
Por: Juan David Cáceres Pinzón.
Ser maestro es sinónimo de cuidado. El cuidado es la mejor idea realizada del amor. Un amor que a la vez que enseña aprende a vivir con los otros. Un amor que enseña a ambas partes a vivir en comunidad. Una vida acompañada para ser maestros y aprendices. Maestros y aprendices para encausar la pasión y los deseos en este juego de la vida. Estas palabras van a esas maestras y maestros que todos los días cuidan, aman, enseñan y aprenden con sus estudiantes.
Hay días para vivir y hay días para tomar decisiones. Considero que tomar la decisión de estudiar para ser docente es uno de los sucesos más difíciles. Pero cada palpitación del corazón nos reafirma que esta es una de las vocaciones más hermosas que puede tener el ser humano.
Resalto la importancia de esta decisión porque dedicarse a ser docente implica muchas decisiones a nivel personal. Aquí hay una vinculación con el otro, que es una manera de asumir la docencia desde la horizontalidad. El mundo del docente ya no es solo suyo, hay un compartir de experiencias, una comunión de significados; y el maestro o maestra, va con sus estudiantes, orientando, acompañando, preguntando, viviendo y sintiendo.
Ese cúmulo de emociones, sensaciones, pensamientos que circundan la vida de tantos profes son la prueba de cómo la imaginación con la que abordamos nuestra vocación ayuda a construir día tras día la esperanza en jóvenes, que a veces su único lugar seguro es su profesor o su profesora. Esto posibilita que el relato del docente y de sus estudiantes se construyan con otros sentidos, no ya esos de acumular conocimientos, si no el de pensar en cómo esos conocimientos nos permiten ser y estar hoy de maneras diferentes en la vida.
La esperanza siempre palpita en el amor de maestros y maestras que ofrecen su vida como la única ofrenda al mundo. Esa ofrenda existe gracias a que de manera constante las preguntas están presentes en las formas de entender la educación, de comprender y analizar las realidades en las que se movilizan la vida de niños, niñas y jóvenes. Pero, principalmente, de constatar las maneras y descubrir en un acto poético cómo el ser maestros y maestras es una revelación que ofrece una verdad para sí mismos.
Estas verdades son dichas y promulgadas en salones de clases, en pasillos de colegios y escuelas, en encuentros entre docentes, en lugares donde el ojo público no se concentra porque el sector educativo no supone un interés para los medios de comunicación masiva y por lo tanto estas verdades no son importantes. Sin embargo, resulta contradictorio, porque son estas verdades las que terca y románticamente construyen ciudadanía en medio de contextos sumamente complejos. ¿Podemos pensar en las verdades construidas en contextos urbanos con situaciones marcadas por violencias? ¿O en aquellas que surgen de colegios con todas las condiciones, pero cuyos estudiantes padecen ausencias familiares que desencadenan escenarios lamentables? ¿Y qué tal si pensamos en las escuelas y colegios rurales que resisten a tantas injusticias, marginalidad y al conflicto armado?
Pensemos en esos maestros y maestras. Pasemos por la mirada la vocación enamorada con la que se piensa un país mejor desde la docencia. Recordemos a ese maestro o maestra que nos hizo amar la sabiduría. Veamos todo con ojos distintos y démosle el reconocimiento y el lugar que se merecen en la sociedad. Reivindiquemos sus historias de vida, sus narrativas y la historia con la que han tejido una esperanza que abriga a millones de niños, niñas y jóvenes en escuelas, colegios, institutos y universidades. Agradezcamos, a cada maestro y maestra, que deja su vida con su voz para sus estudiantes. Ellos, a su juicio, constituyen la canción más hermosa del mundo.

es un texto en el amor que tiene por la docencia y su vocación por la misma