
Philippe Ariès, historiador francés clave en la historia del siglo XX, fue uno de los autores que abordó con profundidad el tema de la muerte. En su obra Morir en occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días analiza con rigor histórico los avatares que rodean a la muerte desde el periodo medieval. En este escrito pretendo abordar cuatro ejes temáticos en torno a las conferencias del autor: la muerte domesticada, la muerte propia, la muerte del otro y finalmente la muerte prohibida. El autor en su narración navega y se desliza de manera brillante en sus apreciaciones sobre la muerte, los ritos, los mitos y las creencias, desde el siglo XI hasta el siglo XX.
Empecemos analizando la primera conferencia: La muerte domesticada. En esta conferencia el autor dice que las actitudes ante la muerte parecen permanecer inmóviles. Incluso, se refiere a estas actitudes como acrónicas, es decir, sin muchos cambios visibles, pero esta primera muerte, denominada domesticada, se ubica en la sincronía, y cubre una larga serie de siglos. Esta conferencia la introduce haciendo referencia a cómo morían los caballeros de los cantares de gesta o de las antiguas sagas medievales, y de entrada manifiestan que tenían tiempo para saber que iban a morir, es decir, estaban advertidos sobre su propia muerte. Caso similar ocurría con lo que denomina la muerte terrible: la peste o la muerte súbita.
La ocurrencia de la muerte estaba rodeada de signos naturales, o se debía a una convicción profunda, pero no la circundaba la certeza de la premonición sobrenatural o mágica. El autor nos dice que se pasaba al otro mundo con mucha practicidad y sencillez, detectando e interpretando las señales del final, lo que no quiere decir que las personas tenían prisa o urgencia por morir. El siguiente relato dibuja esta tesis: “Sabiendo que se aproximaba su fin, el moribundo tomaba sus recaudos. Y todo habría que hacerse con sencillez, como entre los Pouget o los mujiks de Tolstoi” (Ariès, 2008, pág. 23). “El moribundo —dice el obispo Guillaume Durand de Mende— debe estar acostado sobre la espalda, para que su cara siempre mire al cielo… no es la misma actitud que la de los judíos… para morir se volvían hacia la pared” (Ariès ,2008, pág. 24).
El moribundo se disponía a la realización de los actos de las ceremonias tradicionales. Aquel lamentaba el hecho de dejar la vida, con tristeza, pero con gran discreción, luego de ese lamento, pedía el perdón de los asistentes, que se encontraban rodeando el lecho de muerte. Aquí se celebra una oración que tenía dos partes: la culpa, donde ruega que se le perdonen los pecados; mientras que la segunda parte hacía referencia a lo que los franceses de los siglos XVI al XVIII denominaron recommendances, es decir, la absolución.
Podemos concluir por qué el autor llama a esta muerte domesticada. Lo primero que se observa es que se espera la muerte en el lecho o en el campo de batalla; lo segundo es que la muerte es una ceremonia planeada, pública, y organizada por el propio moribundo, quien conoce su protocolo; lo tercero muestra cómo la habitación del moribundo se convierte en un sitio público al que asisten médicos, parientes, amigos, vecinos, y niños. Por último, Ariès llama la atención en cómo eran los ritos de muerte; que eran aceptados sin dramatismos ni emociones excesivas.
Es importante también destacar la familiaridad en la coexistencia de los vivos y los muertos. Así se murió durante siglos o milenios, con naturalidad, con cercanía y atenuando las emociones excesivas, algo que dista mucho a la condición actual, donde la muerte es la “innombrable”.
Ahora, entremos en la segunda conferencia, la muerte propia, donde la naturalidad de la muerte domesticada es parcialmente alterada durante la baja Edad Media (siglos XI y XII). El autor expresa que hay una serie modificaciones sutiles que tiñen a la muerte de un sentido dramático y personal. Esa familiaridad de la muerte domesticada significaba una comprensión colectiva del destino y, al mismo tiempo, dejaba ver una aceptación ingenua del orden de la naturaleza. Asimismo, esta era aceptaba con la dosis de solemnidad que acarrea la asunción de cada distinta etapa de la vida. Por último, la mencionada muerte propia comprende una serie de fenómenos nuevos en los que, como rasgo particular, resalta una genuina preocupación por la particularidad del individuo.
Esta preocupación se encuentra reflejada en los siguientes fenómenos: la representación del juicio final, el desplazamiento de ese juicio al final de cada vida, el momento puntual de la muerte, los temas macabros, el interés por las imágenes del cuerpo en descomposición física, el retorno al epígrafe funerario y la personalización de las sepulturas. Analicemos algunos de estos fenómenos: la idea del juicio final representa un tribunal de justicia donde se juzga a los hombres según el balance de su vida, buenas y malas acciones se separan en el plato de la balanza. Sobra decir que dicho juicio final está ligado a la biografía individual.
El juicio final se desplaza a la habitación del moribundo, y se agrega un espectáculo que solo ve quien se encuentra pronto a fallecer. Seres sobrenaturales se sitúan en la cabecera del lecho del yaciente: la trinidad, la virgen y la corte celestial., y por otro lado satán y el ejército de demonios monstruosos. Esta escena representa la lucha cósmica entre el bien y el mal que se disputa la posesión del moribundo. Encuentra el autor dos conclusiones importantes: en la muerte domesticada, la muerte transcurría en el lecho como un acto tranquilo y apaciguador, el destino particular del moribundo no era algo que inquietara, pero en la muerte propia hay una estrecha relación entre final y la biografía particular de cada individuo. Esta relación se acentúa en los siglos XIV y XV, y persiste hasta el siglo XIX, donde la muerte adoptó en el lecho un carácter dramático y una carga emocional que antes no existía.
