
Cuarta parte: 50° aniversario de la muerte de Perón.
|Análisis| El 1 de julio de 1974 murió Juan Domingo Perón. No habían pasado ni nueve meses de su asunción presidencial. Cerraba un ciclo vertiginoso de apuestas perdidas, quedaba inconcluso un pacto social que contuviera el vertiginoso ciclo de crisis económicas y pacificara al país. Con su muerte no sólo se interrumpieron esos sueños y apuestas, sino que la Argentina pareció precipitarse a un caos del que el peronismo también era responsable.
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Este artículo es la cuarta de una saga conmemorando los cincuenta años de la muerte del mítico líder argentino. Las primeras entregas pueden leerse a continuación:
Primera parte: «A medio siglo del nacimiento de un mito»
Segunda parte: «Las épocas de la bonanza y el ocaso: Perón en el poder»
Tercera parte: «El exilio y el retorno: populismo a control remoto»
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El 20 de junio de 1973 Perón fue recibido con una masacre en inmediaciones al Aeropuerto Ministro Pistarini, mejor conocido como Ezeiza. Paradójicamente, esta vez la masacre se gestó en el seno del movimiento justicialista. Ese día de invierno se enfrentó la facción de ultraderecha liderada por el ex mayordomo y ministro José López Rega y las juventudes peronistas, cuya tendencia se inclinaba a las ideas de izquierda, en pleno vigor durante la Guerra Fría.
La masacre preludió un gobierno que navegaría aguas turbulentas. Tras dos apresurados cambios presidenciales orientados por Perón y unas elecciones donde se alzó sin ninguna dificultad con el triunfo, el General asumió un tercer mandato el 12 de octubre de ese mismo año aciago. La mayoría de analistas políticos coinciden en que nunca tuvo ningún político en la historia tantas condiciones favorables que precedieran su llegada al poder: por primera vez, sindicatos, empresarios, Estados Unidos y los partidos consideraban que nadie estaba más capacitado que Perón para conducir la política y poner fin al caos que se había gestado durante su peregrinaje y exilio.
El mismo Perón era consciente de ello y por eso impulsó el Pacto Social, un gran acuerdo económico y político que pretendía controlar la desbordada inflación a partir de un congelamiento, tanto del aumento de precios, como de los incrementos salariales. Sindicatos y empresarios cedían a sus intereses en pro de un pacto que pusiese fin a la movilización social que había hecho estallar el país en los años precedentes. En idéntica forma, el establecimiento consideraba que la amenaza de las guerrillas pro-peronistas desaparecía, puesto que el movimiento se había plegado al ala del líder y había ocupado carteras estratégicas del núcleo social con personas cercanas a la tendencia. Incluso, el veterano líder parecía haber controlado los conatos en las fuerzas con hombres respetuosos de la democracia; hasta el punto en que el ruido de sables que había golpeado al país desde la década de los treinta parecía haber cedido por fin.
El líder había cambiado. El Perón que retornaba se catalogó a sí mismo como “un león herbívoro”. Había un aire conciliatorio que se reflejaba en un gabinete heterogéneo que reunía a liberales, militantes de izquierda y radicales de derecha. Sin embargo, el gobierno era una bomba de tiempo. Tras la masacre de Ezeiza y el asesinato del líder sindical José Ignacio Rucci por parte de Montoneros (la guerrilla más cercana a los afectos peronistas que tanto había abogado por el retorno de Perón), el presidente se había inclinado a favor de contrarrestar con toda la fuerza a aquellos muchachos a los que había alentado un par de años antes desde su casa en Puerta de Hierro en Madrid. La desilusión se manifestaba en el ambiente y la división ya no solo se cocía al interior de la Casa Rosada, sino que se desplazaba nuevamente hacia la clandestinidad.
En la “trastienda” del gobierno surgía un nuevo actor, esta vez armado y violento. La Alianza Anticomunista Argentina (conocida por sus siglas como la Triple A) se gestó ante las mismas “barbas” de Perón, coordinada por el mismo ministro López Rega, quien aún vivía con la misma pareja presidencial en la Residencia Presidencial de Olivos). El modus operandi era sencillo: el reclutamiento de exmiembros de las fuerzas armadas y policiales, en ocasiones desvinculados de las fuerzas por faltas disciplinarias. La Triple A empezó un accionar en la clandestinidad con el objeto de infiltrar, amenazar, intimidar, secuestrar y en ocasiones asesinar a adversarios de izquierda, en no pocos casos de las entrañas del peronismo.

