
Desde que Donald Trump anunció un endurecimiento de las sanciones internacionales contra Cuba, hemos visto nuevamente a la mayor de las Antillas, históricamente foco de discusión internacional, volver a la palestra mediática. Durante las últimas semanas, organizaciones, grupos de la sociedad civil y partidos políticos de todos los países han dado su opinión. Se trata de un tema que ha polarizado históricamente al mundo desde el triunfo de la Revolución en 1959, hace más de sesenta y siete años.
Las últimas acciones de Trump han impactado fuertemente en Cuba. La captura de Nicolás Maduro en Venezuela —que a la postre privó al régimen cubano del suministro de petróleo venezolano— y la posterior decisión de declarar a Cuba “amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad nacional, lo que implica con aranceles adicionales a cualquier país o empresa que venda o suministre petróleo o combustible a La Habana, dejaron al castrismo ferozmente aislado. México y la Unión Europea, hasta entonces benefactores de peso, se replegaron.
Pero detrás de las banderas rojas, los mitos construidos, las sanciones internacionales, la geopolítica y las narrativas semiliterarias que envuelven al fenómeno castrista desde su génesis, está la realidad de un país destruido. Cuba inició el 2026 con casi un 89% de su población por debajo de la línea de pobreza, zonas del país donde se superan fácilmente las veinte horas seguidas sin luz eléctrica, escasez generalizada de bienes esenciales y un largo etcétera.
El impasse político es absoluto. El régimen gobernante está sumido en una puja entre la fracasada administración de Miguel Díaz-Canel, cuyos intentos de colar reformas económicas son respondidos con purgas internas, y la “vieja guardia” militar nonagenaria que controla la economía. Mientras, en las cárceles cubanas languidecen hoy más de 1200 presos políticos, algunos de estos menores de edad. La mayoría de los líderes activistas más destacados están exiliados o silenciados. Poco queda del espíritu del movimiento de protesta que condujo al estallido del 11 de julio de 2021, hace ya casi cinco años, y cuya supresión dio inicio a la actual crisis migratoria. Cientos de miles, quizá millones, de cubanos han escapado de la isla.
El debate internacional sobre la realidad cubana históricamente ha estado signado por muchas simplificaciones (“Cuba vs. Estados Unidos”, “dictadura vs. bloqueo”) y, sobre todo, el deliberado silenciamiento de las voces de sus protagonistas: los mismos cubanos.
Parafraseando a un amigo politólogo cubano, “para el campo de la izquierda global Maduro en Venezuela y Ortega en Nicaragua son dos sacerdotes polémicos, pero Cuba es el Vaticano”. Criticar a un sacerdote corrupto o polémico puede ser una forma de defender una religión, pero criticar al Vaticano es directamente una herejía. Mientras que, para la derecha global, Cuba es el ejemplo de manual de todo lo que no hay que hacer y todo lo que hay que criticar. No obstante, la relación no deja de ser meramente instrumental. Para muchos, Cuba en su debate no pasa de ser el objeto de un argumento.
El caso es que Cuba a nivel internacional es más un ícono que un país. Por tanto, la opinión sobre Cuba, para bien o para mal, suele estar signada primero por la evocación o defensa de una causa. Si bien esto en realidad es moneda corriente, probablemente Cuba sea el ejemplo más extremo en el que un país y su población se deshumanizan al punto de convertirse en producto, casi como un equipo de fútbol por el que hinchar.
Y para aportar un grano de arena a esta discusión, decidimos poner el foco en los cubanos, verdaderos protagonistas de la crisis. Contactamos con cubanos de diferentes generaciones y zonas de Cuba, para tratar de dar un panorama honesto sobre la situación del país.
No toda Cuba es igual
La sociedad cubana está profundamente fragmentada. Sin embargo, esto no se debe a una polarización entre castrismo y anticastrismo. La fragmentación deriva de la construcción de una larga lista de brechas que la situación política e internacional del país ha impuesto sobre su población. Primero está la brecha generacional entre los que vivieron la “época dorada” del régimen, los que vieron el colapso del bloque soviético en 1990 y la generación actual, marcada por la irrupción del internet (que facilitó tanto la movilización como la globalización), y la crisis migratoria que ha separado a millones de familias cubanas, con casi una décima de la población de la isla abandonándola en la última media década.
