
Por: Eliana Margarita Almario Cachaya.
|Sociedad| El paso del tiempo ha transformado a la persona como sujeto y a la sociedad como colectivo. Eliana Almario analiza en dos entregas las implicaciones de esa transformación y los riesgos del inminente avasallamiento tecnológico que vivimos.
Disfruta la primera parte a continuación y la próxima semana publicaremos la segunda parte.
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Para entender el presente es necesario comprender nuestro pasado, mirar hacia atrás. Saber la razón de nuestra obsesión con la productividad, el rendimiento y la eficiencia; porque no es un comportamiento aislado, sino el resultado acumulado de varias transformaciones históricas, cada una más ambiciosa que la anterior.
En el libro De animales a dioses, el autor Yuval Noah Harari nos plantea que la historia de la humanidad no ha sido una marcha hacia la libertad, sino una serie de revoluciones que han reconfigurado completamente nuestra manera de existir. La revolución agrícola, por ejemplo, fue presentada como un avance civilizatorio. Al asentarnos ya no debíamos hacer largas caminatas para cazar o buscar alimento, minimizamos el riesgo de muerte y peligro, pero perdimos nuestra movilidad, que como consecuencia trajo problemas en la salud.
En la actualidad, el sedentarismo es considerada una de las enfermedades del siglo XXI. Según el medico J. Ildeafonso Arocha Rodulfo, en su artículo “Sedentarismo, la enfermedad del siglo XXI”, la inactividad física ha aumentado con el avance de la tecnología y constituye el cuarto factor de riesgo de mortalidad global. A ella se le atribuyen problemas cardiovasculares, obesidad, hipertensión arterial, diabetes tipo 2, osteoporosis, depresión y ansiedad. Pero a cambio ganamos estabilidad, propiedades y capital. Así nació la lógica de la acumulación; el producir más de lo necesario. Prevenir y almacenar no porque fuese natural, sino porque el nuevo sistema de vida lo exigía.
Mucho después con la llegada de la Revolución Industrial esta lógica se expandió exponencialmente. La máquina no solo aumentó la capacidad de producción, se reconfiguraron los valores sociales. El tiempo comenzó a medirse en función del trabajo, nuestro cuerpo tuvo que adaptarse a largas horas en fábricas y el individuo se definió por su utilidad económica.
Como explicó Karl Marx en El Capital, “el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo socialmente necesario para su producción” (Marx, 1867). El ser humano se volvió una fuerza de trabajo al servicio del capital, el valor de las cosas y de las personas comenzó a depender de su rendimiento. El producto debía ser eficiente, duradero y fácil de replicar. Lo mismo se exigía del obrero: precisión, obediencia y resistencia. Lo importante ya no era el proceso, sino el resultado. El sistema no toleraba la lentitud, ni el error, ni la reflexión. Y ese patrón de exigencia se volvió costumbre.
Hoy vivimos bajo la herencia directa de esa lógica. La productividad se ha convertido en una virtud ética. Estar ocupado es sinónimo de ser útil y descansar es casi un acto de irresponsabilidad. Se nos mide por lo que hacemos, no por lo que pensamos o sentimos. Y esto no solo se limita al ámbito laboral, pues también ocurre algo similar en nuestras relaciones personales, en la educación, la salud e incluso en la manera en que experimentamos el ocio porque todo debe tener un propósito, un resultado visible que produzca dinero.
Con la irrupción de la inteligencia artificial, este paradigma se profundiza. Ahora se espera que las máquinas no solo hagan lo que antes hacían los humanos; también deben hacerlo mejor, más rápido y sin errores. Pero este avance también nos confronta con una pregunta incómoda: si gran parte de lo que hacemos puede ser automatizado y reemplazado, ¿qué lugar queda para lo humano?
Algunas de las promesas de la tecnología tienen que ver con más tiempo libre, eficiencia y menos carga, pero bajo estas se oculta una contradicción, porque ese “tiempo libre” que supuestamente ganamos no siempre se traduce en descanso real. Como no sabemos qué hacer con el tiempo que no está orientado a la producción, muchas veces lo llenamos de nuevas tareas, nuevas exigencias, nuevos objetivos. Hemos olvidado cómo simplemente estar, cómo pensar sin la obligación de resolver algo. Cómo sentir sin que eso deba traducirse en rendimiento. Esto no es culpa de la tecnología, más bien, tiene que ver con un sistema que ha hecho de la productividad el único lenguaje válido para evaluar la vida.
Comprender esta historia no es un ejercicio nostálgico, sino una necesidad. Porque si no cuestionamos la lógica que hemos heredado seguiremos reproduciendo sus efectos, incluso cuando creamos que estamos siendo “más libres”. No es descabellado, incluso, imaginar un futuro donde estemos quietos, obesos y conectados a dispositivos que piensan y actúan por nosotros. Hay una parte de la película de Disney “Wall-E” que revela esa distopía con una claridad que incomoda. Allí, imaginan cómo los humanos han abandonado la tierra, pues ha sido destruida por el consumo desmedido, y ahora vagan en un crucero espacial. No caminan, no se tocan, no piensan. Solo consumen, obedecen y flotan. Lo tienen todo, menos la vida. Esta escena animada me hace cuestionar ¿Qué sería de nosotros cuando no necesitamos hacer nada? ni pensar, ni equivocarnos ni aburrirnos. Solo consumir, una pérdida progresiva de la autonomía, del cuerpo y del sentido
Yuval Noah Harari advierte en su libro De animales a dioses que “la próxima etapa de la historia incluirá no solo transformaciones tecnológicas y de organización, sino también transformaciones fundamentales en la conciencia y la identidad humanas”. Es decir, un mundo en el que los algoritmos nos conozcan mejor que nosotros mismos. Y es cierto, ¿qué nos queda por decidir? ¿Qué lugar nos reservamos si nuestras emociones, elecciones y comportamientos ya pueden ser anticipados, dirigidos, optimizados por una máquina?
El problema no es la tecnología. El problema es que nos volvamos dependientes de ella para existir. Que nos sintamos más comprendidos por una inteligencia artificial que por otro ser humano y no porque tenga emociones sino porque a veces escucha mejor. Porque está. Porque responde.
Bibliografía
Arocha Rodulfo , J. I. (Octubre de 2019). Sedentarismo, la enfermedad del siglo XXI. Obtenido de ELSEVIER: https://www.elsevier.es/es-revista-clinica-e-investigacion-arteriosclerosis-15-pdf-S0214916819300543
Funciòn Pùblica. (s.f.). Obtenido de Ley 1751 de 2015: https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=60733
Han, B.-C. (2015 ). El aroma del tiempo. Herder.
Heinrich Marx , K. (1867). El capital. Critica de la economia polìtica. Hamburgo: Otto Meissner.
Noah Harari, Y. (2014). De animales a dioses: Breve historia de la humanidad. Barcelona: Debate.
Stanton, A. (Dirección). (2008). WALL·E [Película].
Sobre la autora…

Eliana Margarita Almario Cachaya es Licenciada en Ciencias Sociales de la Universidad Surcolombiana, feminista decolonial, defensora de los derechos sexuales y reproductivos, integrante de la Red Huilense en Defensa y Acompañamiento en Derechos Sexuales y Reproductivos (RHUDA). Iniciadora del semillero de investigación en Medicina Ancestral (CURARE), con un profundo compromiso con la promoción de la Educación Sexual Integral y la Educación Popular.

Un comentario sobre “El peso del tiempo – Parte I”