Pepe y su compañera de vida, la exvicepresidenta Lucía Topolanski. Fuente: Movimiento de Participación Popular MPP.
Pepe y su compañera de vida, la exvicepresidenta Lucía Topolanski. Fuente: Movimiento de Participación Popular MPP.

Por:                        Eliana Margarita Almario Cachaya.

Este artículo es la segunda entrega de un análisis que empezó el pasado 5 de julio. Puedes leer la primera parte aquí.

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Este texto nace desde la inquietud de mirar la universidad a través del cristal que ofrece Pepe Mujica, un cristal áspero pero transparente. Porque sus discursos nos inspiran a creer en la educación y en su importancia como herramienta fundamental para la transformación social y la construcción de un mundo más justo. Mujica exige una transformación profunda del sentido mismo de educar. Nos propone que la universidad deje de ser un mercado de méritos y vuelva a ser un espacio de encuentro con la vida, con el otro, con el país que soñamos. Por eso, este análisis se guiará por una pregunta que atraviesa no solo los discursos de Mujica, sino también las contradicciones de nuestra realidad educativa: ¿Cómo invitan sus reflexiones a resignificar el papel de la universidad como un proyecto ético, político y profundamente humano?

Entre la utopía y la advertencia

Hablar de Pepe Mujica no es repetir frases bonitas ni idealizar la austeridad. Es recordar que en un mundo que empuja a las personas a consumir para sentirse vivas hubo un hombre que decidió vivir para sentir. Mujica no fue un filósofo de escritorio ni un político de corbata y cálculo. Fue campesino, fue preso político, fue guerrillero, fue presidente, pero sobre todo fue coherente. Y en estos tiempos eso es más revolucionario que cualquier consigna. Su pensamiento nace de las entrañas del dolor y de la cárcel, de haber estado trece años sin ver el cielo, muchos de ellos en condiciones infrahumanas por soñar con una sociedad más justa junto al Movimiento de Liberación Nacional–Tupamaros. Su visión del mundo no es retórica, es vivida. Cada palabra suya está tejida con la experiencia del cuerpo que resiste y de la esperanza que no muere.

Mujica no hablaba de pobreza como virtud porque sabía que la pobreza impuesta es una forma de violencia. Lo que él defendía era la sobriedad consciente como forma de libertad. En la conferencia de Naciones Unidas por el desarrollo sostenible, mencionaba que “pobre no es el que tiene poco sino el que necesita infinitamente mucho y desea más y más. Esta es una clave de carácter cultural”. Con esto desmantelaba el aparato ideológico del neoliberalismo que transforma el deseo en deuda y la vida en mercancía porque no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Su crítica al consumo no era moralista, era existencial. En una entrevista para la revista HUMAN, Mujica planteaba que “cuando compras algo, no lo compras con plata. Lo compras con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para ganar esa plata”. ¿Cuánta vida hipotecamos por tener lo que no necesitamos? ¿A cuántos amores, sueños o descansos renunciamos para pagar facturas que no nos devuelven sentido?

Mujica proponía una revolución íntima; dejar de correr detrás de un éxito que no nos pertenece. Porque para él, según mencionó en el comité de base Los Malvines, “triunfar no es ganar, es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae”. En una sociedad que premia la velocidad, él defendía la pausa; en un sistema que nos entrena para competir, él elegía compartir. Su mandato ético no era acumular, era cuidar. Y en el fondo, toda su filosofía política –si es que podemos llamarla así– es una crítica profunda a la educación y al sentido de lo humano. “Nos educan para ser consumidores y no ciudadanos”, porque mientras más vacíos estamos por dentro, más llenamos el carrito. Y mientras más dormida está la conciencia, más fácil es gobernarla. La visión de Mujica no cabe en moldes ideológicos cerrados. No es una doctrina, es una invitación a desaprender, a desobedecer lo impuesto a reapropiarnos de la vida. Por eso sus palabras siguen resonando con fuerza en las aulas, en las calles, en los corazones de quienes buscamos algo más que sobrevivir.

La universidad, entonces no puede ser solo una fábrica de títulos. Debe ser un espacio donde se gesten nuevas formas de habitar el mundo. Mujica no hablaba para que lo aplaudieran. Hablaba para que pensáramos. Para que volviéramos a preguntarnos, ¿estamos realmente viviendo la vida que queremos o solo siguiendo el guion que nos impusieron? Pensar la universidad más allá de sus muros, más allá de sus rutinas académicas es un ejercicio imprescindible si se quiere evitar que este espacio se convierta en una extensión de las lógicas del mercado.

Mujica, con la contundencia que caracteriza sus discursos, nos recuerda que la educación no es una mercancía ni una fábrica de títulos. La universidad es el lugar donde todos deberíamos estar, pero para eso se necesita más justicia en este mundo, es poder ir a la universidad, enamorase del conocimiento y disfrutar del proceso; sin embargo, los sistemas educativos han convertido la enseñanza en una transacción y las universidades forman egresados sin compromiso social sin sentido de pertenencia con los pueblos que financiaron –muchas veces sin saberlo– su paso por las aulas.