A esta brecha le sigue la territorial, que opera, entre los cubanos que se encuentran en la isla y los cubanos del nutrido exilio (que superaría cómodamente el 30% de la población si volvieran al país). En estos últimos también hay brecha generacional, de clase y etnia, entre los que pertenecen a la élite o a la clase media del exilio temprano, y los cubanos mucho más pobres que escaparon del país en períodos posteriores.
Pero dentro de Cuba también existe una brecha territorial. El régimen suele priorizar recursos en mantener tranquilos y relativamente seguros los grandes centros urbanos, donde se concentra tanto el capital como las sedes del poder político y las Fuerzas Armadas. Impedir un gran disturbio en La Habana parece ser su principal obsesión. Por lo anterior, no existe punto de comparación entre vivir en la capital cubana que en las ciudades más pequeñas o el interior rural.
La Habana, una ciudad paralizada
Margarita*, informática de carrera y madre de 53 años de La Habana, empezó su intercambio aclarando que no estudió “nada relativo a la economía”. No obstante, sabe muy bien lo que el impacto de la crisis migratoria ha provocado en las familias cubanas. Tanto su marido como su hijo han tenido que salir de la isla y hoy se encuentran en Estados Unidos. Como la mayoría de los cubanos de su generación, que culminó la adolescencia al comienzo del período especial, no hace activismo ni tiene participación política, y ve el panorama con una perspectiva bastante sombría.

“En Cuba nunca se ha producido nada, siempre nos hemos dedicado al turismo”, comenta, buscando darle una explicación a la crisis, “en un momento nos sustentaba el campo socialista e ingresaban divisas por medio del turismo, pero siempre se descuidó todo lo demás. Luego nos vino a sostener Venezuela. Así entraban divisas al país, aunque por supuesto se descuidó todo lo demás. Nos recostamos en eso: en el turismo y lo que nos regalaban. Ahora mismo, después de la pandemia, empezó una gran decadencia económica y social. El mundo entero lo sufrió, pero nosotros, más débiles, peor. Lo que va a pasar es que nos vamos sumiendo en una pobreza total. Lo poco que funcionaba ha dejado de hacerlo”.
La visión de la crisis energética no es aislada. Según la Unión Eléctrica (UNE), ente estatal a cargo de la energía, el 16 de febrero el déficit alcanzó 1.723 MW, con afectación estimada de 1.753 MW mediante desconexiones programadas. Eso significa que más de un 55% del país queda sin luz simultáneamente en horario pico (si bien récords recientes superan el 64%). En La Habana, los cortes intermitentes, «quitar y poner», promedian las diez a dieciséis horas diarias; en las regiones orientales fácilmente superan las dieciocho o veinte horas. Asimismo, las imágenes satelitales registran una caída del 50% en la iluminación nocturna en la isla respecto al promedio histórico, con provincias del empobrecido oriente como Santiago de Cuba y Holguín casi completamente a oscuras.
El principal impacto es psicológico. “La vida moderna está pensada para la electricidad”, opina Margarita, “te pones las noticias en la tele o en internet, enciendes la luz, entonces estos cortes son como volver a una vida primitiva”. Los apagones constantes generan un estrés agudo del que resulta casi imposible abstraerse. “Igual pienso en los que tienen un trabajo que necesita electricidad para subsistir, como lo tuve hasta hace un año y pico atrás. Era desesperante cuando quitaban la corriente, a pesar de que tenía mi equipo de respaldo, porque tú tienes que terminar un trabajo… es un estrés adicional”.
En el contexto actual, ante el corte de suministro de petróleo con las últimas sanciones y la falta de refacción del sistema eléctrico luego de años, el resultado ha sido la parálisis económica, laboral y educativa del país. La Habana, que ve sus edificios históricos derrumbarse ante la falta de mantenimiento, mientras se ciernen junto a las casas residenciales los hoteles de lujo recién construidos, se concibe a través de las fotos como una ciudad fantasma. Poca gente sale a las calles, el transporte prácticamente no funciona y la basura se acumula ante la ausencia total de un Estado que la recoja. Siendo pleno febrero y apenas a mitad del curso escolar, cualquiera pensaría que se trata de una zona de guerra.