Las Fuerzas Armadas y la organización paramilitar Triple A no necesariamente actuaron coordinadamente. Menos aún en esos difíciles años de 1973 y 1974, pero sí es cierto que compartían adversario : el comunismo. El líder había cambiado, pero el mundo también. Resulta difícil explicar el tercer gobierno de Perón sin la Guerra Fría, los Acuerdos del Petróleo que golpearon a países como Argentina y la influencia norteamericana para controlar a ese enemigo interno que el Tío Sam había fabricado. Mientras fuerzas oficiales y paramilitares se peleaban el “control al comunismo”, el mismo peronismo, el partido clásicamente identificado con la izquierda, diseñaba y montaba el andamiaje jurídico que facilitaría la represión.
En 1974 el Pacto Social que había impulsado el ministro José Bel Gerbard empezó a hacer agua. Profundamente liberal, el ministro era cercano al sector industrial, al que no pocas veces parecía representar. Al mismo tiempo Gelbard era tolerado por los sindicatos, fuertemente odiado por los terratenientes (representados por la Sociedad Rural Argentina) y señalado por la izquierda peronista por sus ideas económicas. La única razón por la que el Pacto subsistía, por lo menos en el discurso, era la defensa acérrima que de él hacía el mismo Perón. Además, la inflación en el primer trimestre de 1974 descendió.
Pero el 1 de mayo, día internacional de los trabajadores, el hechizo que había cohesionado a tantos hombres y mujeres con sueños diferentes se quebró. En el habitual discurso desde el balcón de la Casa Rosada, mientras Perón se dirigía a las multitudes que abarrotaban la histórica Plaza de Mayo, las juventudes peronistas empezaron a corear: “¿Qué pasa General que está lleno de gorilas el gobierno popular?”, así como insultos a la primera dama, Isabelita, y al fiel ex mayordomo devenido en ministro de Bienestar Social. La respuesta de Perón quedaría registrada por las cámaras para la posteridad: la ruptura del movimiento peronista.
“Esos estúpidos que gritan”, las juventudes peronistas que habían tomado las armas y la movilización social para reclamar el regreso del exiliado expresidente populista se marchaban de la Plaza de Mayo y prácticamente del gobierno. Paradójicamente, una fecha y un lugar emblemáticos para el peronismo serían escenarios de una fractura que acompaña al justicialismo hasta el día de hoy.
Los primeros días de junio siguiente Perón viajó al Paraguay a un acto oficial presidido por el dictador Alfredo Stroessner, su primer anfitrión en el exilio. Cuando retornó a la Argentina, el fin se había desencadenado. Así lo narraría en sus memorias uno de los últimos “soldados” de la facción de centro izquierda que permanecía en el gobierno, su ministro de Educación y médico personal, Jorge Taiana (no confundir con su hijo, quien décadas después sería canciller del kirchnerismo). El Perón que regresó del Paraguay estaba al borde de un colapso cardiaco como el que había sufrido en 1972 en Madrid, desconocido para la mayoría del pueblo, pero no para su círculo cercano.
El 12 de junio, ante los rumores extraoficiales de una renuncia del mandatario y el país convertido en un expectante polvorín, Perón volvió a dirigirse a las masas nuevamente desde el Palacio de Gobierno, una frase se convertiría en el colofón del último peronismo en vida de su fundador: “Yo llevo en mis oídos la música más maravillosa que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”
Sería la última vez que se dirigiese a aquella nación, a la que había transformado para bien y para mal, y que se había convertido en el populismo más emblemático en Latinoamérica en todo el siglo XX.
Tras esto, el país se sumergió en un extraño torbellino de rumores que hablaba de elecciones adelantadas, modificaciones constitucionales y legislativas para una alternación con la oposición y una lucha intestina entre los actores de poder que habían acompañado el tercer gobierno peronista.
Finalmente, el 1 de julio de 1974 pasado el mediodía Juan Domingo Perón murió. El militar nacido en Lobos 78 años atrás se marchaba con la promesa incumplida de pacificar un país que solo conoció una breve tregua durante los casi nueve meses de su último gobierno. En palabras de la escritora y socióloga Liliana de Riz, “La muerte de Perón rompió el dique que contenía los antagonismos políticos y sociales”. Tras la muerte del viejo, todos los sectores que habían trazado una tregua tácita; es decir, sindicalistas, militares, juventudes, guerrilleras y facciones al interior del partido, la dieron por concluida y se reorganizaron para destruirse a dentelladas por la sucesión.
