Reloj Astronómico de Praga. Fuente: Exploria.com
Reloj Astronómico de Praga. Fuente: Exploria.com

Por:                        José Miguel Sanabria Arévalo.

La escritura, aún con su tendencia a la tercera persona, es un gran ejemplo de lo mucho que la condición humana está marcada por la memoria. Quien escribe busca la presencia de lo ausente, un doble reconocimiento (re-reconocimiento), pero también una re-redirección —hace llegar a otro punto, lo que ha partido, normalmente hacia otra dirección—; busca, en fin, ninguna otra cosa que hacer memoria. Y agrego esa aclaración entre comas («aún con su tendencia a la tercera persona») porque la memoria no es tanto retrospección, tampoco prospección, sino introspección; y, al menos desde el sentido común, la introspección exige ser narrada por la primera persona del singular, el tan temido y al mismo tiempo venerado «yo». Los géneros típicamente asignados a la memoria, aunque insisto en que todos vendrían siéndolo, son los de esta conjugación: el género confesional, el epistolar, el de los diarios (un género epistolar indirecto) y, desde luego, el género de las memorias.

Tratándose de mi cuarto ensayo en este medio, quisiera pasar al escrito de la memoria, al menos la más flagrante. Como vengo de decirlo: es la de la primera persona del singular. Yo tengo treinta y un años en este siglo XXI que comienza a perfilarse sobre su primer cuarto; y válgame que no ha sido una reproducción tan cíclica, como lo declaraban los promotores del fin de la historia y del hombre. Antes ha sido muy particular y francamente novedoso, no menos retador que los anteriores, tampoco menos peligroso.

Pero no busco «enjuiciar» lo corrido del siglo, cosa que ya he hecho en abundancia, incluyendo los otros escritos en este espacio. Me sitúo a mí mismo en él por la razón banal que es el tiempo que se me impuso, por razones sobre las que solo puedo especular. Lo importante en esta ocasión es más bien quién he sido yo en este siglo, qué he hecho de mí con lo que hicieron de mí, en él. El juicio, y no debemos despreciar nunca el valor de la facultad de juzgar, el discernimiento, de haberlo, es sobre mí mismo. Es bien cuando descubro que la memoria, incluso narrada en tercera persona, no deja de ser autorreflexiva.

Yo tengo treinta y un años en este siglo XXI; eso dije, aquí lo repito. Es un comentario de cualquier otra persona nacida en 1994, ¿qué tendría de intrigante? ¿A qué va el caso decir Yo, además que tengo treinta y un años, y además en el siglo XXI? Y el reproche, el escepticismo a esta pregunta es cierto, porque, hasta donde sé, salvo para mis seres queridos, mi vida hasta la fecha dista de ser un objeto de culto (¿una vida sólo merece ser narrada por ser objeto de culto? ¿O es porque nunca tuvo culto alguno que merece serlo? ¿será esta última la única razón sino necesaria, legítima para pasar a la escritura?).

Reitero: yo tengo treinta años en este siglo XXI, ¿qué tengo por decir? Los treinta años, o poco más, es una edad más bien extraña: no se ha vivido lo suficiente como para aconsejar, pero tampoco se ha vivido tan poco como para posar de inocente. En honor a toda la verdad, mi generación experimenta esta edad como una adolescencia que se ha extendido, sin mezclarse, hasta llamarle convencionalmente adultez. Y sigue sin ser lo uno y lo otro; incluso las personas de mi edad no rehúsan tanto envejecer, curiosamente rehúsan tan solo tener treinta años.

Lo único que tengo por decir es lo único que creo tener el derecho a decir: no creo que la escritura sea absoluta, creo que sólo pocos podrán escribir y muchos más pocos podrán leerles. Aunque hay memoria colectiva, pocos podrán hacerla universal, hasta que la memoria se haga el tiempo mismo. Y mi derecho, en este hiato breve de vida, bien que es impertinente frente a esta rígida regla, es el de escribir por qué entendí que yo tengo treinta y un años en este siglo XXI. Por qué entendí el paso del tiempo. Que creo que es la única lección contundente hasta la fecha: por qué (también porque) soy el tiempo que ha pasado. Si hay algo digno de ser contado, o al menos útil, es narrar cómo lo descubrí. Como caí en cuenta de esto. Porque este descubrimiento no me parece fútil, ni usual, ni lo debo a aspectos que el lector podrá imaginar: la muerte de un ser querido, que lo viví sin saber que el tiempo pasaba, la enfermedad, que padecí sin saber que el tiempo pasaba, o bien la felicidad del éxito, de ver un sueño cumplido, o de tantos otros rotos, para siempre rotos, todo lo cual viví sin saber que el tiempo pasaba. Saber que el tiempo pasa es la gran enseñanza de mis treinta y un años; puedo declarar, tranquilamente, al fin en paz, que yo tengo treinta y un años en este siglo XXI.

