Enemigos y Adversarios. Fuente IA.

Por: Andrés Felipe Muñoz.

Colombia se aproxima al 31 de mayo con la urgencia de quien sabe que algo fundamental está en juego, pero no siempre sabe exactamente qué. Este proceso electoral se ha caracterizado por un clima de intensa polarización, alimentado por debates sobre la reforma a la salud, la creación de una asamblea nacional constituyente, el magnicidio de un precandidato a la presidencia del país, solo por mencionar algunos sucesos. En ese clima enrarecido, vale la pena detenerse y preguntarse: ¿qué tipo de conflicto es este que nos divide? ¿Qué nos haría falta para que ese conflicto, en vez de destruirnos, nos constituyera como comunidad política?

La filósofa belga Chantal Mouffe ofrece una distinción que resulta inquietantemente útil para leer el momento colombiano. En su teoría del pluralismo agonístico, Mouffe (1999) diferencia entre dos formas de relación: el antagonismo y el agonismo. La primera se da entre enemigos: aquellos que se niegan mutuamente la legitimidad, cuya existencia política es una amenaza para la del otro. La segunda acontece entre adversarios: actores que comparten un espacio democrático común, que se enfrentan apasionadamente, pero que reconocen al otro como parte legítima del juego. La democracia saludable no elimina el conflicto —eso sería una utopía peligrosa—, sino que lo transforma: convierte enemigos en adversarios.

Las consultas del 8 de marzo dejaron ver con nitidez el mapa del conflicto. Por un lado, Paloma Valencia consolidó a la derecha, que con la adhesión de Juan Daniel Oviedo intenta posicionarse como una “alternativa” que supera la polarización entre uribismo y petrismo; por otro lado, Iván Cepeda no participó directamente, no obstante, su partido político en materia de elecciones legislativas tuvo un buen resultado al obtener un número considerable de escaños en el congreso. Dos realidades políticas, pero una sola lógica dominante: la de la enemistad. 

Mouffe nos advertiría que esto no es un exceso pasional que deba corregirse con más racionalidad o más tecnócratas independientes. El problema no es que haya pasión en la política colombiana —la pasión es constitutiva de lo político—. El problema es que esa pasión se ha anclado en el antagonismo puro, donde el horizonte no es ganar una elección sino aniquilar simbólicamente al otro. Y cuando el adversario se convierte en enemigo, la derrota electoral deja de ser un resultado legítimo y se convierte en una catástrofe.

¿Qué condiciones permiten ese deslizamiento hacia el antagonismo? Mouffe (2007) señala que ocurre cuando las instituciones dejan de ofrecer canales reales para que los conflictos se expresen y procesen. Pero en Colombia, el antagonismo no es un accidente reciente ni una simple consecuencia de las redes sociales. Tiene raíces más profundas: forma parte de una cultura política históricamente atravesada por la violencia. Desde el periodo conocido como La Violencia hasta el prolongado conflicto armado colombiano, el desacuerdo político ha sido narrado como una confrontación entre enemigos irreconciliables, no entre adversarios legítimos.

En ese contexto, la distinción de ambos términos adquiere un peso particular: en Colombia, el antagonismo no solo es retórico, sino que ha tenido consecuencias materiales. Aquí, históricamente, el enemigo político no ha sido simplemente alguien a quien derrotar en las urnas, sino alguien que podía ser eliminado del escenario político —simbólica o físicamente—. Esa memoria no desaparece: se recicla, se adapta, se insinúa en los lenguajes actuales.

Por eso, cuando en el debate contemporáneo se acusa al contradictor de ser “castro-chavista” o “paramilitar”, no se trata únicamente de exageraciones discursivas. Son etiquetas que remiten a violencias reales, a miedos sedimentados, a experiencias colectivas donde la política sí fue una cuestión de vida o muerte. 

La salida que propone el agonismo no es la reconciliación ingenua, ese llamado vacío a «estar todos juntos». Es algo más difícil: aprender a “odiar” las ideas del otro sin querer borrarlo de la escena. Implica reconocer que quien vota diferente no es un imbécil o un cómplice del mal, sino alguien que tiene una lectura distinta —y quizás legítima— de los mismos problemas. 

Ese es el umbral que Mouffe nos plantea. No el fin del conflicto, sino su transformación. No la paz de los cementerios democráticos, sino el ruido vivo de quienes se reconocen como adversarios dentro de un proyecto compartido llamado república. Colombia no necesita menos pasión política. Necesita pasión sin odio existencial. Necesita agonismo. 

Bibliografía: 

El Espectador. (2026, marzo–abril). Cobertura del proceso electoral presidencial. (artículos específicos según fecha de consulta)

El Tiempo. (2026, marzo–abril). Cobertura del proceso electoral presidencial. (artículos específicos según fecha de consulta)

Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.

Mouffe, C. (1999). El retorno de lo político: Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Paidós.

Mouffe, C. (2003). La paradoja democrática. Gedisa.

Mouffe, C. (2007). En torno a lo político. Fondo de Cultura Económica.

Mouffe, C. (2014). Agonística: Pensar el mundo políticamente. Fondo de Cultura Económica.

Rancière, J. (1996). El desacuerdo: Política y filosofía. Nueva Visión.

Registraduría Nacional del Estado Civil. (2026). Resultados consultas interpartidistas 8 de marzo de 2026. https://www.registraduria.gov.co

Schmitt, C. (1998). El concepto de lo político. Alianza Editorial.

Sobre el autor…

Andrés Felipe Muñoz Muñoz es politólogo y cientista social. Cree, al igual que Huxley, que hay que ser un poco más amable, incluso cuando se analiza lo que nos divide.

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