Imagen creada con Inteligencia Artificial Grock.
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Desde que sucedió el ataque militar a Venezuela del 3 de enero, varios y diversos pensamientos se me han venido a la cabeza: es difícil leer un suceso de este talante sin que en ese entendimiento la primera chispa de reflexión no tienda a estar profundamente embebida de aquellos lugares que hemos decidido ocupar políticamente. Por eso, quisiera iniciar este escrito desligándome de la falsa idea de objetividad que a veces se nos exige a las personas que nos llamamos a nosotras mismas analistas sociales, ya sea porque contamos con un título académico o porque consideramos que hemos investigado lo suficiente para merecernos ese adjetivo. Pienso que lo más sincero que puede hacer alguien cuando da una opinión, incluso cuando ésta se sostiene sobre un necesario trabajo investigativo de contrastar fuentes, entender contextos, revisar historia y llegar a conclusiones desde la razón crítica, es puntualizar el lugar de enunciación que guía el pensamiento.

Así, como segundo paso, me es importante aclarar que durante todo el año 2025 me desempeñé como docente del Programa de Ciencia Política de la USCO —la universidad pública de Neiva—. Durante el segundo semestre, no sé si por coincidencia divina, enfoqué los cursos desde una perspectiva epistemológica decolonial. Para ser completamente honesta con los y las lectoras que lleguen a este lugar, yo no soy experta en nada, lo que significa que no soy experta en los estudios decoloniales. En parte decidí enfocarme por ese lado para yo también ir aprendiendo de la mano de mis estudiantes sobre esta mirada construida desde el sur y para el sur.

El ejercicio resultó interesante en el plano personal porque los sucesos políticos del 2025 -y con los que comienza el 2026- pueden explicarse desde las denuncias contra el imperialismo y el colonialismo que autores como Dussel, Quijano, Mignolo, entre otros, han hecho; no sólo en lo que respecta a las intervenciones que se han llevado a cabo sin tapujos ni ocultamientos, sino también a los controles económicos y las presiones políticas que, de manera menos  evidente, se han sostenido sobre los territorios que en la lógica geopolítica son definidos como “el sur global”.

Ahora bien, sería chévere tener el espacio suficiente para esbozar, explicar y discutir los argumentos decoloniales, pero no busco escribir un ensayo, quiero más bien poner sobre la mesa una opinión. Así, de manera incluso un poco irrespetuosa, me limitaré a decir que los estudios decoloniales plantean, para propósitos de este texto, que la idea de América Latina, la configuración de los estados nación que la componen y la forma como económicamente se ha desarrollado —incluyendo las intersecciones sociales y culturales que acompañan cualquier política económica— se ha sostenido sobre la exclusión de aquellos sectores poblacionales que se salían de la noción de modernidad europea que por mucho tiempo definió quien merecía ser ciudadano —porque el ciudadano es un hombre, no una mujer— y quiénes merecían ser subordinados por su calidad de bárbaros.

Entonces, si bien hubo procesos independentistas que fueron apoyados por los pueblos sometidos bajo el orden colonial, el resultado de estas independencias no fue el surgimiento de naciones latinoamericanas que, en un ejercicio de autorreconocimiento identitario, se configuraran a sí mismas desde una perspectiva incluyente que tuviera en cuenta la heterogeneidad de voces, culturas, idiomas y cosmovisiones que el orden colonial buscó silenciar.

Más bien, lo que hubo fue un cambio de mando donde unas pocas élites regionales, herederas de los más dañinos legados coloniales, marcados por el racismo y el machismo, entraron a configurar naciones desde lo que Mignolo denomina “la herida colonial”, que en palabras simples no es más que el sentimiento de inferioridad que llevó a las élites criollas a imaginarse la nación sólo desde las posibilidades de parecerse a Europa, buscando deshacerse de todo rastro de “barbarie” que llevaría al “inminente atraso” de las nacientes naciones.

