José Eustasio Rivera, el poeta del trópico.

Estimado doctor,

Estas líneas son hijas del Huila, pero se emiten desde la majestuosidad de los cerros orientales de Bogotá que hace cien años atestiguaron la partida de Arturo Cova y Alicia hacia las selvas más recónditas de nuestro país. Son ellos, personajes inmortalizados en toda Latinoamérica, los que le hacen merecedor del recuerdo de su vida y obra literaria: La Vorágine. 

Dirá usted que quién soy y por qué me atrevo a escribirle con un centenario de diferencia, y es que, aunque no parezca, tenemos mucho en común. Ambos estamos ligados familiarmente a la política y la literatura, por un lado, de quien fuera nieta de un político del partido conservador, el mismo en el que usted militó y que, como usted, entiende lo que es alternar nuestros años de juventud entre el calor sofocante de Neiva, las termales de lo que fuera San Mateo —hoy Rivera, en su honor—, y el frío de estas montañas que supieron acompañarnos en los aprendizajes que el paso por la Universidad Nacional de Colombia ha dejado en nuestras vidas. 

Sin duda, qué decir del amor por la literatura y la poesía, tan bien incorporadas en la esencia de quien tuvo el valor de enfrentarse a un país devastado por la Guerra de los Mil Días, la separación de Panamá y que mostró la desidia que emanaba de la falsa identidad nacional, propia de las élites intelectuales que, ingenuas, negaban su herencia indígena a la par en que esta era masacrada en las caucheras del Amazonas. También, en la de una mujer que ha sabido sobrevivir a una sociedad que, aunque distinta a la de Alicia, ha huido de los malos amores y la violencia inscrita sobre nuestros cuerpos. 

A los dos nos tocó vivir en la Colombia de los años veinte, pero con un siglo de diferencia. Aunque esto parece irrelevante al ser esta una analogía perfecta de vivir en un país que pareciera no aprender de sus lecciones, a uno que le cuesta mirarse al espejo y que no todos sus hijos conocen mientras se desangran en guerras ajenas que dan paso a nuevas caucherías. 

Qué pensaría usted si se enterara que, un siglo después de publicada la primera edición de su obra, otrora escrita inicialmente en un libro de contabilidad que debió ser usado en el sistema de endeude de quienes eran esclavizados, se escribirían los peores capítulos de violencia en nuestro país, ya no alimentados por el caucho, sino por una guerra política que endeudó al Estado y nos enseñó a contar 6402 muertes de inocentes. Vidas de jóvenes campesinos e indígenas; hijos ausentes que, al mejor estilo de Clemente Silva, eran buscados por sus familiares, incluso por más de 16 años, a la espera de una respuesta de quienes empleaban en los campos el mismo horror sembrado por el Coronel Funes en la selva. Bajas a cambio de vacaciones, ascensos y dinero.  

Funes es un sistema en sí mismo, aunque solo uno llevara ese apellido, al menos así lo interpretaba su alter ego en la novela. De todas formas, es un sistema que tristemente ha mutado en los Valencia, los López, Pastrana, Sámper, Uribe y otros tantos que siguen siendo parte de la narrativa que nos ha desplazado como país. Hoy asistimos a otro tipo de caucherías que ya no van desde la quinua al caucho, y que tampoco parten desde las bananeras, antiguos escenarios de muerte y precarización. Ahora las vemos en las esmeraldas, el oro, el petróleo, y la cocaína, que sumergen a las poblaciones en una pobreza que las esclaviza ante un sistema neoliberal que depreda la selva y los campos, mientras los más ricos se llenan los bolsillos con sus ganancias, exponiendo su hipocresía ante discursos internacionales a favor del medio ambiente, sin importarles que, horas antes, hayan viajado por los aires contaminado, al igual que lo hacen sus odios y mentiras en los territorios y corazones de la gente.

La Vorágine sigue teniendo vigencia. Pues las mujeres aún seguimos jugando nuestro destino al azar, sin importar que el corazón y el cuerpo nos sean arrebatados por la violencia. Sepa usted, mi señor, que aunque en venganza Cova matara a Barrera, parte de la misoginia y el machismo que los caracterizaba a ambos pervive en el Estado y en los hombres de hoy. Es como si se hubiera vaticinado que en sus manos se retendría la sangre que un siglo después sería derramada en las más de mil mujeres asesinadas, por putas, por guerrilleras, por indias, por negras, por maricas, o simplemente por ser mujeres. 

Se sorprendería también al tener que volver a pasar por las extensas llanuras de un país que en su intento por ser nación ha tenido dos reformas agrarias fallidas y que, aunque el gobierno de hoy diste al de su época, sus acciones han sido insuficientes para devolverle la dignidad arrebatada por los terratenientes a sangre y fuego a los campesinos.

Hoy el problema sigue siendo la tierra, y aunque este encuentra su solución en un acuerdo de paz, este resulta tan impopular para los colombianos que siguen prefiriendo la violencia, como si matar ‘indios’ y jóvenes en los campos no fuera un delito.

La lista podría seguir, pero no lo quiero abrumar, ni mucho menos decepcionar o hacerle creer que esta ha sido una obra más vendida que comprendida. Sobre todo en su propia ciudad, que lo vio crecer y terminar su novela; una ciudad que un siglo después es estática y nada la mueve, la asombra o la despierta. Incluso, me atrevería a decir que no le conoce más allá de las rígidas estructuras que soportan el centro de convenciones que, en honor a usted, lleva su nombre. Es triste, porque así como era necesario exponer las atrocidades que ocasionaba la fiebre del caucho al cónsul de Colombia en Manaos, también lo es que las futuras generaciones sigan conociendo su obra porque nos habla de un país que pareciera lejano a la realidad actual, pero que sus fronteras continúan siendo igual de espesas, violentas y difusas.

Espero que este centenario de La Vorágine siga siendo la oportunidad para cuestionarnos como país y, por supuesto, para conocerle más, tanto como autor y como individuo, porque no hay nada más importante que narrarse desde la libertad. Ojalá que su novela siga siendo una lectura, más que obligada y espantosa en los colegios, deslumbrante; que propicie la necesidad para acercarnos a esa Colombia a la que son ajenas las ciudades, habitadas por mestizos que, en su afán de encajar, se creen blancos y niegan sus raíces.

Con afecto,

Luciana.

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