El ejercicio fue el de la diferencia en la repetición, el de actualizar los espectros y el de interpretar mis propias ruinas, para darme cuenta de que eran mi propio edificio. Fue muy sencillo, pero eficaz: que el tiempo pasa depende de la comparación, no de objetos, sino de la experiencia de los objetos. Y es la experiencia de esos objetos la que nos hace recordar, que es el acto subyacente al hecho mismo de que el tiempo pase.

La experiencia humana, incluso la mía misma, es para mí una batería inacabable de interpretación; recuerdo el pasado cuando vacilé en ser psiquiatra, sencillamente porque, como su nombre lo indica, es la única profesión que interpreta los arcanos de nuestra psique.

Esta experiencia intencional (experiencia de), partió desde objetos más bien artísticos, aunque también geográficos (contrario a la intuición, la memoria es más espacial que temporal), y desde luego humanos. Porque saber que el tiempo pasa es, ya lo dejé entender, una actividad característica de los humanos. Volver a visitarlos no fue un ejercicio tanto de nostalgia, como lo fue de descubrimiento. Y recomiendo a todo lector no temer recorrer lo que le ha constituido, sino de enfrentarlo. Entiendo que pueda ser difícil, hasta traumático, pero terminará por ser satisfactorio. La recompensa es una abrumadora noticia: que el tiempo pasa.

Aunque mi infancia fue muy feliz, la recuerdo como un momento utópico donde todo era posible, nada alejado de la opinión común sobre la infancia, fue en mi caso relativamente accidentada; mi salud deficiente la entorpeció en un grado importante, una de mis alergias casi cuesta mi vida en uno de los recuerdos más lúcidos de mi niñez. Para alimentar mi curiosidad y mi actividad tan intramural, mi padre hizo lo que cualquier otro padre responsable: alimentar la primera para derribar lo segundo.

Y lo hizo con unos tirajes de historietas francesas, Astérix y Obélix, que me han sido útiles hoy, que, después de muchos años, contra cualquier pronóstico, vivo en París. Leía otro tipo de textos por amor, muchos tantos otros por obligación, y algunos por temor, como fueron mis primeras lecturas de La Biblia. Yo entendí que el tiempo pasó cuando ese bastión de resistencia gala a los romanos no solo era el núcleo de las peripecias de ambos personajes. Era un microcosmos de los avatares y arquetipos con los que hoy me enfrento. El ingenuo héroe que sobrelleva su vida, más por su perspicacia que por su mérito, el dirigente cuyo único valor, si tiene alguno, es el de su vanidad, la sabiduría de un viejo druida que brilla moralmente. Allí veo a quienes han sido mis mentores, en fin, la amistad infalible de los protagonistas. Cuando mi mejor amigo de la infancia migró a otro país, perdí la mitad de mis aventuras. El tiempo pasó; mi infancia se transformó desde entonces, o más bien concluyó prematuramente.

Mis padres aún viven donde yo crecí, y creo fehacientemente que sus vidas cerrarán ese lugar; estoy persuadido de que la mía seguirá ese destino en su debido momento. Como tantas otras personas, es bastante común, quiero cerrar mi último capítulo en el primero de ellos, en mi infancia. Vuelvo a Colombia una o dos veces al año. No me detengo mucho en las ciudades intermedias, donde me presento con pasaporte de extranjero. En una de estas estancias breves, resolví en un momento dado irme a caminar por tantos otros espacios cuyas dimensiones recordaba naturalmente más abrazadoras, gigantescas, como estatuas egipcias.

El tiempo pasó porque reconstruí nuestro proyecto fracasado de una casa en el árbol, y encontré algunos planos en crayón donde los había escondido hace tantos años, protegiendo lo inacabado (¿cuántos de esos proyectos no seguirán su curso, aún después de quienes se comprometieron a realizarlo?). Hice firmar las «escrituras» por la administradora del condominio, quien proféticamente me dijo «usted será abogado». No me detendré en cada detalle de la infancia, pero recuerdo todos los conflictos que hubo detrás de cada paso al éxito, aun si bastante relativo, que tuvo ese engranaje deforme e incoherente de palos y tablas de cama que llamábamos orgullosamente «casa del árbol». Porque pese a todo fue un proyecto marcado por la iniciativa, la independencia y el intelecto de un grupo de niños al que yo pertenecí. El tiempo pasó, la perseverancia detrás de una construcción sin fin habitó en mí como una metáfora que llevo hasta hoy. Y creo no tener otro motivo más poderoso que el indefectible fracaso de toda empresa personal, más allá de la confianza que promuevan los credos religiosos, políticos y hasta psicológicos.