En este punto los y las lectoras puede que se sientan un poco perdidas, después de todo ¿qué tiene que ver la colonia con la geopolítica actual? ¿Por qué hacer memoria de hace 200 años si actualmente constituciones como la colombiana reconocen explícitamente la soberanía de los pueblos que el proyecto moderno buscó condenar al sometimiento? Y, sobre todo, ¿cómo eso se relaciona con la intervención militar a Venezuela y los discursos cada vez más atrevidos —por ponerle un adjetivo— del señor naranja que ahora gobierna una de las mayores potencias económicas del mundo?

Una posible respuesta a esta pregunta se puede plantear trayendo a colación lo que Anibal Quijano definió como la colonialidad del poder, concepto que hace alusión al orden geopolítico global que consolidó un modelo de dominación marcado en principio por lo europeo, pero que hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX empezó a verse cada vez más influenciado por un nuevo patrón de organización global donde el mundo ya no sólo se dividía en hemisferio occidental y oriental, sino que ahora también, para justificar desde el discurso racial jerárquico el creciente poderío económico y político que estaba alcanzando Estados Unidos, se comenzó a ordenar desde el norte y el sur del Atlántico. Esta discursiva devino en nuevas formas de poscolonialismo donde los países ubicados al sur del Atlántico (Suramérica) nuevamente fueron ubicados en la periferia económica global.

Es importante entender que, si bien se habla mucho de órdenes económicos, estas organizaciones globales marcadas por centros y periferias atraviesan vidas, cuerpos y maneras de entender el mundo. Edward Said, un teórico poscolonial —otra aproximación teórica crítica que analiza las relaciones hegemónicas y subalternas entre naciones—, explica que las formas de dominación como el colonialismo y posteriormente el imperialismo son dispositivos cuyo funcionamiento se posibilita gracias a la incrustación de formas culturales que llevan a los sujetos a percibirse a sí mismos dentro de los imaginarios que las naciones con poderío hegemónico proyectan. Esto, en palabras simples, significa que la percepción de atraso y dependencia no solo se materializa en las políticas económicas donde los países del sur global se han mantenido económicamente dependientes, sino también en los entendimientos mismos que ciertos sectores de la población que habita estos países tienen sobre los conflictos internos que existen en sus naciones y la constante espera de que externos —mejores, más inteligentes, con mayor poder, más “civilizados”, en últimas superiores— lleguen a salvarlos de sí mismos.

Se trata de un fenómeno complejo porque para poder analizarlo hay que cavar profundo en la historia de los pueblos y la manera cómo se han tejido las relaciones internacionales, tanto en lo relativo a la economía, como al proyecto de construcción de nación como un todo. También ha tenido distintos momentos y formas de materializarse. Sin embargo, los ejemplos son variados: lo que se conoce como las repúblicas bananeras, la Operación Cóndor en América Latina, el apoyo militar a golpes de Estado durante la Guerra Fría para la instauración de dictaduras de derecha complacientes a las necesidades comerciales de Estados Unidos, la intromisión dentro de los destinos y la política interna de los países del sur global, lo que está pasando en este momento con Trump y lo que él ha denominado la “doctrina Donroe” —un juego de palabras que busca evocar a la doctrina Monroe, la cual supone que los intereses de Estados Unidos deben prevalecer por encima de todas las cosas y toda acción tendiente a esto es justificada incluso si eso significa intervenciones militares directas—.

La mayoría de estos acontecimientos, por no decir que todos, han sido posibles gracias al eco que les dan quienes están al mando de las naciones. La dominación ideológica, política y económica sobre los países latinoamericanos está fuertemente vinculada con las relaciones que las élites que ostentan el poder han mantenido con los dirigentes de los países poderosos. Por supuesto, detrás de esto también hay mezclados intereses personales, incluso pueden existir buenas intenciones explicables a través de lo que previamente se definió como la “herida colonial”. Es decir, no se trata de una dominación pasiva, hay fuerzas activas que hacen posible su instalación. También hay movilizaciones subalternas que buscan restarle fuerza, muchas de éstas a lo largo de los años fueron señaladas como enemigos internos y sistemáticamente silenciadas, piénsese por ejemplo en los movimientos políticos de izquierda que, en el caso colombiano, han sufrido de exterminios.