En su discurso del 6 de diciembre de 2014, al recibir la distinción de Corazón de León en la Universidad de Guadalajara, Pepe Mujica lanzó una advertencia y denuncia donde expresaba que buena parte de lo que se aprende en la universidad ha sido pagado directa o indirectamente por los analfabetos, por los que luchan, por los que sudan la vida y que esta deuda histórica no puede olvidarse tras un diploma:

 “Si son universitarios no se crean que son superiores por tener un título o una calificación, en todo caso esa es la oportunidad de tener más herramientas para ayudar a su pueblo, no pa’ creerse superiores porque al fin y al cabo buena parte de lo que aprenden lo pagaron los analfabetos, los que sudan, los que luchan; a veces consientes y las más de las veces ni siquiera inconscientemente”. (Universidad de Guadalajara, 2014)

Estas palabras no solo son una denuncia; son una pedagogía desde la experiencia, una sacudida a las jerarquías simbólicas que la universidad reproduce sin pudor y, al mismo tiempo, una advertencia de que la universidad no debería ser un lugar donde se formen elites sino un espacio comprometido con la transformación de su pueblo, por una sociedad más justa. Porque la universidad debe ser un proyecto ético de lo humano y estudiar no debería ser tan solo un derecho, sino una responsabilidad ética. Sus palabras nos invitan a preguntarnos, ¿qué universidad necesitamos? ¿Qué tipo de profesionales estamos formando?¿Qué pasaría si en lugar de medir la excelencia por los estándares mercantiles la midiéramos por la capacidad de generar justicia social?

Al respecto, cabe recordar sus palabras en un discurso en la Universidad de Costa Rica:

“Todavía nuestras universidades son parcelas. Hablamos de integración, Pero no podemos integrar la inteligencia. Y si no empezamos a integrar la inteligencia lo demás será imposible. Muchos de nuestros muchachos en las universidades que pagan los pueblos, se van al mundo rico a trabajar. Porque les pagan más, porque los tratan como señores, porque nuestras pobres patrias no pueden pagar lo que paga el mundo central y formamos hombres de ciencia y nos damos el lujo de perder los mejores frecuentemente por una raíz de mercado. Porque la inteligencia no es propiedad privada, es patrimonio de la sociedad y como tal ha y debe cumplir un papel a favor de su sociedad”.

Así, Mujica nos invita a repensar el rol de la universidad no como un laboratorio de éxito individual, sino como un puente entre el hoy y el mañana que soñamos, y ese puente se llama educación. Esa educación, sin embargo, no es neutra. Está atravesada por intereses, por ideologías, por estructuras históricas. El verdadero desafío es construir una universidad que no solo forme “recursos humanos” para alimentar al sistema económico, sino que forme seres colectivos, porque los sapiens –nos recordó en un discurso en un foro de la OEI– no somos francotiradores, sino profundamente gregarios. La transformación social no será posible si no construimos comunidad.

Mujica cree en la universidad como espacio de lucha cultural, porque si no cambia la cultura, no cambia nada. Y eso nos lleva a pensar que otra humanidad solo será posible si empezamos por cambiar los valores que la sostienen, si damos la batalla en el seno de la cultura y no dejamos que el peso sordo del mercado destruya nuestros sueños de solidaridad (Asamblea G77+China, 2014).

Pero ¿qué significa cambiar la cultura desde la universidad? Significa cuestionar las verdades absolutas, ampliar las voces, escuchar a quienes han sido históricamente silenciados, comprometerse con la vida real y con las luchas cotidianas. Significa, como advirtió Mujica en un Congreso de la UNE en Brasil, no traicionar al niño o la niña que llevamos dentro, porque un día nos vamos a mirar en el espejo y tendremos que preguntarnos si fuimos fieles a ese ser que alguna vez soñó con cambiar el mundo.

Es en esta clave Mujica interpela a estudiantes, docentes y gobiernos en su discurso de asunción en 2010 que los temas de Estado deben de ser pocos y selectos. “Educación, educación, educación, y otra vez, educación”, convencido de que el rostro de la sociedad futura se dibuja desde las aulas. Porque en última instancia, la universidad debe ser el ariete que permita integrar a quienes fueron excluidos por la pobreza, no una institución que los siga dejando al costado.

Y por eso también, Mujica nos hace reflexionar y nos pregunta ¿Para qué mierda vivimos, si no somos capaces de sacrificar un poco de nuestro bienestar por los demás? (Discurso por los 40 años del regreso a la democracia, 2025). Esta pregunta, brutal en su forma, pero ética en su fondo, es una de las más profundas lecciones que la universidad debería ayudarnos a responder no con respuestas rápidas ni fórmulas prefabricadas, sino con el coraje de pensar el mundo más allá de las fronteras del saber técnico. Porque educarse es hacerse preguntas, comprometerse con la historia y con quienes la habitan desde abajo. Es en ese cruce entre conciencia y acción donde la juventud adquiere un papel central. Hablar de juventud es hablar de posibilidad, pero también de contradicción. Es en la juventud donde se gesta la rebeldía y a la vez donde se siembra el miedo a no encajar. En tiempos donde el consumo ha colonizado los deseos pensar en la juventud como actor político es casi un acto de resistencia.

Mujica lo dijo sin rodeos «La juventud no es una etapa de consumo, es una etapa de rebeldía, de sueños, de pasión. No se puede hipotecar por un celular nuevo o una moda pasajera”. Esta frase más que una advertencia, es una invitación a desobedecer los mandatos del mercado, a no conformarse con un mundo injusto, a recuperar la fuerza política del inconformismo juvenil.

Sobre la autora…

Eliana Margarita Almario Cachaya es Licenciada en Ciencias Sociales de la Universidad Surcolombiana, feminista decolonial, defensora de los derechos sexuales y reproductivos, integrante de la Red Huilense en Defensa y Acompañamiento en Derechos Sexuales y Reproductivos (RHUDA). Iniciadora del semillero de investigación en Medicina Ancestral (CURARE), con un profundo compromiso con la promoción de la Educación Sexual Integral y la Educación Popular.

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