad individual”, pero que en realidad tiene el objetivo de desarmar cada conquista que las mujeres y las diversidades hemos logrado a pulso, con riesgo y memoria.

Lo vemos en algunos países como Argentina, El Salvador, Estados Unidos, Brasil y Colombia lo vemos en los discursos que aseguran que “el feminismo se pasó” o “hay que recuperar valores”. Valores, claro, pero siempre los mismos; los que nos quieren obedientes, maternas por obligación, calladas por disciplina y agradecidas por existir. La ultraderecha llega con una producción constante de miedo a la libertad reproductiva, miedo a la diversidad sexual, la educación integral en sexualidad, a que dejemos de ser lo que siempre les ha funcionado para sostener su idea de orden.

De repente, reaparecen narrativas que creíamos enterradas: la mujer “tiene una naturaleza”, hay roles “propios” del hombre y la mujer, que la “energía femenina” es cuidar, ceder, sanar y contener; mientras la masculina decide, ordena y domina. Nos lo dicen con palabras suaves, con discursos “espirituales”, con una estética nueva, pero con la misma intención de siempre: mantener el statu quo.  Bajo esa lógica, resurgen figuras como las “tradwives”, influencers que venden la sumisión como estilo de vida aspiracional, se deslegitiman las leyes de protección a las mujeres con el argumento de que “las denuncias son falsas”; se cuestionan los derechos sexuales y reproductivos en nombre de la moral. Todo esto no es casual, es un proyecto político.

Por eso este avance de la ultraderecha nos encuentra alertas, indignadas y preocupadas, pero también juntas porque sabemos que no basta con indignarse, hemos aprendido que el sistema busca empujarnos hacia atrás, pero cada retroceso que intentan imponer ha generado más conciencia, organización y más rebeldía en nosotras. Nos quieren en retroceso, pero avanzamos. Nos quieren en silencio, pero hacemos ruido. Nos quieren dispersas, pero estamos encontrándonos y aunque no lo quieran admitir es lo que más les aterra. Mientras ellos hablan de “orden”, “valores” y “recuperar la familia”, aparece la vieja exigencia “parimos poco”, “parimos tarde” o “parimos mal”. Surgen “expertos” hablando de la baja natalidad con cara de preocupación, pero nunca por las mujeres, sino por el sistema que ya no sabe cómo sostenerse sin nuestros vientres.  Opinadores profesionales explican que “Colombia será inviable en 2050 porque las mujeres no quieren parir”, como si fuéramos una maquinaria fallando en su línea de producción o quienes fomentamos una crisis por voluntad, y no el sistema entero que precariza la vida. Se les olvida hablar de las cifras que sí importan.

Según el DANE, en su boletín técnico de Mercado Laboral para las Mujeres publicado en 2023, el 60% de las mujeres en Colombia se encuentra en condiciones de informalidad laboral, una cifra que evidencia cómo la desigualdad de género sigue estructurando el acceso al empleo formal y a la protección social. Este panorama se complejiza aún más cuando se consideran las labores domésticas. De acuerdo con el Informe de Valor del Tiempo de Cuidado del DANE de 2022, las mujeres realizan aproximadamente el 90% del trabajo de cuidado no remunerado en los hogares colombianos, actividad que históricamente ha sido invisibilizada por el sistema económico.

En relación con la maternidad, la CEPAL señaló en su estudio regional de 2023 sobre Brechas de Género en el Trabajo que las mujeres que maternan tienden a percibir menores ingresos y a asumir mayores cargas horarias, tanto en labores productivas como reproductivas. Este fenómeno se refleja en Colombia, donde el Ministerio de Trabajo, en su informe sobre Empleo y Género de 2024, afirmó que la penalización salarial por maternidad continúa siendo una de las brechas más persistentes en el mercado laboral colombiano.

Finalmente, el Banco Mundial, en su reporte sobre Pobreza y Género en América Latina publicado en 2023, advirtió que la maternidad sigue siendo la principal causa de pobreza femenina en la región, pues determina trayectorias laborales más precarias, intermitentes y mal remuneradas. Este hallazgo ha sido reiterado por ONU Mujeres en su informe global de 2024, donde se destaca que la ausencia de corresponsabilidad estatal y social en los cuidados profundiza la feminización de la pobreza.

Y como dice Oviedo en su entrevista, “supremamente peligroso, pero es una realidad”. Entonces, el problema no es que “no queremos parir”. Porque no maternar a veces es libertad, pero muchas veces es una renuncia forzada. Una respuesta lúcida ante un sistema que, en lugar de garantizar la vida, la exprime. Pero no se habla de eso. Es más fácil culpar al feminismo, como si exigir derechos, autonomía y vida digna fuera una amenaza. Quieren más nacimientos, pero no quieren invertir en cuidados. Quieren más familias, pero no quieren redistribuir el trabajo. Quieren más mujeres pariendo, pero sin derechos, sin apoyo y sin voz. Y aun así afirman y nos culpan de la baja natalidad. La natalidad está baja porque sabemos que maternar en estas condiciones implica sacrificar una vida entera y entendimos que no es nuestro deber sostener un sistema que ni siquiera nos sostiene a nosotras. La pregunta no es por qué no estamos pariendo. La pregunta es ¿qué tendría que cambiar para que maternar —si se desea— deje de ser un privilegio o una condena y se convierta en una posibilidad justa y acompañada?