Durante estos siglos, hubo una resignificación del hecho de la descomposición del cadáver y sus implicaciones sociales. El fenómeno de la descomposición del cadáver causa horror, pero este horror no se ubica solamente en la descomposición post mortem, sino en la intra vitam, es decir, en la enfermedad y también la vejez. Esta descomposición se aprecia como señal de fracaso, y esto es sin duda lo macabro, como fenómeno nuevo y original: “La muerte se convirtió en el sitio donde el hombre adquirió mayor conciencia de sí mismo” (Ariès ,2008, pág. 47). Concluye el autor, que, al promediar la Edad Media, el hombre de occidente rico y poderoso se reconoce a sí mismo en su muerte, es decir, ha descubierto la muerte propia.
Analicemos lo que caracteriza la tercera conferencia, La muerte del otro. A partir del siglo XVIII, el hombre occidental le da un nuevo sentido a la muerte al no sentirse tan preocupado por su propia muerte, sino por la muerte del otro, cuyo lamento inspira en los siglos XIX y XX un nuevo culto: el de las tumbas en los cementerios. Desde el siglo XVI, la muerte adquiere un sentido erótico. Esto se evidencia en la iconografía de los siglos XVI y XVIII, que asocia la muerte con el amor, Tánatos y Emediaros. Al igual que el acto sexual, la muerte se considera como un acto de transgresión, de ruptura. Esta idea es totalmente nueva, y marcará la visión sobre el cese de la vida hasta el siglo XX.
Hacia finales del siglo XVIII, se inserta un gran cambio que se aprecia en la relación entre el moribundo y su familia: la muerte solo concernía al que la enfrentaba y expresaba su voluntad en el testamento. Ahora bien, a mediados del siglo XVIII ocurre un cambio notable en la redacción de los testamentos: desaparecen las cláusulas piadosas, la elección de la sepultura y la escogencia de los servicios religiosos. En últimas, este queda reducido a lo que es hoy: “un acto legal de la distribución de la fortuna” (Ariès ,2008, pág. 59).
Otro cambio sustancial se expresa en la actitud de los asistentes: el duelo excesivo de la Edad Media se ritualizó al punto de obligar a la familia a manifestar un dolor que no siempre sentían durante cierto tiempo. Luego, el duelo y su vivencia se prestaron a exageraciones durante el siglo XIX. La muerte temida ya no es la muerte propia, sino la muerte del otro: “la muerte tuya” (Ariès ,2008, pág. 62). Aquí se evidencia una línea de ruptura que aparece a mediados del siglo XX: La gran negación de la muerte.
Para finalizar este escrito, presento la cuarta y última conferencia, la muerte prohibida, donde el autor destaca que nunca antes en la historia de la humanidad hemos presenciado una revolución tan brutal de los sentimientos y las ideas tradicionales. Y es que la muerte de antes, familiar y presente, se oculta y se vuelve vergonzosa y objeto de censura. En la segunda mitad del siglo XIX, al moribundo se le protege y se le oculta la gravedad de su estado. De allí que decir la verdad sea motivo de controversia y la mentira surja del deseo de proteger al moribundo de la cruel verdad de su deceso. En la modernidad aparece un sentimiento diferente: el de evitar a la sociedad y al entorno, pues la muerte genera malestar en medio de la felicidad de la vida.
Entre 1930 y 1950, hay un desplazamiento del lugar de la muerte, ya no se muere en la casa, rodeado de los familiares, sino que se muere en el hospital y en soledad. En el hospital se brindan los cuidados que no se pueden proporcionar en casa. Incluso, hay quienes piensan en determinadores hospitales como lugares privilegiados para morir. La muerte en el hospital deja de ser la ceremonia que antaño el mismo moribundo presidía, ahora es una cuestión técnica que se logra a través de la suspensión de los cuidados, por decisión del médico y del equipo hospitalario, cuando en muchos de los casos el moribundo ya ha perdido la conciencia.
La muerte en la modernidad se desintegra y se fragmenta en una serie de etapas, sin tener la certeza de cuál es la muerte verdadera. ¿La de la pérdida de la conciencia, o la de la expiración del último aliento? A partir de finales del siglo XVIII, existe un desplazamiento emocional del moribundo hacia su familia. En la actualidad, esa iniciativa pasó de la familia al médico y al equipo hospitalario, convirtiéndose estos actores en lo que el Ariès llama “los amos de la muerte” (Ariès ,2008, pág. 75). El acento está puesto en la muerte aceptable, la que puede ser aceptada por los sobrevivientes, donde no se desencadenen emociones fuertes. Estas deben ser evitadas dentro del hospital y ojalá en todos los lugares, pues el desborde emocional solo debe ocurrir en privado y a escondidas.
Asimismo, las ceremonias y los rituales deben ser discretos y las emociones asociadas al duelo son rechazadas. Hay quienes incluso consideran que una pena muy visible es repugnante, señal de desarreglo mental o de mala educación: el duelo solitario es el único recurso que queda. Este se ha convertido en un estado mórbido que se debe controlar, abreviar y ojalá borrar.
Nota del director: Una versión anterior de este artículo se publicó primero en Continuo Educación. Pueden saber más del tema aquí.
Referencias
Ariès, P. (2008). Morir en occidente. Desde la edad media hasta nuestros días. Buenos Aires, Argentina: Adriana Hidalgo Editora.