A pesar de que a lo largo de nuestras historias como naciones hemos padecido este dependencia económica e ideológica, ha habido momentos en los que ésta ha sido más explícita y dañina, la instauración de las dictaduras en países como Chile, Argentina, Nicaragua, Brasil, entre otros; es, quizás, uno de los ejemplos más claros. El fenómeno que llega con el gobierno de Donald Trump no es nuevo en su contenido. Sin embargo, la forma que lo envuelve no deja de ser inquietante. El discurso que maneja es abiertamente subordinante, de manera vocal acepta que para él prima únicamente que Estados Unidos sea grande nuevamente, lo que se traduce a que vuelva a ser la gran potencia económica que gobierna el mundo. Esto finalmente lo que busca es que todas las economías, empezando las de las Américas —que según él son su hemisferio— deben acompasar sus intereses por encima incluso de los propios.

Para regresar a lo sucedido el 3 de enero en Venezuela, me parece que es clave tener presente que sobre esto se deben hacer dos tipos de análisis: el coyuntural y el contextual. Con respecto al primero, es innegable que la intervención de Estados Unidos puede resultar siendo un respiro y un viento de esperanza para los y las venezolanas. Sería grotesco negar que lo que estaba padeciendo el pueblo era una dictadura que ya había agotado todos los canales diplomáticos posibles. En ese sentido, si se mira solo esta arista —tratando incluso de ignorar los 80 muertos que a fecha de hoy (8 de enero) se han contabilizado— podría incluso parecer una buena noticia.

Sin embargo, pasando al segundo plano analítico, la historia nos ha demostrado que la intención de Estados Unidos cuando visita nuestros países está lejos de ser benigna. Es más, no es que dicho país busque “salvarnos de nosotros mismos”. Las intervenciones gringas, no sólo en América Latina, sino también en Medio Oriente y Asia, tienen un historial de devastación y apropiación de los recursos. A este precedente se aúnan las explosivas y cada vez menos cuidadosas declaraciones de Donald Trump, que se refiere a América Latina como el “patio trasero de Estados Unidos” sin ningún tipo de miramientos. Así, desde una mirada coyuntural se entiende la alegría que siente algunas personas venezolanas, pero si se profundiza el análisis es imposible no sentir preocupación por la independencia de las soberanías de nuestros países.

Para finalizar, me gustaría simplemente puntualizar que no quiero que se me malentienda, es claro que nuestras naciones no son del todo soberanas. Lo que lleva la administración de Trump nos ha demostrado que la colonialidad del poder está viva en las relaciones entre naciones. Las respuestas de un sector de la población colombiana pidiendo intervención militar en Colombia para hacerle un golpe de estado a un presidente elegido democráticamente materializa la herida colonial de las que nos habló Mignolo. Se ha hecho cada vez más evidente que la noción de que necesitamos que nos salven de nosotros mismos ha sobrevivido a lo largo de los años que llevamos siendo naciones “soberanas”.

A pesar de eso, considero que siempre es importante regresar a revisar las formas, así parezca algo de simple cortesía, pues el desparpajo con el que el presidente gringo se refiere a nuestras naciones y a nuestros migrantes debería bastar para estar de acuerdo que al menos un mínimo de dignidad debería recorrer nuestros cuerpos. Se entiende la felicidad de los y las venezolanas, eso no quita la preocupación que da pensar que nuestros recursos, nuestros pueblos y nuestras economías van a estar cada vez más a merced de intereses extranjeros. Porque seamos claros en esto: siempre han estado a su merced, pero con la situación política actual esto parece que va a empeorar.

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