“La educación está sumida en un proceso de clases virtuales o por encuentros en las escuelas que puedan organizarlo”, comenta Margarita. “Al final no se logra un buen resultado, ni en los niveles mínimos de primaria ni en secundaria. Tal vez los universitarios puedan estudiar un poco más así, pero primaria y secundaria es fatal. La educación está totalmente parada”.
A la larga, los apagones son para Margarita otro recordatorio de la poca libertad que hay: “Te apagan la luz cuando ellos quieren”. Añade que a veces se queda haciendo cosas a oscuras por costumbre, solo para comprobar que realmente había corriente.
Un gran motor de la economía de la isla han sido las remesas que los cubanos de la diáspora, en su día expulsados del país bajo la etiqueta de “gusanos” y al grito de “no los queremos, no los necesitamos”. En ese sentido, Margarita admite que su situación “no es representativa” de la mayoría del pueblo cubano. Su hijo y marido efectivamente le envían ayuda. Con su trabajo y el apoyo de su familia (trabajadores en el exterior), afirma poder cubrir sus necesidades básicas y “vivir decentemente”. Si bien se trata de la realidad de muchos cubanos, Margarita acierta sobre su condición de minoría. De acuerdo al Observatorio Cubano de Derechos Humanos, sólo un 37% de los cubanos reciben ayuda desde el exterior. Los demás se ven obligados a arreglárselas por sí mismos en una situación prácticamente invivible.
Finalmente, luego de repasar la situación económica, educativa y social, Margarita termina llegando a la parte más política de nuestro intercambio:
“Hay muchos cubanos que todavía (sí, no te voy a decir que no) siguen pensando que ‘sí, que Fidel iba a lograr esto…’ y que ‘si Fidel estuviera’. La realidad es que Fidel nos sumió en esta situación en la que estamos”, explica, con tono moderado pero contundente. “Sé que no todos tienen mi opinión. Yo sé… Yo sé que nunca funcionó este sistema. Estados Unidos y el conflicto siempre han estado acá y ahora nos ha puesto una nueva presión ahí, pero son años y años que esto no estaba funcionando bien.”
Margarita da en el clavo al razonar sobre brechas generacionales: “Hay otros de la tercera edad u otros que han sido muy adoctrinados… o que son hipócritas y están en lugares y puestos aquí en el país y no les conviene decir lo que en realidad piensan. Muchos llegan a los cargos, dicen una cosa y luego de la nada huyen del país. Viven de la hipocresía. Pero luego hay otros que sólo no se dan cuenta. Oigo las opiniones de mi padre, que tiene 74 años. Es muy inteligente, muy estudiado, pero simplemente no le dejan dar su brazo a torcer sobre que este sistema nunca funcionó ni iba a funcionar”.
La percepción de que los ancianos cubanos son el último bastión que le queda al régimen está bastante extendida, y si bien existen pocos estudios de opinión al respecto, hay base para creer que es verdad. Los que vivieron la Revolución Cubana y sus “años dorados” crecieron o se formaron en un país que se convirtió, de la noche a la mañana, en un ícono internacional. Los de la generación de Margarita vieron el colapso del mito frente a una realidad fáctica claramente muy diferente, bajo un sistema tan represivo que no daba lugar a críticas. Finalmente, es la actual generación joven la que asume una postura mucho más frontal y directa.
Pero incluso entre los que crecieron en medio de represión, apatía y colapso, negar la realidad les es cada vez más difícil.
“Aquí alguien puede venir a dar petróleo, ayuda humanitaria o lo que sea, y quizás eso alivie un poco la situación, pero no la va a resolver”, sentencia Margarita, “acá lo que necesitamos es una transformación total. Se tienen que hacer elecciones y que vengan unas personas capaces, que se abran al mundo y que abran la parte comercial. Que abran todo. La mente está cerrada, la de los que están arriba. Pero hay que abrirse. Cuba tiene que abrirse”.