La adolescencia fue un tiempo más terrenal, como creo que pasa a ser toda adolescencia. Y es que, para muchos, creo que también es mi caso, esta fue atravesada por nuevas formas de dolor que la vida adulta, con todas sus tragedias, no alcanza a reproducir. Hacia los trece años mis padres me compraron una batería; venía conociendo nuevos mundos, ahora en formato musical, si bien la lectura siguió siendo un hábito permanente. Un primo de Bogotá me mostró nuevas bandas americanas, algunas otras inglesas, sobre todo de New Metal, Neo-Punk, y una banda española de Ska con un nombre sin mucha imaginación: Ska-P. No tenía idea de qué decían, por qué lo decían y qué afán tenían con todo eso, pero yo repetía sus consignas, muchas veces políticas, como si me fueran propias.

Estuve hace poco en Madrid y pasé junto a Vallecas, lo vi de lejos y noté que el tiempo pasó cuando conocí su historia; no hicieron falta más explicaciones para entender por qué ese grupo cantaba títulos como El vals del obrero, Niño soldado, o bien Mis colegas. El tiempo, insisto, pasó. El dolor ajeno, el concepto de humanidad, en mí, tienen trazos juveniles que poco había conocido, y quiero pensar que el destino tomó la forma de canciones para dejarme sus mensajes. En Canadá, unos pocos años después, otro primo mío me introdujo a la música de protesta, a la historia de la izquierda sudamericana, en fin, casi me había prohibido escuchar música en inglés. Todo el Rock anglosajón se diluyó en un solo verso de Silvio Rodríguez.

No supe exactamente qué me sucedió, hasta dónde puedo atar los cabos, y si es una pregunta siquiera pertinente buscar una «causa eficiente» de todo esto. Pero, lo cierto es que quiero que mi suerte sea la de los oprimidos, calmar en lo posible su dolor. Es algo muy íntimo, casi nunca lo comento, pero esta creencia deriva de otra más global: nadie se puede proclamar libre en un mundo donde aún hay esclavos. Mi causa de abogado más dolorosa y significativa fue no haber absuelto a un hombre cuya sanción se impuso por haber robado unas piezas de carne. El Génesis es un libro muy certero en imputar el fratricidio al primer crimen humano. Interpretado figurativamente, sinceramente creo que el primer delito que un ser humano comete contra su par (es decir, un hermano contra otro) es negarle la comida; y en general las formas de fratricidio se producen y reproducen constantemente en esta marca permanente de Caín. Sin embargo, yo doy un lugar especial la incapacidad de compartir la mesa, por razones que comentaré seguramente en otras entradas. Victor Hugo lo entendió muy bien. El único crimen que cometió Jean Valjean fue robar una miga de pan.

Formé una banda con un gran amigo mío vecino, a quien su hermano mayor le regaló una guitarra eléctrica que compró a buen precio por internet. Y poco después, otro hermano mayor contactó a su hermano menor para que viniera a tocar su nuevo bajo con nosotros; curiosamente, el bajo también fue un regalo de un hermano mayor a otro menor. Como todo, no siempre portamos la marca de Caín. Veíamos en su página de Facebook, para entonces una novedad, a otro muchacho del condominio del frente tocar con su guitarra canciones exigentes de Speed Metal. Al cabo de un tiempo formamos nuestra primera banda, y practicábamos asiduamente Seven Nation Army, con la que nos inauguramos. Fueron muchos los cantantes que pasaron al frente, ninguno con éxito; el guitarrista que descubrimos y nosotros nos separamos, pero el tiempo pasó porque descubrimos una gran amistad en quien le reemplazaría. Somos imprescindibles, sin embargo, somos invaluables.

Esos años se volvieron los de la identidad en la comunidad; me dejé crecer el cabello y comencé a portar camisas demasiado llamativas para la conservadora sociedad, hasta clerical, en la que crecí. Cultivar la identidad se convirtió fácilmente en rebeldía, y el tiempo pasó, de nuevo pasó, cuando descubrí, pese a mi aspecto conservador, mi permanente actitud contestataria. Se ha transfigurado, cierto, pero la reconozco permanentemente porque no resisto ver un ave enjaulada. Creo no ser un rebelde sin causa, pero fueron mis causas las que me han dotado de una personalidad afirmada, a veces fuerte, incluso insoportable para algunos, que terminó por ser la mía: recelosa y custodiada, como quien se hubiese descubierto de una vez y para siempre. Sobre ese pilar, terminé por aprender, el tiempo, al menos en este caso, no pasó, se detuvo. Me rebelé frente a tantas cosas, y también del tiempo mismo.

