Margarite Yourcenar, ícono de las letras francesas contemporáneas (1903-1987). Tomado del Blog lecturassumergidas.com
Margarite Yourcenar, ícono de las letras francesas contemporáneas (1903-1987). Tomado del Blog lecturassumergidas.com

Sin contar algunos cuentos aislados, mi primer acercamiento a Marguerite Yourcenar fue Memorias de Adriano; nada que había leído hasta entonces ni nada de lo que leí después se acerca a la prolijidad de esa prosa. La escritura de Yourcenar me dejó atónito por su amplitud y su generosidad. Algún tiempo después, cuando la fascinación se había aplacado lo suficiente como para leer otro libro, pero no tanto como para atemperar mis expectativas, leí Alexis o el tratado del inútil combate. Me llevé una enorme decepción con un libro cuyo protagonista carecía de la grandeza de un emperador; era un hombre moderno cuyo destino era suyo solo y no el de todo su imperio. La novela abusaba de las frases mordaces y cortantes; era imposible leerla con fluidez porque el exceso de metáforas e hipérboles obstaculizaban la lectura. Como solía hacer en esa época, busqué la manera de expresar aquello que yo no lograba formular en las opiniones de los demás. Eventualmente encontré una reseña que sintetizaba perfectamente lo que yo había detectado: Alexis era una novela plagada de frases lapidarias.

Quisiera volver a leer ese libro, a ver si me llevo la misma impresión que tuve la primera vez. Yourcenar es una escritora a la que aprecio demasiado como para tildar siquiera de mediocre alguno de sus libros. Pero es improbable que una segunda lectura me haga cambiar de opinión, porque voy a leer bajo la misma sospecha que tuve entonces y que he tenido siempre: la escritura lapidaria es la marca de la literatura mediocre y del pensamiento inane.

Tiempo atrás, las hipérboles eran moneda corriente en los discursos que se dirigían a las masas: el fascismo prometió un Reich de mil años; el socialismo cantó sobre una lucha final por la emancipación de la humanidad. La filosofía se cansó de augurar su propio final y llegó a afirmar, en contra de su propia racionalidad, que solo un Dios podría salvarnos. Con el tiempo llegó el desencanto y, tras él, quedó de manifiesto que esas frases no le dicen nada a la mayoría de hombres y mujeres de este mundo, que no están dispuestos a morir por su patria ni por su libertad, ni tampoco a retirarse lejos del ruido del mundo que se cae a pedazos.

Pero las frases lapidarias no desaparecieron. Solo se trasladaron; pasaron del dominio de los grandes discursos sobre la humanidad entera al de los discursos individuales. Es casi una imprecisión hablar hoy de una «cultura de masas», porque el objeto de la cultura no son las masas, sino el individuo. De allí viene el auge de la literatura que se dirige a su público en segunda persona del singular: libros que hablan sobre lo que puedes hacer, sobre cómo transformar tu vida, cómo mejorar tus hábitos, cómo hacerte más fuerte, más independiente, más autónomo. Estos libros han heredado y exagerado la escritura lapidaria, porque su procedimiento consiste en simplificarle al individuo el complejísimo mundo en el que vive a través de fórmulas suficientemente abstractas y generales como para que lo pueda ordenar con facilidad. No es para menos, pues el individuo moderno necesita algo que lo oriente en medio de la sucesión de contingencias que conforman su realidad; por ello le conviene conjurar la vida en pequeñas sentencias finales acerca del amor, la amistad, la soledad, el bienestar o los hábitos.

No quiero decir que toda la literatura que se dirige al individuo es inane. El individuo es uno de los grandes proyectos de la modernidad y la escritura es uno de los medios que le dan forma. Tampoco creo que se deba aspirar a una escritura obsesionada con los matices e incapaz de emitir un juicio definitivo. Pero las frases cortas y contundentes tienen una vigencia igualmente corta. Son efectivas para producir ilusiones que se desvanecen rápido. Ante el exceso de frases espectaculares que aparecen aquí como consejos de vida, o allá como eslóganes publicitarios, siento el mismo tedio que sentí años atrás al pasar las páginas abarrotadas de sentencias de Alexis.

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