
Hace incontables tiempos, cayó la gran Ceiba y sus ramas y troncos formaron el río del Amazonas, desde ese entonces convivimos, la madre selva, el espíritu del agua y los hijos del pensamiento.
Somos Ticunas, Cocamas y Yaguas y contamos nuestra historia para no olvidar que todos somos un solo espíritu: Yacuruna, los hijos del río.
Leyenda de la Amazonía, grupo indígena Yacuruna
En este escrito partiremos de la obra cumbre de José Eustasio Rivera en sus cien años de publicación, así como de sus textos no publicados y recopilados por la profesora Hilda Pachón, además del estudio realizado sobre La Casa Arana por el grupo de investigación del canal Señal Colombia y el Libro Rojo del Putumayo.
Han pasado 100 años desde que la fiebre del caucho acabó con decenas de miles de indígenas en la zona de Chorrera, en el Amazonas colombiano. Los pueblos Huitoto, Muinane, Bora, Andoque, Ocaina, etc., sufrieron el yugo y fueron diezmados casi hasta su extinción por la sed del caucho.
Desde la segunda década del siglo XIX, las guerras de independencia acentuaron el aislamiento relativo de la Amazonía debido a los fracasos misioneros y la explotación de la quina. Esta situación de desconexión perdurará hasta mediados del siglo XX. En virtud del abandono temporal de la zona de la Amazonía por el gobierno colombiano, las empresas progresistas de la quina y el caucho se apropian y transforman el territorio sometiendo y explotando a la población indígena por medio de la labor misionera que más tarde desencadenaría en esclavitud.
El resultado de estos procesos “civilizadores” tuvo como consecuencia la extinción de gran parte de la población indígena en la Amazonía por razones varias: enfermedades, esclavización, violencia genocida, desplazamiento del territorio amazónico, entre otros.
La supuesta civilización que trajeron los productores del caucho no fue más que un vulgar mercantilismo que empezó con la explotación del caucho y luego se trasladará al hombre; como lo describe Rivera en La Vorágine:
Es un hecho que con lo segundo se realiza hoy un comercio de esclavitud, disfrazado pero real. Para demostrarlo, basta aludir a la manera como se hace el enganche: el patrón los adquiere adelantándole “chucherías” a cuenta de trabajo futuro, con recargos que a veces pasan de los quinientos porcientos, y luego los obligan a trabajar donde les parezca para resarcirse del desembolso cosa que no sale nunca, pues siempre tienen el cuidado que les estén debiendo. Otra forma de adquisición de personal consiste en el traspaso que un empresario hace a otro de sus trabajadores vendiéndole las cuentas de estos aumentadas con una prima más o menos considerable, y sin que los hombres objeto de este tráfico sean siquiera consultados previamente, ni conozcan las nuevas condiciones en que las adquiere el nuevo caucho.
En 1901, el comerciante peruano Julio César Arana entró en negocios con algunos caucheros colombianos de la Colonia Indiana La Chorrera para explotar el caucho. Arana había conocido años atrás el Putumayo, negociando y transportando el caucho hacía Iquitos y Manaos, los centros —como se dijo— de la economía gomífera en Perú y Brasil. Sin duda, esto le permitió hacerse una idea del potencial del Putumayo en el contexto de Amazonas y abrió su apetito por controlar la región.
La Casa Arana se construyó en el año 1903 sobre la base de compra de las instalaciones de La Chorrera, cuya zona se encontraba en disputa por derechos de soberanía, entre Colombia y Perú. En ese mundo irreal compartían hábitat los caucheros con “los muchachos”, jóvenes conversos en soldados cuyo combustible era el odio contra los indígenas a quienes debían obligar a trabajar: “hay que tener en presente que a la Tagua y a Curiplaya no han subido tropas de línea, sino caucheros de la casa Arana, provistos de carabinas winchester…”.
Allí se encontraban construcciones destinadas a la tortura, de las que eran victimas los indígenas si no cumplían la cantidad de caucho que les exigían. Dichas torturas podían ir desde latigazos; mutilaciones con un “cepo” (tronco en donde se amarraban de pies y manos); además de la muerte por inanición, insolación o incineración. Empleados y directivos de la Casa Arana negaron siempre la existencia de dichas torturas. Según su testimonio eran una comedia fraguada, una fantasía.
En la primera década del siglo XX, el diplomático británico Roger Casement fue comisionado para investigar las denuncias contra la Robber Peruvian Company, mejor conocida como la Casa Arana. Durante sus investigaciones, Julio Cesar Arana llegó a asegurar a Casement que cuando hablaban de conquistar a los indios se refería a “enamorar” o “comerciar, y no a un régimen de esclavitud. Aunque el enviado británico atestiguó sobre la violencia ejercida por las caucheras contra los indígenas, al término de la fiebre del producto gomífero el saldo era de múltiples comunidades indígenas diezmadas en las zonas anteriormente mencionadas.
Lo que inició como una fuente civilizadora desembocó en una terrible barbarie que todavía hoy muchos ignoran, pero que los descendientes de estos grupos étnicos no olvidan, porque llevan sus huellas en la sangre, su cultura y su historia: “Nos quisieron enseñar ser violentos, pero gracias a los abuelos tenemos, armonía, tranquilidad y colectividad”, dice un indígena de la cultura Yacuruna.
La civilización es, al igual que la barbarie, un tema que está sobre el tapiz de La Vorágine. La ambición del hombre civilizado hace de éste un ser que esclaviza y somete; a qué se podrá llamar en realidad civilización si los hechos por los cuales se ha servido el hombre en poco se diferencian de los empleados por la barbarie.
La apariencia del progreso se maquilla bajo el burdo disfraz de la explotación y el enganche; las promesas del avance y la vida moderna se desdibujan en los rostros de quienes creyeron en las promesas de vil enganchador. Un Barrera, un Arana, no son más que el adusto reflejo de la barbarie que se esconde tras las huellas de un supuesto plan civilizador que destruye a sangre y fuego los ideales del progreso y los sueños del hombre que creyó en las promesas de la civilización.
No obstante, el hombre civilizado es el paladín de la destrucción. Hay un valor magnífico en la epopeya de estos piratas que esclavizan a sus peones, explotan al indio y debaten contra la selva. Atropellados por la desdicha, desde el anonimato de las ciudades, se lanzaron a los desiertos buscándole un fin cualquiera a su vida estéril. Delirantes de paludismo, se despojaron de la conciencia, y, connaturalizados con cada riesgo, sin otras armas que el winchester y el machete, sufrieron las más atroces necesidades, anhelando goces y abundancias, al rigor de las intemperies, siempre famélicos y hasta desnudos porque las ropas se le podrían sobre la carne. Por fin, un día, en la peña de cualquier río, alzan una choza y se llaman “selva por enemigo, no saben a quién combatir, y se arremeten unos a otros y se matan y se sojuzgan en los intervalos de sus denuedos contra el bosque”.
Referencias
Pachón, H. (1991). José Eustasio Rivera intelectual‐textos y documentos 1912‐1928‐. Editorial Universidad Nacional. Bogotá.
Rivera, J. (1959). La Vorágine. Edición Biblioteca Ayacucho. Venezuela.
Centro Nacional de Memoria Histórica. (2014). Putumayo: La Vorágine de las caucherías. CNMH. Bogotá.
