
En un par de meses cumpliré treinta años. Ya me acostumbré a las bromas sobre alcanzar esa edad: el comentario sobre el “tercer piso”, los chistes sobre dolores en las rodillas o las comparaciones con los veinteañeros que salen de fiesta y no les da guayabo. No me hacen tanta gracia, porque no me siento viejo, no me preocupa tanto que me dé resaca y, sobre todo, no me importa el hecho de cumplir treinta más que cualquier otro cumpleaños.
Entiendo que esos chistes existen porque, en el imaginario colectivo, cumplir treinta se asocia con una nueva etapa de la adultez. Antes de eso hay una década de diversión en la que uno tiene la energía de un adolescente, pero con la ventaja de tener cédula. Pero pareciera que a partir de los treinta algo se rompe y ya solo cabe esperar responsabilidades, burocracia, problemas y calvicie. Sin embargo, las presiones de la “vida adulta” y del mundo laboral no son tan recientes para mí como quisiera, así que no las siento como algo más apremiante que antes. Llevar cuentas, pagar recibos y “hacer vueltas” son cosas que aprendí hace cierto tiempo. Pero mi idea de la adultez no es tanto el hecho de saber todas esas cosas y hacerlas regularmente, sino la consciencia de mi propia ignorancia: en medio de la cotidianidad de pagar recibos y hacer las tareas domésticas, lo más habitual es que me percate de lo que no sé hacer o de aquello en lo que no soy hábil. Podría decir que para mí la adultez, independientemente de la edad que se tenga, consiste en entender que la vida es un flujo de contingencias que intentamos controlar mediante regularidades artificiales; o para decirlo menos enredado, que, por más que queramos predecirlo todo, día tras día nos tendremos que enfrentar a lo imprevisto y lo desconocido, es decir, a nuestra propia incapacidad.
Llegué a esa idea a través de experiencias más o menos banales, como chocarme con el tráfico infernal de Bogotá o quedarme sin dinero en la cuenta faltando una semana para el pago de la nómina. Esos incidentes me enseñaron que ya no podía llamar a mi mamá y esperar a que ella me resolviera todos los problemas (aunque todavía lo hago). Gracias a ellos entendí que tenía que aprender a adaptarme a las circunstancias y a encontrar estrategias para actuar en situaciones similares. Una vez acepté eso, me sentí un adulto: no era algo muy especial, sino algo relativo a la capacidad de respuesta ante lo accidental. Cuando vemos una persona inmadura, que se comporta como niño, típicamente es porque no sabe reaccionar a lo imprevisto, por lo cual recurre a estrategias infantiles.
Dada esa imagen de la adultez, la edad se convirtió para mí en algo irrelevante. El treinta no me parecía un número especial en ningún sentido. Era tan arbitrario como cualquier otro. No le había dado ninguna connotación a culminar esta década de mi vida hasta hace poco. No es que algo me haya hecho cambiar de parecer y aceptar esa sensación impostada de vejez. Habría querido que fuera así. Ahora bien, lo que llegó con los treinta fue el encuentro directo y repentino con la muerte.
No quiero detenerme mucho en el detalle, precisamente porque la muerte y el duelo empujan a la discreción y al silencio. Por más que el consejo terapéutico por defecto sea hablar sobre lo que duele, prefiero guardar silencio frente a la muerte y dejar que la pena esté ahí, sin que nadie más la conozca. Quizá peque de conservador, pero hay dolores y tristezas que deben permanecer en privado. Solo puedo decir que la muerte supo encontrarme de varias formas: como la metáfora demasiado real de un amor que muere y al que hay que hacerle duelo; me sorprendió una mañana en la que me disponía a tener un día normal y tuve que aceptar que no volvería a ver a mi papá; me alcanzó de nuevo a la distancia, cuando tuve que abrazar a un amigo que no veía hace años, no por la alegría de verlo, sino para reconfortarlo en la puerta de una iglesia; me acompaña todos los días como un pensamiento inevitable.
No he llorado tanto por esta cercanía repentina por la muerte. Creo que con los años me he endurecido. Algún tiempo atrás me dije que no podía llorar demasiado, que el dolor no podía desgarrarme, que no podía gritar de rabia o de tristeza. Puede que haya sido un error a los ojos de quienes han asumido como un imperativo incontestable manifestar las emociones y experimentarlas con toda la intensidad posible, pero yo estoy en paz con eso. No es diferente con la muerte. Pensar sobre la muerte me recordó un canto budista en el que un yogui expresa cómo quiere morir:
Sin que mis familiares conozcan mi felicidad,
sin que mis enemigos conozcan mi sufrimiento,
si muero en esta ermita de montaña,
las aspiraciones de este yogui se cumplirán.
Sin que mis amigos sepan que envejezco,
sin que mi hermana sepa que enfermo,
Sin que nadie sepa que he muerto,
sin que los pájaros vean mi cuerpo podrido,
si muero en esta ermita de montaña,
las aspiraciones de este yogui se cumplirán.
Si las abejas chupan mi carne putrefacta,
y los gusanos se comen mis venas y tendones, las aspiraciones de este yogui se cumplirán.
Sin gente alrededor de mi cadáver,
sin que nadie llore por mi muerte,
Sin que nadie pregunte dónde he ido,
sin que nadie diga que he llegado,
si muero en esta ermita de montaña,
las aspiraciones de este yogui se cumplirán.
Que en esta ermita en la montaña,
de esta región solitaria,
el deseo de muerte de este mendigo
se cumpla para el beneficio de todos los seres.
Así, mis deseos se verán satisfechos.
La cercanía a los treinta años me ha hecho volver a este canto una y otra vez. Tal vez sí lleguen los dolores, las resacas insoportables, la pérdida de pelo, los chistes malos. Pero llegará, sobre todo, la muerte. En realidad ya estaba ahí y yo no me había percatado; lo que hacía falta era que yo tomara consciencia plena de su presencia. Dicen que nunca se está preparado. Que hay muertes que nunca se superan. Yo no puedo decir nada al respecto porque apenas abrí los ojos ante ella. Este canto me acompañará cada vez que la recuerde.