María Estela, o Isabelita, su tercera esposa y viuda, una mujer riojana de apariencia menuda y delgada, la vicepresidenta electa sin más mérito que ser la mujer de Perón se convertía en la primera Jefa de Estado democráticamente en el mundo. Tenía 43 años y sus veinte meses de gobierno son recordados por los argentinos como una época caótica y volátil, antesala del preludio de la era más oscura de la historia argentina contemporánea: la dictadura autodenominada como “Proceso de reorganización nacional”, o simplemente El Proceso.
La misma Isabelita, como se le siguió conociendo por su apelativo artístico, anunció al mundo con la voz quebrada y más de una docena de hombres tras ella la muerte de Perón. El mensaje simbólico tras la alocución de la presidenta evidenciaba cómo sería el gobierno de la viuda.
Los funerales de Perón sólo tuvieron comparación con el de la mítica Evita, su segunda esposa dos décadas atrás, y con el retorno de los restos de Gardel desde Colombia años antes de su primer gobierno. Pero la sensación de orfandad parecía desplazarse como una neblina profusa sobre la vida política, social y económica de los argentinos. Un fotógrafo de la Revista Gente, Ki Chul Bae, inmortalizó el sentimiento popular con la imagen de un joven soldado perteneciente a la Guardia de Honor que esperaba el paso de la cureña con el féretro del mandatario. Con un gesto de profunda desesperación y dolor, el joven —que hoy sabemos se llamaba Roberto Vassie— representaba a una sociedad que no solamente había perdido al líder más influyente de las últimas cuatro décadas, sino que además se abocaba con una indubitable premonición al caos y a la guerra fratricida.

Cuando Isabelita se sentó en el sillón de Rivadavia, la alegoría argentina a la silla presidencial en recordación al primer presidente formal de la Nación, era consciente de las dificultades que entrañaba el momento histórico que presidia. Pero estaba lejos de imaginar cómo su presencia y su incapacidad para gobernar acelerarían el caos.
El Pacto Social de Gerbard se quebró ese mismo agosto y, de hecho, cuatro hombres más le sucederían en el Ministerio de Economía en un periodo de menos de dos años. Sindicatos y gremios volvieron a enfrentarse en medio de una década económicamente convulsa para el mundo. Los jóvenes, que aquel 1 de mayo abandonaron la Plaza en franca oposición con el líder, volvieron a la clandestinidad y a la teoría de la combinación de todas las formas de lucha. Las guerrillas aceleraron su accionar en todo el territorio nacional, mientras el paramilitarismo y la represión oficial entraron en una confrontación abierta que no conoció límites en materia de Derechos Humanos.
Los Estados de sitio se sucedieron periódicamente y los militares moderados y democráticos fueron reemplazados en Ejército y Fuerza Aérea; todo ello mientras la presidenta tomaba licencias por cuestiones de salud, alternadas por periodos de gobierno encabezados por Ítalo Luder, un político curtido que intentó concertar con todos los actores, al tiempo que el retorno de la viuda al poder volvía a cerrarse sobre su propio círculo privado.
Así, el caos continuó creciendo desordenadamente como una red que muchas telarañas enemigas tejían bajo sus propios intereses. Hasta que el 24 de marzo de 1976, poco menos de dos años después de la muerte del presidente, la red se cernió sobre su viuda, en primer lugar; el peronismo, en segundo y la sociedad en tercero y último. Ese 24 de marzo, cuando por todas las cadenas de radio nacional se difundió el parte que anunciaba “La Junta Militar ha tomado el control operacional del país…”, el caos asumió el tono del horror.
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El autor de este artículo debe disculparse por romper una promesa que no pudo cumplir. Cuando empecé a escribir esta crónica me comprometí con cuatro entregas, pero ya puesto sobre la marcha me ha resultado imposible cerrar el ciclo peronista y analizar el legado de cinco décadas del peronismo sin Perón. La próxima semana a modo de conclusión, aunque el peronismo se parezca más a un círculo vicioso interminable y no a una cronología que concluya, hablaremos un poco del legado político de un militar populista que se hizo mito. Por favor, no dejen de leerlo. (LFPG).
