De izquierda a derecha: el presidente Donald Trump, el jurista nazi Hans Frank, los académicos y juristas judíos Hersch Lauterpatch y Raphael Lemkin.
De izquierda a derecha: el presidente Donald Trump, el jurista nazi Hans Frank, los académicos y juristas judíos Hersch Lauterpatch y Raphael Lemkin.

A raíz del reciente ataque a Venezuela el 3 de enero, Donald Trump ha reiterado su claro desdén por el respeto al derecho internacional, ese conjunto de normas que regula la actividad de los Estados y las organizaciones internacionales, y que pretende poner límites a los abusos de líderes nacionales para proteger asuntos de interés global, como la seguridad internacional y la paz.  

En flagrante violación al derecho internacional, Trump recurrió al uso de la fuerza para capturar a un jefe de Estado y someterlo a un juicio carente de legitimidad en territorio extranjero. De acuerdo con Trump, por encima del derecho internacional está su desacertada interpretación del derecho estadounidense, que justifica la captura de Maduro en un acto que defiende como la superposición del interés nacional frente al respeto de la soberanía.

Se podría pensar que lo que realiza Trump es disruptivo y desconoce el respeto por el Estado de Derecho y las instituciones a nivel global. Sin embargo, su actuar hace resonar con fuerza los ecos del pasado. Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis desarrollaron una doctrina jurídica que les daba el aval para imponerse sobre el derecho internacional.

Así, en la Alemania nazi Hans Frank, abogado y asesor legal de Adolf Hitler, desarrolló una doctrina legal según la cual el derecho tenía la función de salvaguardar el orden concreto de la comunidad racial. A partir de esta concepción de justicia, la base para interpretar las normas legales era la ideología nacionalsocialista, que impedía el reconocimiento de nociones de humanidad que defendieran que un individuo, con independencia de su raza o nacionalidad, pudiera ser protegido ante la agresión de cualquier autoridad.

Paradójicamente, mientras Frank consolidaba una dogmática clara del derecho nazi, Hersch Lauterpatch y Rafael Lemkin, ambos judíos y en el exilio, sentaron las bases para la creación de crímenes internacionales: el genocidio y los crímenes de lesa humanidad. Si bien ambos juristas tenían diferencias respecto a si debía ser protegido un grupo nacional (en el caso del genocidio), o si la concepción del individuo resultaba más imperiosa (en el caso de los crímenes de lesa humanidad), ambos coincidían en que era fundamental llevar el derecho internacional a un estadio en donde el ser humano, en su acepción individual o colectiva, pudiese protegerse de las arbitrariedades del Estado. Previo a las discusiones de Lauterpatch y Lemkin, el individuo no era un sujeto central en la normatividad internacional. Estos dos pensadores sentaron las bases para un derecho más humano, para consolidar la ley de la humanidad.

Donald Trump, líder autoritario y nacionalista, reitera el mismo argumento que en su tiempo invocó Hans Frank para asesinar a miles de judíos y otras víctimas del régimen nazi: a su juicio, el Derecho no persigue un fin humano, sino que es una herramienta para justificar su arbitrariedad y poner los intereses nacionales por encima de cualquier consideración humana.

Ante la amenaza del pasado, entender y defender al derecho internacional como una garantía elemental para la humanidad es la resistencia que podemos dar frente a los regímenes autoritarios. No obstante, esto resulta profundamente problemático si entendemos que, en el concierto internacional, la sociedad requiere interlocutores cuyas acciones presionen el cumplimiento de dicho sistema normativo. Es obvio que el silencio o los pronunciamientos tenues o ambiguos frente a las mismas actuaciones de Estados Unidos termina siendo una legitimación por pasiva para que Trump continúe con sus acciones. El caso Groenlandia se vislumbra en el horizonte.

Nuevamente, el derecho internacional se encuentra en crisis, y sin que las naciones se dispongan a defenderlo, su cuestionamiento se disputará ineficazmente en escenarios académicos. En su tiempo, Hersch Lautepatch y Rafael Lemkin realizaron aportes trascendentales que configuraron el nuevo acervo jurídico en la materia, velando por la protección del ser humano frente a los abusos del poder estatal. Actualmente, se necesitan voces que lideren un nuevo proceso para el fortalecimiento de leyes universales que defiendan a la humanidad en estos tiempos. Los próximos protagonistas del derecho internacional deberán trascender las aulas e involucrar a la sociedad en su conjunto.

Un comentario sobre “El derecho internacional: ¿nuevamente un campo en disputa?  ”

  1. Estoy de acuerdo con el artículo! la comunidad internacional debe asumir una postura firme y coherente en defensa del derecho internacional. El silencio, la ambigüedad o la selectividad en su aplicación terminan siendo una forma de complicidad.

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