Emblemática foto del día de la Victoria tras el ingreso de las tropas soviéticas a Berlín. Atribuida al fotógrafo Yevgeny Khaldei.
Emblemática foto del día de la Victoria tras el ingreso de las tropas soviéticas a Berlín. Atribuida al fotógrafo Yevgeny Khaldei.

Los hechos del pasado 3 de enero han generado un sinnúmero de debates sobre las razones de Estados Unidos para capturar a Maduro y qué tanto eso “libera” a Venezuela. Propongo una perspectiva histórica ligeramente más amplia, para demostrar con Mark Twain que la historia no se repite a sí misma pero rima con frecuencia, y que poco importa que venga de izquierda o de derecha.

En la Europa de la segunda mitad del siglo XX, vastas regiones del Este que habían sufrido dictaduras brutales o guerras atroces fueron “liberadas” por un poder más grande que derrotó al nazismo: la Unión Soviética. Para millones de europeos orientales la expulsión del ocupante nazi fue una liberación decisiva, sin embargo, inmediatamente después vino otra forma de dominación: la instauración de regímenes alineados con Moscú, con reglas, policía política y economías dirigidas desde arriba. En nombre de una idea histórica superior, el socialismo, se produjo un cambio de amo que siguió condicionando la autonomía de esas sociedades. Ese fenómeno —salir del yugo de un régimen en favor de otro mayor— no fue bueno o malo, sino una transición de dominios donde la agencia real de las poblaciones afectadas era limitada.

Desde una lectura foucaultiana, no es el reemplazo de un régimen opresivo por otro, sino una mutación en la forma del poder: se pasa de una violencia soberana, visible, brutal y excepcional —la del fascismo, centrada en el castigo, la muerte y la ocupación militar— a una violencia administrativa, mucho más estable y capilar. La dominación ya no se ejerce principalmente a través del terror explícito, sino mediante la gestión racional de la población.

Más de cien años antes, el Imperio Británico —uno de los artífices de la esclavitud del siglo XIX en el Atlántico— abolió el comercio de esclavos y posteriormente la esclavitud misma en sus colonias. Este acto ha sido interpretado también por algunos como un gesto humanitario, sin embargo, la liberación formal no fue sin costo ni sin nuevas estructuras: el Estado británico indemnizó a dueños de esclavos con enormes sumas, mientras los propios esclavizados no recibieron compensación; y la abolición produjo cambios en la forma de explotación y dependencia económica, pero no eliminó inmediatamente las jerarquías raciales ni la subordinación de los cuerpos y las economías coloniales. Aquí, también, el paso de un estado de esclavitud a otro de subordinación (bajo reglas, condiciones y estructuras de poder externas) fue presentado como una etapa necesaria en un proyecto histórico más amplio. Volviendo a Foucault, la abolición no eliminó el control sobre las poblaciones negras; lo reconfiguró. El cuerpo esclavizado dejó de ser propiedad directa del amo, pero pasó a integrarse en un sistema regulado por contratos, salarios ínfimos, deudas, movilidad restringida y vigilancia legal. El poder dejó de operar como apropiación violenta del cuerpo y pasó a funcionar como administración de la vida, del trabajo y de la reproducción social. La libertad formal se volvió compatible con nuevas formas de subordinación estructural.

Si observamos la intervención actual en Venezuela por parte de Estados Unidos desde esta lente, emergen algunos patrones que no son únicos, sino frecuentes en el devenir de grandes poderes y pequeños Estados: un poder mayor (en este caso, un Estado con una doctrina que reivindica su supremacía hemisférica) actúa contra un régimen que considera ilegítimo o dañino. Aunque se habla de “liberación” (de un dictador, de una crisis), el resultado inmediato no es la libertad per se, sino la imposición de nuevas reglas, intereses y estructuras políticas y económicas. El relato que acompaña la acción —que se hace “por el bien del pueblo” o “por la estabilidad regional”— rima con otros episodios históricos donde la intervención fue presentada como un favor pese a generar dependencia o subordinación: en nuestro caso, que Estados Unidos condicione la transición política, la gestión del petróleo, y mantenga una presencia indirecta en el diseño del futuro político de Caracas.

El problema no es si se trata de un acto imperialista o de una liberación legítima, sino qué tipo de poder reemplaza al anterior. Siguiendo a Michel Foucault, no asistimos tanto a la desaparición del poder soberano —el del dictador, el del mando personal, el de la excepción permanente— como a su sustitución por una forma de gobierno más administrativa y tecnocrática ejercida desde afuera. En ese sentido, la caída de un régimen autoritario no inaugura automáticamente la autonomía política plena, más bien, propicia una transición hacia un régimen de gobierno distinto, donde la violencia ya no se manifiesta como represión directa, sino como condicionamiento económico, vigilancia institucional y administración externa de los recursos estratégicos. El poder se vuelve menos visible, aunque no menos eficaz.

Tal vez lo que está ocurriendo en Venezuela puede leerse como parte de un patrón histórico normal: la tensión permanente entre soberanía local y poder geopolítico, entre agencia interna y tutela externa. Hablar de imperialismo y resistencia, de autodeterminación y hegemonía, es necesario; pero no se trata de indignarse moralmente ante la intervención ni de celebrarla como salvación. Por el contrario, se trata de reconocer que la historia de las sociedades está marcada por desplazamientos del poder más que por su abolición: que lo que cambia es la forma, el lenguaje y las técnicas del dominio.

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