Día del periodista. Del archivo personal del director.
Día del periodista. Del archivo personal del director.

Por:                        J.J. Caballero Gil.

El periodismo ya no es el oficio más hermoso del mundo y para ser periodista ya no es necesario ser buena persona.

Que me perdonen Gabriel García Márquez y Ryszard Kapuscinsky, pero esas máximas que tanto apreciábamos han dejado de formar parte del ADN de la profesión. El periodismo se ha llenado de canallas que hacen de la mentira su razón de existir y basan en bulos y falsedades una apreciable cantidad de sus ingresos económicos. No hace tanto que la mentira parecía un anatema en el mundo periodístico, pero ahora todo vale con tal de tener más visitas (me resisto a usar la palabra “lectores”)… y más subvenciones.

El periodismo se ha vuelto emocional: ya no se lee para conocer los hechos y aproximarse al máximo a la realidad. Miles de lectores sólo buscan ratificar sus odios. Y en eso han visto los poderes públicos un buen filón. La verdad no importa (“no soy notario, soy periodista”, decía con indisimulado cinismo en un juicio un antiguo periodista convertido en jefe de gabinete de la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid). La mentira, el bulo y el amarillismo han convertido una parte del periodismo en un espectáculo. Hay subvenciones millonarias de las administraciones públicas para medios que pretenden confundir la manipulación con el periodismo.

Hubo un tiempo en que el periodismo tenía prestigio social, había buenos salarios y en las redacciones eran recurrentes los debates sobre el devenir de la profesión. El tiempo se ha llevado por delante todo eso. Ahora, lo que caracteriza a las redacciones son la precariedad, los bajos salarios y las jornadas extenuantes. Cuando a un periodista le fastidia que salte una noticia porque está a punto de irse a casa es que algo no va bien. La aceleración desatada por la competencia entre medios para atrapar al algoritmo en internet no hace sino agotar y desmotivar a quienes aspiran a hacer un periodismo mejor.

José Martí Gómez fue un periodista de referencia para muchos jóvenes que en los años setenta y ochenta se iniciaban en este oficio en las redacciones de Barcelona. Fue considerado uno de los mejores reporteros de España, aunque él decía que “si me consideran una referencia es que el periodismo está muy mal”. Martí se ganó el respecto y el afecto de toda la profesión (y esto tiene mucho que ver con aquello de que para ser periodista hay que ser buena persona). En los años sesenta, cuando él empezó, “el periodismo, decía, era una mierda. Los sueldos eran bajísimos y todo el mundo estaba pluriempleado… Pero tenías la sensación de que había ocasión de progresar”.

Martí Gómez vivió la curva ascendente de la transformación del periodismo en España: fue en los años posteriores a la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, que los medios vivieron su época dorada. Músculo y billetera es una expresión apropiada para definir lo que necesitan los periodistas para ejercer su trabajo en condiciones.

Porque la ausencia de “billetera” ha construido redacciones menos reivindicativas. Cuando hay que pensar en cómo pagar el alquiler es difícil poner en primer plano del debate cuestiones profesionales como la ética, códigos deontológicos, estatutos de la redacción y la preocupación por desafíos (hay quienes prefieren llamarlas amenazas) como la inteligencia artificial (IA). Al cabo de los años, Martí Gómez consideraba que “el periodismo es mejor, pero la esperanza es menor. Falta autocrítica, sobra autocensura, hay cobardía y sobra victimismo”.

Hace más de 25 años que doy clases en un máster de periodismo (BCN-NY, Universitat de Barcelona – Columbia University) y pese a ese retrato pesimista que acabo de trazar no seré yo quien intente disuadir a alguien que quiera convertirse en periodista. Todo lo contrario. El (buen) periodismo es posible y tengo la fortuna de contagiarme de quienes están dispuestos, pese a todo, a formar parte de esta profesión. Les animo y les recuerdo una frase de la periodista Maruja Torres: “Frente a quienes dicen que hay que dar a los lectores lo que quieren leer, defiendo que hay que darles lo que deben conocer”.

No me atrevo a hacer pronósticos sobre cómo la IA impactará en el trabajo periodístico, pero sí me atrevo a decir que mientras esta no aprenda a escribir bien, de forma creativa, con sensibilidad; mientras no pueda salir a la callea cubrir de primera mano y con rigor y comprensión un incendio, una manifestación, un concierto o cualquier otra experiencia humana, podemos estar tranquilos. Porque puede aliviar en las tareas rutinarias y menos creativas, pero difícilmente suplantará a los periodistas brillantes, que los hay, y muchos. En cualquier caso, ojalá rescate la exigencia por ser cada día mejores (no sólo los periodistas, sino los medios). Que haya tiempo y dinero para recuperar los pilares básicos del periodismo: ir, ver y contar.

Porque el periodismo es, sobre todo, un derecho de los ciudadanos, no sólo un derecho de los periodistas. Es un compromiso con la sociedad, con la profesión, con las fuentes, con los lectores. Y nunca hay que perder la esperanza de ganar la batalla contra la desinformación, la mentira y la indecencia.

Sobre el autor…

J.J. Caballero Gil es profesor del Master de Periodismo BCN_NY (Universitat de Barcelona / Columbia University). Fue redactor jefe del Diario La Vanguardia. Coordinador de las informaciones sobre la transformación urbana de Barcelona con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992.

Deja un comentario