Fuera de la capital, aún peor

La fantasmagórica Habana, con sus edificios derrumbados y montañas de basura, ofrece un panorama desolador, pero sigue siendo una burbuja positiva respecto a la situación que se vive en el resto de la mayor de las Antillas. Nos trasladamos a 800 km de la capital cubana, a la mucho más pequeña Bayamo, capital de la provincia oriental de Granma. Fue un lugar clave en la lucha por la independencia de Cuba en el siglo XIX y su glorioso nombre figura en el himno nacional. Hoy, sin embargo, estamos ante una ciudad territorialmente aislada, en un estado de abandono mucho más grande que el de La Habana. Desde el 6 de febrero, el transporte interprovincial en Granma se suspendió completamente, dejando aislada a Bayamo de Santiago de Cuba, Guantánamo, Camagüey y la capital. Algunas zonas de la región pueden fácilmente pasar un día entero sin luz eléctrica funcional.
Sobre este y otros temas ahondamos Oliver*, joven artista bayamés de 21 años. Es evidente que con él estamos ante alguien muchísimo más politizado y vocal. Ante la pregunta, declaró identificarse con “cualquier pronombre” aunque prefiere los masculinos. Su cuenta en X (antes Twitter), @bunniecornio-“PocketTheHare”, supera los 12 mil seguidores; y si bien la creó para promocionar sus comisiones artísticas, la emplea cada vez más para exponer su visión sobre la trágica situación de Cuba y pedir ayuda.
“Nunca he estado en La Habana. Mi única conexión es por anécdotas, mi madre fue recientemente y dice que todo está mucho más barato que aquí en Oriente. Cuando los orientales van siempre sienten que es casi otro país”, comenta.
Para muchos cubanos que viven fuera de La Habana el colapso comenzó hace mucho tiempo, mucho antes de la pandemia y definitivamente mucho antes de que Trump firmara un par de decretos.
“Desde que nací nunca ha habido una época en donde no hubiera carencias extremas y la vida no fuera difícil”, comenta Oliver. No obstante, algo ha cambiado desde las nuevas disposiciones del gobierno estadounidense: “No es que sea particularmente peor que en años anteriores, es más que nada la incertidumbre de qué va a pasar, hay precios disparándose a lo loco y mucha gente, incluido yo, no podremos recibir ayudas que esperábamos por paquetería. Los precios son más elevados cada día. Pero lo más increíble ha sido la parálisis del transporte. Nunca anduvo bien, pero al menos antes el gobierno esperaba que hicieras tu vida normal. Ahora cancelaron las actividades escolares y las asignaturas universitarias se darán remotamente”. Oliver tiene una familiar en el exterior, pero lo que este último puede enviar es muy limitado; “cada un par de meses nos ayuda en algo, cuando puede”.
Oliver se activa bastante cuando llegamos a la situación política, donde da rienda suelta a sus opiniones más vocales. Ante la pregunta sobre su visión del panorama político cubano, no duda. “Dividirlo en una pelea de izquierda y derecha me parece tan idiota que creo que cualquiera que siquiera mencione esas palabras en una discusión seria del tema debería ser obligado a vivir un año aquí”, sentencia. “Algunos intentan mencionar a presidentes de otros países para minimizar nuestra situación o decir que no estamos tan mal. Lo cierto es que estamos tan mal que la mayoría de los latinos no pueden entender nuestra situación”.
Para Oliver es un alivio encontrar comprensión en personas de otros países con los que tiene contacto a través de sus redes. La irrupción masiva de la internet en Cuba en 2018 anuló el monopolio totalitario que el régimen tenía de la información. A esto se sumó que el Estado lo hizo de relativamente fácil acceso y su generalización, a un nivel similar al de cualquier otro país de la región, fue meteórica. Con todas las restricciones que tiene y lo lento que es el servicio, hoy en Cuba es posible consumir o generar información que contraste la oficial con una rapidez similar a la de cualquier otro país. Los jóvenes cubanos pudieron contactarse con jóvenes de cualquier otra parte del mundo e intercambiar información luego de décadas de silencio. El principal vínculo de Oliver es con la gente de Venezuela, donde traza varios paralelismos.
