
Por: Jean-Baptiste Clemence.
«Come writers and critics
Who prophesize with your pen
And keep your eyes wide
The chance won’t come again
And don’t speak too soon
For the wheel’s still in spin»Bob Dylan1
Blaise Pascal, filósofo e inventor del cálculo de probabilidad, suele ser recordado por la publicación de Los Provinciales (1657), una mofa a los jesuitas que dividió la sociedad francesa de la época. A Baruch Spinoza, el más vehemente defensor de la democracia, se le rememora como mártir tras su expulsión de su comunidad judía. Aún se juzga a Caravaggio, el revolucionario pintor del claroscuro, por usar prostitutas como modelos de la Virgen María. Si la polémica tiene un poder (Kratos) en particular, es el de hacer banal lo importante.
Lo primero que querría decir es que la polémica dista de ser una controversia. Esta última es un resquicio de la democracia. Es, más bien, su corazón: evoca la posibilidad del debate. Donde hay controversia hay democracia, al menos en algún grado. En la polémica en cambio sólo hay monólogos. Parte de un axioma aparentemente aceptado: no hace falta el concurso del otro para discutirla. El monólogo permanente conduce a una pasividad que concibo peligrosa, una amenaza, tal vez más urgente de lo que creemos. La discusión no recae más en un colectivo mayoritario que defiende la mejor argumentación posible, sino en un sinfín de solitarios «pensadores», satisfechos con sus propias ideas, muchas veces mediocres, superficiales y falsas.
El escenario de una verdad provisional, a la que se le apuesta por considerarle la mejor justificada (¿logocentrismo del debate público?), ha sido desplazado, hace ya suficiente, por el «último escándalo». Frente a aquel hay poco qué discutir o desentrañar. Sólo podemos recibirle y describirle. Es materia muerta. La polémica ocupa el diálogo con un ruidoso silencio. Estar en boca de las masas, todo el tiempo, significa también callarles todo el tiempo. Si antes se hacía por cuenta de la fuerza bruta, ahora sucede por cuenta de la bulla permanente. Paradójicamente, en medio de este mundo tan estridente nunca habíamos estado tan callados.
La polémica incesante ha llegado al punto de ser una parálisis del sueño: sabemos que estamos atravesando por ella, pero no podemos reaccionar. Es un shock que castra la visión de largo plazo. Los debates y deliberaciones más profundas suelen producirse sobre proyectos que las partes no esperan experimentar; sus efectos son generacionales. Sin embargo, el poder de la polémica nos somete, nos hace esclavos de la coyuntura.
El shock del que hablamos no busca entonces despertarnos, sólo nos adormece. Los años se desaguan, rápidamente, en medio de estos alborotos momentáneos y realmente insustanciales, al punto que rigen nuestros destinos con una aquiescencia sutil, diríamos que con la paciencia de un goteo que penetra el acero. Inútil decir que la polémica beneficia in fine a quienes ejercen el poder: la fuerza del debate debilitada pavimenta el camino a la arbitrariedad. Desde luego, una sociedad en parálisis difícilmente edifica una opinión pública, mucho menos una que delimite un líder.
Un aspecto intangible de la polémica es que esta es espectral, es un simulacro, más bien una parodia. Está compuesta por siluetas de personajes públicos, normalmente políticos. Estos dedican ahora su batería económica e intelectual (cuando la tienen) a la estructuración de un personaje, ante todo, polémico. El debate puede esperar. Más bien podríamos considerarle contraproducente a la hora de ganar unas elecciones, dado que es suficiente, también más barato y sencillo, insistir en nuevos escándalos. La teoría de la representación, me atrevo a decirlo, nunca había sido tan fantasmal; al punto que el último a quien representa este personaje es a su propio actor.
Todo poder confiere la institucionalización de una ética pública. Bajo la polemocracia se ha impuesto una nueva ética, que en este caso es la ética de la mentira, no muy lejana a la de la indiferencia. No es una casualidad que la polémica esté atada a la «post-verdad» o a las fake news. Diríamos que la primera exigencia de esta experiencia iniciática no es otra que la de desprenderse de cualquier vergüenza. Es decir, se exige como peaje hacia la polemocracia ser un sinvergüenza de oficio. Frente a los mensajes poco o nada importa el contenido, porque su prioridad es su entrega y que produzca efectos. Si la mentira del mismo tiene un resultado más efectivo, buscando ganar o mantener el poder, los «polemócratas» tendrán como última reserva moral revisar su veracidad. Su finalidad no es la de informar (defender lo contrario es francamente ingenuo), es la de comunicar. Esta, más que la primera, implica guiar hacia una dirección afín a sus intereses. Poco importan las razones y los medios para llegar a un puerto en concreto, lo importante es hacerlo y que el barco sobreviva a las aguas.