Pero pasa, pese a cualquier inconformidad, sigue pasando, en tantos otros frentes. La felicidad de una canción, del reconocimiento, merecido o no, de la constancia, se convertirían en sombras que recuerdo cada vez que se asoman mis sonrisas; porque estas últimas se caracterizan por su agilidad, muy lejos de la longeva tristeza. El recuerdo es actual, saber es recordar, y probablemente la doctrina más antigua es la de la reminiscencia.

Seguían siendo tiempos muy humildes, de ambiciones sencillas, lejos de cualquier pretensión económica, política y hasta artística, pese a que todos nosotros queríamos y seguimos queriendo ser algún tipo de artista. Algo así se contaminaría en mi contacto con Occidente y algunos centros urbanos de Colombia cuando di un salto inesperado a Canadá, del que ya hablé, para luego pasar a Bogotá. Reconozco en estos otros viajes oportunidades que creo haber aprovechado, pero no sé hasta qué punto esto no hizo sino atizar el dictum de que todo tiempo pasado fue mejor. No fue mejor ni peor, y de nada vale someterlo a una valoración, pero pasó. El tiempo ha pasado.

En cualquier caso, la adolescencia fue el perímetro de las primeras experiencias del amor; difícilmente alguien siente un amor más sincero como un adolescente. Creo fehacientemente que todo enamorado es un adolescente. Mi inclinación por estos años de rock me hacía reticente a la música de la región, y mezclé esta reticencia con algunas formas de machismo. No quería oír, leer ni practicar nada diferente a los valores que atribuía a una música que adoptaba como un dogma. A la diferencia de muchos jóvenes, fui ciertamente sensible, mucho, al amor, pero no tanto a la poesía. Leí sobre la temática a Neruda, Benedetti, algunos poemas de Borges, otros de Rafael Alberti, de Miguel Hernández y Machado. Pero, esos versos se me hacían ridículos y hasta hostigantes en su dulzura.

El tiempo pasó, no deja de pasar. Volví a visitarlos, y creo poder penetrar lo transformador que es la experiencia del amor: la única incondicional, la experiencia realmente originaria. Hoy creo que la misma humanidad está condicionada por el amor; y que la indiferencia, el culto a la individualidad, el olvido por el sentido del ser, entre tantas otras de mis críticas, sólo tienen como efecto recuperar esta condición, o acercarse a ella. ¿Soy un escatólogo, incluso, un mesiánico del amor? Quise alguna vez casarme, mi corazón roto reconoció, muchos años después que la vi sonreír de lejos, años en los que soñé con nuestro hijo de ojos color luna y cabello de sol, que ella no había muerto en mí, y que «(…) una palabra suya, una sonrisa bastan. Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto».

Yo tengo treinta y un años en este siglo XXI, o más bien yo recuerdo ser yo, recuerdo tenerlos, recuerdo haberlos cumplido en este siglo. En el pináculo de la modernidad y la confianza científica, Bergson salvó la filosofía con sus lecciones sobre la memoria. Él acertó. Debo también decir que la preocupación que veo en este pensador, que también me la atribuyo insolentemente, es que el acto trivial del recuerdo parece ser el más olvidado.

El objeto de estos recuerdos, confesionales, epistolares, de un diario privado y al mismo tiempo público, me ha ayudado a aceptar que desde hace treinta y un años, por primera vez yo pasé en el tiempo, he estado en ese tiempo, fui ese tiempo. Más que ser yo, yo he sido. Esta alquimia de un egocentrismo atemporal hacia el panel finito de la memoria, producto de rememorar, también de conmemorar, no es el de una apología, ni el de un conservadurismo reaccionario. Es el de una sentencia: recordar es entonces recordar ser recuerdos.

Sobre el autor…

José Miguel Sanabria Arévalo es abogado y profesional en Filosofía de la Universidad del Rosario. Cuenta con una Maîtrise y un Máster en derecho fiscal de la universidad París-Panthéon-Sorbonne. Actualmente cursa su doctorado en filosofía y derecho en la Universidad del Rosario y en la universidad París-Panthéon-Assas. Ha sido abogado, conferencista y profesor, y en las áreas de su interés ha publicado libros, artículos y participaciones. Sus anteriores textos se publicaron como Jean-Baptiste Clemence.

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