“Siento que son los únicos que nos entienden porque saben que vivimos algo similar a su crisis de 2017, pero permanente”, explica. “El resto del mundo nos ve más como un peón político que como un país o población. Todos los cubanos sin importar su opinión somos deshumanizados. No somos personas. Sólo somos la representación viva del comunismo en Latinoamérica. Si Cuba cae, el comunismo cae, eso es todo lo que le importa al resto del mundo. No ven a la gente hambrienta ni a los políticos corruptos. Sólo ven una posibilidad de ‘joder al capitalismo’ o ‘demostrar que el comunismo no funciona’. No nos ven como personas.”
Aunque considera que la solidaridad de las derechas con el pueblo cubano “se siente superficial”, considera que la mayor deshumanización la viven de parte de las izquierdas.
“Nada te cambia más la percepción que ser una persona trans y pobre pidiendo ayuda para tu país en redes y que venga alguien autoproclamado ‘luchador por los derechos humanos’ o ‘de los derechos LGBT’ desde un apartamento en Nueva York a acusarte de ser un agente de la CIA y recitarte consignas de Fidel, el Che y la Revolución”, declara. “Ellos no entienden que para el cubano promedio poder discutir sobre si tal presidente es de izquierda o derecha es un privilegio”.
Cuando se le pregunta sobre cómo ve el debate del tema Cuba en el exterior, Oliver explica: “Amo las opiniones que ponen los venezolanos y los argentinos. Siento que son de los que más nos entienden. El resto me genera taquicardia de pura rabia. Hay gente que simplemente no parece entender el significado del concepto de morirse de hambre”.
Curiosamente, a pesar de la situación que califica de invivible y del panorama cada vez más desolador, Oliver es muchísimo más optimista con respecto al futuro político: “Las opiniones políticas de mis propios compatriotas se me hacen muy interesantes de leer, incluso las que parecen tontas. La gente de esta isla aprende muy rápido y se aferran a ideales muy fuertes. A veces quisiera que dejaran de hablar de temas estúpidos y superficiales, o que superen su obsesión con Estados Unidos. Pero también entiendo que por primera vez en décadas estamos formándonos una identidad política como país y como individuos. Sentir que al fin podemos ser personas con opiniones y no sólo las abejitas trabajadoras del Partido Comunista, eso me hace muy feliz”.
Sobre cómo quisiera que el tema se tratara en el exterior, Oliver lamenta ver cómo los posts de las organizaciones y grupos políticos que defienden al régimen cubano desde el exterior reciben mucha más visibilidad que los posts de cubanos expresando sus demandas o contando sobre sus penurias: “Desearía que el Internet priorizara amplificar las voces de cubanos que viven en Cuba, o que como mínimo nacieron en Cuba por encima del resto. Nadie debería tener más derecho a hablar de nosotros que nosotros mismos.”
El campo abierto, donde gobierna el terror
Finalmente, estamos ante el abismo final del panorama cubano, las áreas rurales. Más allá de los cortes de energía más prolongados — pues existen pueblos que pueden pasar días enteros sin que llegue la corriente— y la escasez de casi cualquier servicio básico concebible, el campo cubano se diferencia de los anteriores casos por la represión. El Estado ha abandonado por completo a los pueblos y regiones agrarias, pero eso no le impide someterlas al expolio económico, el acoso y la intimidación permanente por servicios de vigilancia que, en comunidades muy pequeñas y donde todo se conocen, conserva la misma fuerza que en las ciudades ha perdido. En las ciudades cubanas es ya posible hacer protestas o escabullirse de la persecución policial. En el campo eso aún es inimaginable.
“En los campos es mucho más común el chivaterismo, los jefes de sectores y los delegados municipales se dedican a intimidar a la gente”, comenta Ángel*, un joven oriundo de Constancia, municipio de Abreus, en la provincia de Cienfuegos. Ángel emigró a Uruguay hace dos años y tuvo que dejar a sus padres allí. Viene de una familia de guajiros, como se conoce a los cubanos residentes del campo. “La represión es más severa porque todos se conocen. Eso hace que las mayores concentraciones o protestas disidentes ocurran en las ciudades. Los campos suelen ser más ‘sometidos’ al miedo. Recuerdo que una vez hubo una pequeña concentración de cacerolazos en Rosalía, un reparto de mi pueblo, por los apagones. Mucha gente salió a la calle con cacerolas y bocinas. Al día siguiente fueron a buscarlos y se los llevaron, uno por uno, a todos. Algunos están presos, otros fueron obligados a retractarse públicamente”.