Hace pocos años una polémica podría causar la caída de un líder. Con esta moral de la mentira, ahora es dejar de ser polémico lo que la produciría. Esta moral se ha avalado por cuenta del cansancio de las personas, al igual que por la reproducción incesante de la polémica (supra). Hay poco que reprochar a una población que no quiere saber más si sus líderes son drogadictos, si cometieron un acto de agresión sexual, o si aseguran que la tierra es plana. Imaginémoslos llegar al hogar tras una larga jornada, abrazar a sus hijos, y luego pretender descargar lo último que queda de su fuerza finita en «informarse» sobre estos arcanos. La persistencia de la polemocracia y su éxito no es intrínseca, se debe a que la sociedad está exhausta.
La razón de esta abstracción deliberada, casi que nihilista, de la polémica, es, como dijimos, su práctica generalizada. Que el escándalo fuese otrora un hecho aislado es lo que le daba algún valor en la opinión pública. Ahora que se reproduce al ritmo de las tecnologías y las redes sociales, este escándalo es un elemento más del paisaje. Si algo debe recordar el lector de este texto es que lo polémico de nuestros días es no ser polémico.
Una ventaja particular de la polémica, su centro de poder, consiste en su velocidad. Desmentir una polémica parece de antemano una empresa inútil. Cuando se pretende, la polémica ya se habrá consumado, y mientras se desmiente habrá tantas otras que se habrán producido. Nadie puede responder a una polémica y eliminarla con tal eficacia que caiga de inmediato. Tampoco es evidente cómo podemos predecirla. No tenemos una vacuna en tiempo real contra la «polemititis». Su velocidad es tal que sólo podemos ser reactivos.
Quien ejerce la democracia, su titular, recordemos, son los ciudadanos y los pobladores de un determinado marco jurídico (que solemos llamar Estado, aunque no se reduce a algo así). Bajo el régimen de la polemocracia, los nuevos ciudadanos se han transformado en periodistas, en paparazzis del poder, en fin, en avezados chismosos. No es casualidad: la polemocracia ha llegado a un estadio, anhelado por tantas autocracias del pasado, de ser omnipresente. Nuestro mundo de pantallas y conexión permanente es el terreno fértil para esta nueva, digámoslo, tiranía de la polémica. Si vivimos enclaustrados en ella es porque ella nos acompaña en los restaurantes, los bares, los escenarios deportivos, las bibliotecas y aulas de estudio. Está incluso en nuestros propios bolsillos.
Por alejado que parezca, los más afectados por la polemocracias son, para sorpresa de nadie, los menos favorecidos. Que el espacio público termine por ser cooptado, sino asfixiado por la coyuntura, suplanta el protagonismo que deberían tener las demandas de los oprimidos: el acceso a mejores bienes y servicios, la materialización de sus derechos, superar las brechas de movilidad social, y un largo etcétera. Hay una «regresividad» en el reparto de los contenidos (por no llamarle información) con los que nos relacionamos. La cotidianidad de los más humildes, que es ya invisibilizada por quienes se benefician de su condición, también pasa a serlo, ahora dos veces, por una nueva (¡otra vez!) polémica. No basta ser un necesitado para recibir socorro: ahora la miseria, para tener poder, debe ser polémica. El entretenimiento es la condición que imprime «valor» a la comunicación, de manera que la única comunicación «valiosa» es la que puede entretener. La polemocracia está a un paso de vestir a los indigentes de payasos para que retengan, aún si brevemente, nuestra atención.
Sobre el autor…
Jean-Baptiste Clemence es un pseudónimo. El autor estudió derecho y filosofía en Colombia y Francia. Actualmente es doctorante en estas áreas en París. Ha sido abogado practicante, docente y conferencista.
- «Venid, escritores y críticos que profetizáis con vuestra pluma y mantened los ojos bien abiertos la oportunidad no volverá y no habléis demasiado pronto porque la rueda sigue girando» Traducción propia. ↩︎
