Órgano de la Gewandhaus. Fuente: Sitio oficial de la Orquesta Filarmónica.
Órgano de la Gewandhaus. Fuente: Sitio oficial de la Orquesta Filarmónica.

La orquesta de la Gewandhaus de Leipzig debe su lema a Séneca, que en una de sus Cartas a Lucilio escribió «crede mihi, res severa verum gaudium est»: créeme, las cosas serias son la verdadera alegría. La inscripción en el gran órgano de la sala es casi arrogante: aquí tiene lugar la música «seria», la más elevada y la única genuinamente bella. ¿Pero qué son, en todo caso, las cosas serias? ¿Qué cualidad especial tiene la música clásica para que la lleguemos a considerar más elevada que las demás? El lema sugiere que las cosas serias son aquellas que se elevan por encima de la mera sensibilidad: su seriedad radica en una mediación del intelecto. El verdadero goce no es una afectación pasiva, sino una contemplación activa en la que ocurre una intelección del objeto.

Cuán lejana y extraña resulta hoy esa vieja fórmula. Nuestro tiempo ata el placer a la sensibilidad y a la inmediatez; encontramos pretenciosa la idea de un placer mediado por la contemplación intelectual. La triste ironía de la sentencia ominosa inscrita en la sala de la orquesta es que hoy resulta tan caduca como las piezas que allí se ejecutan: una música excesivamente teórica carece del ímpetu y la estridencia de la que está preñada la música que disfrutamos nosotros. Para una sensibilidad que demanda placeres más intensos, efímeros y cuantiosos, los placeres de la música clásica —que más valdría llamar anticuada— no son más que nostalgia.

Theodor Adorno se cuenta entre los nostálgicos a los que la sensibilidad hedonista de una época dominada por el consumo les resulta insoportable. Su teoría estética y su amarga crítica de la música popular y el jazz, más allá de algunas observaciones acertadas acerca de la subsunción de la música dentro de mecanismos industriales, son la expresión del dolor por ver la lenta muerte de aquel mundo en el que el efecto del arte no se agotaba en el placer inmediato que podía causar.

Adorno conocía bien la fórmula de Séneca y, por ello, sabía también su íntima verdad: la seriedad es un valor escaso. El que encuentra la verdadera alegría en la contemplación sosegada vive infeliz al estar rodeado de ruido. Se podría invertir aquí la fórmula original: el falso goce está en las cosas triviales. Ese es el goce que abunda en nuestro tiempo, la sucesión desaforada de satisfacciones de duración mínima. La desazón de Adorno con la industria cultural es la conciencia infeliz de vivir en un mundo densamente poblado de placeres aparentes, de saber que detrás del colorido chillón de las vallas publicitarias está el tedioso gris de la equivalencia suprema que gobierna todos los objetos y toda mediación: la forma-mercancía.

No solo es el arte lo que retrocede ante la trivialidad; el humor también cae en la acritud cuando las mediaciones desaparecen.  Sometidos a la hostilidad de la época, la ironía se transforma en un sarcasmo corrosivo; es difícil encontrar hoy un ingenio jovial, pero abunda la mordacidad y el cinismo. El valor del humor no radica ya en la creatividad, sino en la capacidad de dejar en ridículo. ¡Qué tiempos más amargos! No es de extrañar que hoy sean pocos los que encuentren algún interés en leer al pesimista Adorno, que vuelca toda su erudición y pensamiento a lanzar una mirada de desprecio a un mundo que le resulta ruidoso y sórdido.

Pero tampoco es para menos que Adorno, hijo de una cultura europea moribunda, de una época cuyos signos son la guerra, el exterminio y la banalidad, se cargara de un profundo resentimiento. Más de medio siglo ha corrido desde su muerte y las cosas no van mucho mejor. Cuesta esgrimir una sonrisa o soltar una carcajada cuando el humor dominante de la época se sostiene sobre la estupidez y la injusticia. ¿Cómo habremos de encontrar el goce auténtico en medio de la molicie? «Crede mihi, res severa verum gaudium est»: aún resuena en nosotros, en la mendicidad de nuestro tiempo, el llamado del viejo Séneca. Aún podemos encontrar las cosas serias —o más bien, tomarnos en serio las cosas urgentes, que no significa otra cosa que pensar acerca de las cosas en vez de meramente agotarlas—; aún somos capaces de encontrar el verdadero goce, incluso entre las cosas que aparezcan más solemnes.

Theodor Adorno ante el piano.
Theodor Adorno ante el piano.

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