Esta mayor presencia del régimen se traduce en una tranquilidad forzada, pero las condiciones de vida son mucho peores.
“En el campo suele haber solo dos horas de electricidad al día, desde hace meses, a veces menos” explica Ángel. “Cuando se va la electricidad todo se queda a oscuras, se apaga internet, señal móvil y telefonía fija. Mis padres quedan completamente incomunicados, y como ellos todo el campo”. Pero lo peor suele ser la escasez de comida: “con apagones de treinta horas, incluso más, por pequeños momentos de electricidad, lo poco que tengan de comer se les echa a perder. Imagina cómo será esa situación para los ancianos o los que no tienen alguien que los ayude desde el exterior”.
Durante las conversaciones, Ángel no duda en denostar al régimen como el principal responsable de la crisis que vive su país. Sin embargo, cuando se le pregunta por política, decide aprovechar para apuntar al activismo opositor: “En estos setenta años no hemos sido libres, aunque tampoco hemos sido unidos”, comenta. “Creo que la oposición debe dejar las divisiones por liderazgos o diferencias inútiles. La dictadura siempre se ha aprovechado de la desaparición de la oposición. Se ha eliminado a posibles líderes, pero desde el activismo no colaboran a unirse. Los cubanos tenemos la responsabilidad de unirnos bajo la idea de liberar al país, sino será imposible alcanzar el objetivo y eso lo saben muy bien en el Palacio de la Revolución”.
La principal preocupación para Ángel, aunque él y su hermano gemelo ya no están en Cuba, siguen siendo sus padres.
“Por un lado está la escasez de todo, pero por el otro también está el miedo porque quedan desconectados de todo por horas o incluso días”, finaliza. “Mi madre para poder hablarme sale del pueblo, va al punto más alto y fuerza la conexión de su teléfono a 4G para que le salgan los dos mensajes de siempre que escribe desde antes:
‘Estamos bien niños, no hay corriente desde hace dos días’.
‘Los quiero mucho, estamos bien’.
Hay días donde la única noticia que tengo de ellos son esos dos mensajes”.
A modo de epílogo
Cuba no es un país normal, pero es un país real.
Cerrar un tema tan complejo con una frase tan simple no es más que el resumen de las tristes complejidades que envuelven al tema cubano. Las agencias de turismo venden un “país detenido en el tiempo” como algo mágico para ver, así no sea mágico para vivir. Los panfletos de la izquierda venden un “paraíso socialista”, que directamente no existe, y un paradigma de “resistencia contra el imperio” que no se condice con la realidad de que siete décadas de estéril resistencia no se traducen en ninguna mejoría real para su población.
El castrismo es un régimen que, mientras clama una retórica de soberanía nacional, ha sobrevivido dos tercios de siglo ahogando la opinión de sus ciudadanos y dependiendo del apoyo de un patrocinador global hostil a Estados Unidos. Mientras tanto, algunas de las voces más brillantes de la academia en ciencias sociales, algunos de los activistas de derechos humanos más prestigiosos del mundo, algunos de los periodistas más afilados y críticos contra regímenes autoritarios, aceptan agachar la cabeza ante una oligarquía militar rancia y atrincherada por motivos ideológicos o simbólicos.
Achacar permanentemente la responsabilidad de la situación de Cuba a las sanciones externas es pasar por alto la responsabilidad primaria del Estado cubano: velar por el bienestar y la seguridad de sus ciudadanos. Quitarle responsabilidad a una dictadura añeja que no goza de legitimidad sólo contribuye a seguir deshumanizando al pueblo cubano. Seguirlos viendo como si fueran una idea o un mito, en vez de personas.
Pero Cuba es un país real, con gente real viviendo en él. Gente que merece ser escuchada. Gente que merece elegir libremente a su propio gobierno. Gente que, consciente o inconscientemente, sigue de a poco, citando directamente a una anciana manifestante del 11 de julio, quitándose el ropaje del silencio.
*Los nombres fueron modificados para preservar la identidad

Muy claro desarrollo del vivir diario del pueblo cubano. Centrando al ser humano y sus necesidades en el centro de toda discusión.