Y mientras intentamos responder a esa pregunta aparece otra realidad que casi nunca se nombra pero que todas llevamos tatuada en el cuerpo: la alerta permanente. Esa forma de respirar con un ojo abierto incluso cuando dormimos. Esa costumbre de caminar mirando atrás, de mandar ubicación en tiempo real, de avisar “llegué” aunque estemos exhaustas. No es paranoia, es supervivencia. Nos educaron para estar en guardia porque el mundo nunca ha sido neutral con nosotras. A esa alerta se suma la carga mental, esa que no se ve pero que sostiene hogares enteros; recordar las citas médicas, estar pendientes de los cumpleaños, anticipar necesidades, prever peligros, planear, organizar, sostener emocionalmente… Ser mujer en este sistema es pensar por tres, sentir por cuatro y descansar por nadie. Y, sin embargo, nos exigen “tranquilidad”, “feminidad” y “delicadeza”, como si pudiéramos ser suaves en un mundo que nos obliga a vivir tensas. Relajarnos cuando lo que está en juego es nuestra vida. Por eso el cuidado no puede seguir siendo un sacrificio individual escondido en las casas. El cuidado tiene que ser una tarea colectiva, una responsabilidad social que rompa con la idea de que somos nosotras las que debemos aguantar, organizar, acompañar y sostenerlo todo. El cuidado feminista no romantiza la entrega; la redistribuye. No aplaude el aguante; lo denuncia. No espera que una sola mujer pueda con todo; construye redes para que ninguna esté sola. Porque si queremos cambiar el futuro, primero hay que decirlo: no es posible construir una vida digna cuando vivimos cansadas, vigilantes y sobrecargadas. Y el 25N también es para nombrar eso, para gritarlo juntas, para que deje de ser un secreto vergonzoso y se convierta en un reclamo político.

Y es aquí, justo donde se acumula el cansancio y la vigilancia, donde nace algo que durante siglos intentaron arrancarnos: la rabia. Esa rabia que nos dijeron que era “fea”, “impropia”, “poco femenina”; la que nos mandaron a esconder detrás de sonrisas educadas, piernas cerradas y voces bajitas. Una rabia domesticada por generaciones que crecieron aprendiendo a tragar antes que hablar, aguantar antes que cuestionar, sobrevivir antes que vivir. Esa rabia no murió. Solo aprendió a esperar. Esperó en las gargantas de las que ya no pudieron gritar. Esperó en las manos temblorosas de las madres que buscan justicia. Esperó en las historias que nos contaron en voz baja para no “dañar el ambiente”. Esperó en cada silencio que nos obligaron asumir como si fuera prudencia. Y un día, sin pedir permiso la rabia se volvió fuerza, abrazo, consigna, consuelo, memoria, motor para marchar juntas, para dejar de pedir perdón por existir y para ponerle nombre a lo que antes se escondía en las sombras.

Porque nuestra rabia no destruye; nuestra rabia sostiene los procesos, las denuncias, las búsquedas. Sostiene a las que vienen detrás, a las que aún no encuentran palabras, a las que todavía están atrapadas en violencias que no deberían existir. Sostiene la esperanza de que el mundo puede ser distinto, no por milagro, sino porque nosotras lo estamos empujando con las manos llenas de amor y de furia. Y sí, nuestra rabia incomoda porque no es irracional; es lúcida. Porque no es capricho; es respuesta. Porque no es violencia; es supervivencia. Por eso marchamos también desde la rabia, porque es la prueba de que seguimos vivas, despiertas y juntas. La prueba de que no pudieron domesticarnos del todo y porque sabemos que la rabia, bien acompañada, se convierte en revolución.

Y así llegamos otra vez al 25N. No solo como una fecha en el calendario, sino como un recordatorio profundo de por qué seguimos aquí juntas, tercas y vivas. Marchamos porque sabemos que este sistema no va a cambiar por sí solo, que cada nombre que gritamos es una vida que se niega a desaparecer, porque aún hay niñas creciendo entre miedos que no deberían existir, madres cargando duelos que ningún país debería tolerar, mujeres sosteniendo una sociedad que rara vez las sostiene de vuelta. Pero también marchamos por lo que estamos construyendo. Por las redes de cuidado que inventamos en medio del caos, por los abrazos que nos levantan del suelo, por las conversaciones que desarman silencios, por la ternura que elegimos como acto político y por la rabia que convertimos en fuerza colectiva. Porque, aunque ellos digan que exageramos, que gritamos mucho, que incomodamos, aquí estamos nosotras demostrando que mientras ellos opinan, nosotras transformamos. Que mientras ellos defienden paredes, nosotras defendemos vidas. Mientras ellos piden orden, nosotras pedimos justicia. Este 25N no es una ceremonia de dolor. Es un acto de memoria, de resistencia y de futuro, un recordatorio de que ninguna está sola, de que cada vez somos más y no volveremos a callar.

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