
Por: Catalina Artunduaga Sarmiento.
Nota del director: Esta columna obtuvo el segundo lugar en la III Convocatoria de Mujeres columnistas de nuestro medio de comunicación. Se publica sin ningún cambio, tal cual se presentó.
Hay dolores que no se ven. Y hay otros que, incluso cuando se nombran, nadie quiere reconocer como insoportables.
En Colombia, el derecho a morir dignamente ha avanzado de forma progresiva en las últimas décadas, especialmente en casos de enfermedad física. Sin embargo, un caso reciente, el de una psicóloga que ha solicitado el suicidio asistido debido a una condición crónica de salud mental, ha reabierto una discusión que el país aún parece evitar.
No se trata únicamente de un debate clínico o jurídico. Este caso pone en evidencia algo más incómodo: la dificultad de reconocer ciertos tipos de sufrimiento como legítimos, especialmente cuando no son visibles o no encajan en los marcos del modelo médico tradicional. ¿Qué dice esto sobre cómo entendemos el dolor?
La reacción pública no es menor. En redes sociales circularon mensajes que, desde una lógica de salvación, ofrecían ayuda individual como si el problema fuera resoluble con voluntad o acompañamiento inmediato. Otros apelaban a respuestas religiosas, sugiriendo que el sufrimiento era, en última instancia, una cuestión de fe.
Entre ambos extremos, el rescate individual y la redención moral, aparece un patrón: la dificultad de aceptar que hay dolores que no pueden resolverse desde afuera ni simplificarse en narrativas de superación.
Aunque la eutanasia es legal en Colombia bajo ciertas condiciones desde la sentencia C-239 de 1997, su aplicación en casos de salud mental sigue siendo excepcional y profundamente controvertida. Parte de esa controversia responde a preguntas necesarias sobre la autonomía, la capacidad de decisión y las posibilidades de tratamiento. Pero también revela algo menos evidente: una jerarquía del dolor en la que el sufrimiento físico resulta más fácil de validar que el psíquico.
Esta diferencia no es menor. En Colombia, cerca del 40% de las personas ha experimentado algún trastorno mental a lo largo de su vida, según la Encuesta Nacional de Salud Mental (2015), mientras que el acceso a atención sigue enfrentando barreras estructurales como tiempos de espera prolongados, tratamientos discontinuos y falta de acompañamiento integral.
En ese contexto, el reconocimiento del sufrimiento psíquico sigue siendo parcial. Se habla cada vez más de salud mental, pero ese reconocimiento suele quedarse en el terreno del acompañamiento o la prevención, no en el de la autonomía sobre el propio dolor. Es decir: aceptamos que el sufrimiento mental existe, pero no necesariamente que pueda ser, en algunos casos, insoportable.
El contraste con otros países hace más visible esta tensión. En lugares como Países Bajos o Suiza, tras años de debate y regulación, existen marcos en los que las solicitudes de eutanasia por sufrimiento mental pueden ser evaluadas bajo criterios estrictos. La distancia con Colombia no es solo normativa, sino cultural: implica formas distintas de entender la autonomía, el sufrimiento y el papel del Estado.
Algunos enfoques contemporáneos ayudan a complejizar esta discusión. Los feminismos de la discapacidad y los estudios críticos en salud mental han insistido en que no todo sufrimiento puede, ni debe, leerse únicamente desde la lógica de la corrección o la cura.
Pensadoras como Audre Lorde han planteado que el dolor no siempre es un problema a erradicar, sino una experiencia que también revela las condiciones que lo producen. Patricia Hill Collins ha mostrado cómo las experiencias individuales están atravesadas por estructuras de poder más amplias.
Estas perspectivas cuestionan una idea profundamente arraigada: que la vida, en cualquier condición, es necesariamente preferible a la muerte. También evidencian cómo ciertas formas de dolor quedan atrapadas entre la medicalización y la negación.
En ese sentido, el problema no es solo clínico. Es también político: ¿quién decide qué vidas son vivibles y bajo qué condiciones? ¿Quién define cuándo el dolor debe ser resistido y cuándo puede ser reconocido en su límite?
Parte de la incomodidad frente a estas decisiones responde a los marcos culturales que habitamos. En sociedades como la colombiana, atravesadas por tradiciones morales de raíz judeocristiana, la vida suele pensarse como un valor absoluto, incluso por encima de las condiciones en las que se vive.
Sin embargo, reducir el debate a una oposición entre ciencia y religión sería insuficiente. Lo que está en juego es más complejo: la desconfianza frente a la salud mental, la idea de que el sufrimiento debe superarse y la dificultad para aceptar decisiones que no encajan en narrativas de recuperación.
Hay, además, una paradoja difícil de ignorar. Vivimos en un momento en el que se insiste —con razón— en la importancia de hablar de salud mental, de nombrar el dolor y de buscar ayuda. Pero ese mismo discurso parece tener un límite. Cuando el sufrimiento no mejora, cuando no responde a las intervenciones disponibles, deja de ser comprendido y empieza a ser cuestionado.
En ese punto, el problema ya no es solo el dolor, sino la incomodidad que genera su persistencia. Como si reconocer el sufrimiento fuera válido únicamente bajo la condición de que, tarde o temprano, desaparezca. Cualquier discusión sobre estos temas exige reconocer que no se trata de decisiones aisladas.
El sufrimiento no ocurre en el vacío, y las decisiones sobre el final de la vida atraviesan vínculos y comunidades. Por ello, abordar estos casos implica una responsabilidad ética: evitar simplificaciones o juicios apresurados.
Este no es un debate fácil. Tampoco es un llamado a tomar posiciones apresuradas. Pero sí es una invitación a revisar desde dónde estamos pensando el sufrimiento y sus límites. Tal vez la pregunta no sea únicamente si estamos de acuerdo o no con el suicidio asistido en contextos de salud mental. Tal vez la pregunta sea si estamos dispuestos a aceptar que hay dolores que no logramos comprender del todo.
Y que, precisamente por eso, alguien, no siempre nosotros, tendrá que decidir cuándo basta.
Sobre la autora

Vilma Catalina es psicóloga y especialista en estudios feministas y de género de la Universidad Nacional de Colombia. Escritora e investigadora interesada en las relaciones entre salud mental, poder y cultura. Su trabajo explora los límites del dolor, la autonomía y sus implicaciones sociales en contextos contemporáneos.
