
Desde hace muchos años conversando con un viejo y sabio amigo nos hemos preguntado cómo hacer para que más estudiantes mujeres sigan la carrera académica. Si bien hemos analizado diversas estrategias la conclusión es la misma: ¿Cómo puede resultarles atractivo seguir el modelo de unas mujeres muy “sabihondas”, con ideas feministas, solteronas y algo amargadas, por no decir frustradas? ¿Cómo podríamos convencer a las chicas más jóvenes de que vale la pena el camino de las ideas si mantenemos oculto lo que pasa en nuestras vidas íntimas hogareñas y académicas?
Empecemos por lo segundo. A la luz de todos es una evidencia que el número de profesoras en los departamentos de ciencias es muy bajo, que muy pocas ocupamos cargos directivos, que al tener hijos se reduce nuestra productividad intelectual por la división sexual del trabajo o el mero desconocimiento de nuestros argumentos en un mundo patriarcal, que se nos relega a labores secretariales o roles segundones o se nos llama para partir la torta, decorar la fiesta del jefe, repartir las copas y ponerle más bonita la presentación al ponente hombre que hablará.
En muy pocas o contadas excepciones las carreras académicas priorizan los temas de interés o experticia de las mujeres. No hace falta sino mirar a más de un filósofo hombre sorprendido al que se le llena la boca hablando de «economía del cuidado» en medio de la más reciente pandemia, a boca de jarro, pregonándola como la gran alternativa cuando las mujeres, populares y académicas, llevamos décadas hablando del tema, pidiendo salarios justos, cargas laborales equitativas, respeto en el trato y el uso de la palabra y un largo etcétera que no voy a enunciar por falta de espacio. Y francamente porque no me quiero deprimir hoy martes, a inicio de semana.
En las cocinas de la academia bien se sabe que si hablamos quedo, no nos oyen; si hablamos fuerte nos convertimos en “histéricas”; si exigimos algo o protestamos o diferimos, “estamos en nuestros días” o “nuestros maridos no nos consintieron como era” (ustedes entienden el eufemismo). O simplemente somos unas “exageradas”, “locas”, “conflictivas” y para empeorar el asunto “feministas”, con toda la ignorancia de que hace gala quien nos juzga desde esa orilla. Los lugares de experiencia, voz e interés de las mujeres son difícilmente reconocidos dentro de la academia.
Algunos objetarán que no, que sí las hay, que mire a Fulanita. Y entonces yo quisiera que de verdad oyeran a la profe Ofelia hablando de conflictos de clase; a la profe Martha, quien con elegancia desbarata y reordena con su pluma mágica y voz suave el mundo con un nuevo criterio que nadie más vio; a la profe Myriam, contundente y clara, explicando ideas complejas con ejemplos cotidianos; y quisiera que a cada una le preguntaran cómo fue su historia para convertirse en profes y si a alguna de ellas le dieron algo regalado, algún reconocimiento académico o cargo directivo con la facilidad que les regalaron las empalagosas rosas rojas cualquier día de la mujer o por simple cortesía.
Si algo ha hecho evidente la pandemia es que, en nuestra vida íntima hogareña, a veces nos resulta más cómodo y fácil conservar la inequitativa distribución de labores que explicarle a nuestros maridos cada detalle de cómo funcionan las cosas dentro de casa; resulta mejor no hablarles de las dificultades laborales para ascender sin que lo tomen como una incapacidad propia o como una exageración, que no se ofendan con tener que dedicar el mismo esfuerzo a las tareas hogareñas como si nosotras fuéramos los machos de la casa y sin que termine en un desfogue o con la familia propia o la que la ley nos presta.
Al final nos resulta difícil lograr que las estudiantes vean el esfuerzo enorme que hacemos como algo positivo, que muchas horas de trabajo no se traduzcan en grandes ojeras, en argumentos que empiezan con un “yo siento que…” sin que resulte descalificado. Que no se aterren si nos maquillamos o nos ponemos tacones o usamos minifalda o si besamos a nuestras novias al salir a la calle, o si nos paramos en la plaza pública a defender las ideas en las que creemos simplemente porque eso no es lo que se espera de una profe mesurada que encaje en el modelo de familia y buena madre que nos han puesto en la nalga como a las vacas cuando las marcan.
En esta tarea de revertir el machismo de las aulas, del pensamiento, del liderazgo y de la enseñanza nosotras hemos asumido nuestra parte: estamos en las conferencias, en las marchas, en lo administrativo, en la organización, en la planeación, nos multiplicamos como mosquitos en mil tareas que no se ven y lo hacemos con entrega, convicción y vehemencia.
Pero el relevo no nos resulta. Son pocas las mujeres monitoras, cada vez más pero todavía tímidas las chicas hablando en clase y publicando sus artículos, conocedoras de la historia de las mujeres. Muchas nos siguen buscando a escondidillas para preguntarnos cómo se aborta, cómo se deja al novio y al padre que las maltrata, cómo se niegan a los quehaceres de la casa y cuidar sus hermanitos o hijos para sentarse a hacer la lectura o el trabajo a las horas imposibles en las que normalmente nos toca destinar para salir adelante con la tarea de ser algo más que la esposa o la madre o la hija de alguien y recuperar nuestro propio lugar en el mundo.
Cuánto, cuánto nos falta, para convencerlas a ellas y a nosotras mismas de que cada una de estas peleas vale realmente la pena. Y sobre todo, que no tenemos otra alternativa distinta a seguir en este camino.
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Este artículo se publicó por primera vez en las redes sociales privadas de la autora.

Un comentario sobre “La profe feminista y solterona”